Silvia y Claudia son dos académicas altamente calificadas que dan clases en una universidad privada. La edad de ambas está sobre los 50 años. Las bases tecnológicas con la que se apoyan para sus clases son muy sencillas, y las fueron adoptando coyunturalmente: reciben tareas por correo electrónico, convierten archivos en PDF para mandar ejercicios y recurren a WhatsApp para consultas personales de sus alumnos. Hoy, con una gran angustia tienen al reto de dar sus clases de manera virtual con sistemas que no dominan.

Como ellas, se pueden medir en cientos los académicos que están experimentado sentimientos de frustración frente a la necesidad de administrar sus clases a distancia. Esa reacción con relación a la tecnología es común entre mucha gente, y por algunos años ha sido estudiada y reconocida como tecnofobia o tecnoestrés.

De acuerdo con un artículo del boletín Psicología y Mente, el término apareció por primera vez en el libro del psiquiatra norteamericano Craig Brod llamado “Technostress: The Human Cost of the Computer Revolution”, publicado en 1984. Para el autor, el tecnoestrés es “una enfermedad de adaptación que tiene su origen en la falta de habilidad para tratar con las nuevas tecnologías de manera saludable”.

Es probable que muchos adultos en el país vivan en condiciones de tecnofobia, si observamos que de los poco más de 82 millones de usuarios de Internet, las personas de más de 55 años representan apenas el 8 por ciento. Pero lo mismo ocurre entre el grupo anterior de menos edad (entre los 45 a 54 años) que son el 14% (Estudio de Hábitos de Internet de la Asociación de Internet MX, 2019). Esta última condición podría ser atribuible a una brecha generacional que se abre rápidamente entre los adultos jóvenes por la forma tan veloz en las que TIC se transforman diariamente.

Las TIC en la educación

Desde hace más de 15 años, se ha hablado de que las tecnologías cambiarían a la educación. En México han corrido por demás algunos experimentos fallidos basados en dotar de hardware y software a las escuelas de educación básica, como Enciclomedia y sus pizarrones electrónicos, y otros con tabletas digitales para los alumnos. En ninguna de estas iniciativas estaba prevista una verdadera inclusión tecnológica para los docentes.

En estos momentos de cuarentena obligatoria se ha apremiado a los maestros de educación media superior en adelante a hacer uso de diferentes plataformas y servicios digitales para dar continuidad a sus clases.

La mayoría está poniendo a prueba su imaginación y disposición tecnológica para preparar sus clases, ejercicios, consultorías y exámenes, apoyándose con los medios con los que cuentan, y por primera vez están experimentando con todas las funciones que les permite su mayor enemigo tecnológico en clases presenciales: el smartphone.

Es de entender que esta nueva relación a distancia esté despertando tensiones entre alumnos y maestros primero por falta de costumbre, pero hay una queja que es persistente entre ellos, ambos consideran que están trabajando más de los habitual. Este último desacuerdo revela el desconocimiento de la gestión de la clase por medios digitales. De los cambios en la didáctica que demanda la educación a distancia, pues.

La educación en línea tiene sus propios procesos didácticos, desde la forma de abordar las clases, el uso de recursos gráficos, las dinámicas de participación en chats y foros, las formas de evaluar el desempeño tanto de alumnos como del propio maestro, eso es lo que en resumen hacen las plataformas de eLearnig.

La oferta de plataformas de eLearning es muy amplia, pero están diseñadas esencialmente para que la gente tome cursos, no para que los imparta. Necesitamos modelos que hagan extensiva la comprensión de la gestión de clases en línea, y colocar al maestro en el centro de la enseñanza virtual.

Cuando despertemos al nuevo mundo que se advierte llegará después de la pandemia, esperemos que maestros calificados como Adriana y Silvia, sean incluidos en los procesos de transformación digital de la educación, de otra forma se perderá un gran capital para formar a las generaciones de los próximos tiempos.

Corolario: Esta es una perspectiva que observo desde la comodidad de mi clase media, raspada pero perfectamente interconectada. El reto tecnológico para instituciones como la Universidad Tecnológica de Matehuala, en San Luis Potosí, por ejemplo, cuya población se ha dispersado a poblados con conectividad limitada y/o que sus estudiantes no pueden pagar el consumo de datos, nos habla de las enormes distancias tecnológicas que tenemos en el país. Pero ese tema merece un tratamiento aparte.

* Elsa Díaz Coria A. estudió comunicación y relaciones públicas. Ha sido reportera, analista de información y desde el año de 1998 es consultora de comunicación para empresas y organizaciones del sector privado.

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