Es imperativo que los líderes de China aborden las vulnerabilidades del sistema financiero, especialmente el alto índice de apalancamiento del sector empresarial. Pero es aún más importante que tomen medidas para contrarrestar la persistente desaceleración del crecimiento económico.

BEIJING – China está teniendo un octubre muy accidentado, marcado por la proliferación de los cortes del suministro eléctrico y la crisis de deuda del segundo desarrollador inmobiliario más grande del país, Evergrande. ¿Qué significa esto para la recuperación económica pospandemia y las perspectivas de crecimiento de China?

Empecemos por la crisis energética, que comenzó cuando un rápido incremento de las exportaciones –impulsado por la recuperación global- alimentó un marcado aumento de la demanda de electricidad. China sigue dependiendo del carbón para el 56.8% de su suministro total de electricidad. Sin embargo, en un esfuerzo por cumplir con las metas obligatorias de reducción del consumo de energía, los gobiernos locales han cerrado muchas minas de carbón en los últimos años.

Al mismo tiempo, los objetivos climáticos del gobierno –de alcanzar un pico de emisiones de dióxido de carbono en 2030 y lograr una neutralidad de carbono antes de 2060- desalientan la inversión en la industria del carbón. Por supuesto, estos objetivos también alientan la inversión en energías renovables, que son una parte creciente de la combinación energética de China. Pero las energías renovables no están ni cerca de lo que necesitan ser para cubrir la escasez actual.

Como resultado de ello, cuando aumentó la demanda de energía, también lo hicieron los precios del carbón. Pero, como el gobierno de China regula los precios de la electricidad, los proveedores de energía –que en su mayoría son empresas estatales- no pudieron trasladar los costos a los consumidores. Para limitar las pérdidas, recortaron los suministros de electricidad, forzando así a algunos fabricantes a menguar la producción.

Como era de esperarse, el gobierno entró inmediatamente en acción. Ordenó una rápida expansión de algunas minas de carbón y la reapertura de otras. Les dio a las compañías de servicios más flexibilidad para fijar los precios de la electricidad. Y presionó a los fabricantes a impulsar la eficiencia energética y acelerar la inversión en energía renovable.

China superará rápidamente las escaseces de energía, que ya se están volviendo menos intensas. Pero desarrollar un sector energético más resiliente y sustentable llevará tiempo. Y si cada paso del desarrollo no se planea e implementa cuidadosamente, esta transición podría incidir en el crecimiento económico.

La crisis de Evergrande también plantea serios riesgos para el crecimiento. A lo largo de los años, debido a una gobernanza corporativa fallida, el desarrollador creció a un ritmo frenético, no sólo a través de sus inversiones inmobiliarias, sino también diversificándose en la industria de vehículos eléctricos. Para financiar sus actividades, se endeudó profusamente con bancos comerciales y los mercados de capital, emitiendo inclusive bonos en dólares para inversores extranjeros. En definitiva, amasó una deuda de unos 800,000 millones de yuanes (124,000 millones de dólares).

Si bien Evergrande tiene más de 1.85 billones de yuanes en activos, no ha sido capaz de venderlos lo suficientemente rápido. El mes pasado, cuando la compañía admitió que era poco probable que pudiera cumplir con sus deudas, comenzaron a circular rumores de un inminente colapso –y de una potencial crisis financiera china.

Sin embargo, los miedos parecen en gran medida exagerados. Sin duda, no sería prudente predecir el destino de Evergrande en este momento. Pero probablemente sea seguro suponer que la debacle no plantea una amenaza sistémica para el sector financiero de China.

Los analistas han venido prediciendo desde 2012 que un colapso del mercado de la vivienda desataría una crisis financiera en China. Pero, en el caso de Evergrande, el problema es la liquidez, no la solvencia, y cualquier efecto derrame se puede contener, sobre todo porque, a pesar de sus problemas, el sistema bancario de China es básicamente saludable.

Los desarrolladores inmobiliarios y los compradores de viviendas representan apenas alrededor del 30% de los préstamos bancarios totales, y ese porcentaje está cayendo. El porcentaje de nuevos préstamos que están relacionados con operaciones inmobiliarias también está en caída: pasó del 45% en 2016 a menos del 24% en septiembre de 2020.

Asimismo, en China, no hay préstamos de alto riesgo, y prácticamente no existen los préstamos hipotecarios titularizados. Más importante, hay muy pocos casos de mora en los pagos, mucho menos impagos de hipotecas por parte de los hogares: gran parte del ratio de préstamos morosos de los bancos comerciales chinos es menos del 2%. Aun si hubiera un incidente financiero importante, el gobierno chino tiene suficientes instrumentos como para hacerle frente.

De modo que, al igual que la crisis energética de China, la debacle de Evergrande no plantea un riesgo sistémico inminente. Pero eso no significa que los responsables de las políticas deban ser complacientes. El sector inmobiliario es un pilar de la economía china, y un vínculo importante en la cadena de producción. Y el colapso de Evergrande lo alteraría seriamente –sobre todo porque otros desarrolladores inmobiliarios grandes podrían seguir los pasos de Evergrande-. Algunas instituciones financieras no bancarias también estarían en problemas. Y, por supuesto, los proveedores de Evergrande se verían sumamente afectados. Todo esto empeoraría las perspectivas económicas de China.

De cara a lo que pueda acontecer, deben abordarse las vulnerabilidades del sistema financiero, especialmente el alto grado de apalancamiento del sector corporativo. Pero la principal prioridad debe ser poner fin a la persistente desaceleración del crecimiento, que comenzó en 2010. Esta tendencia es por lo menos tan preocupante como los problemas estructurales de corto plazo que han acaparado los titulares últimamente. La experiencia de China en los últimos 40 años demuestra que, sin un crecimiento decente, la estabilidad financiera es difícil de alcanzar.

Este patrón está corroborado por estadísticas oficiales difundidas recientemente que indican que la tasa de crecimiento anual de China fue 4.9% inferior a lo esperado en el tercer trimestre de este año, y en general se teme que la tasa de crecimiento en el cuarto trimestre pueda ser aún más baja. Para contrarrestar esta posibilidad, los responsables de las políticas en China necesitan buscar una expansión fiscal y monetaria más audaz, junto con una reforma estructural y un ajuste.

El autor

Yu Yongding, ex presidente de la Sociedad China de Economía Mundial y director del Instituto de Economía y Política Mundial de la Academia China de Ciencias Sociales, fue miembro del Comité de Política Monetaria del Banco Popular de China de 2004 a 2006.

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