Como se ha venido comentando en este espacio, desde el último cambio de régimen, en el país se han implementado muchos modelos económicos de desarrollo sin que hayamos encontrado las bases económicas, culturales y políticas suficientes que nos conduzcan al pleno crecimiento. Previo al anterior cambio de régimen, nuestra historia económica también fue bastante tortuosa. En su más reciente libro: Nocturno de la democracia, el historiador Héctor Aguilar Camín advierte la dificultad histórica del país para encontrar el camino al desarrollo. Como bien nos apunta, en la Nueva España desde la Independencia, se instauró la escuela del desorden fiscal, las llamadas confiscaciones patrióticas (las que se hacen en nombre de la “nación”, cualquier cosa que ello signifique) y la suspensión de garantías económicas, además de las eternas deudas impagables. Si bien estas insanas costumbres económicas son propias de las naciones latinoamericanas, en México apuntalaron fuertemente la incorrecta interpretación de los principios más elementales de la economía. En este sentido, ha costado trabajo entender el ABC de la ciencia económica básica en pocas palabras. La aportación de Aguilar Camín al entendimiento de nuestros muy mexicanos usos y costumbres en las distintas materias de la vida en sociedad representa una de las explicaciones más claras sobre nuestros constantes fracasos económicos y nuestra eterna búsqueda por encontrar un modelo económico de desarrollo de resultados tangibles.

Como nos lo pone en evidencia, uno de los más perniciosos usos y costumbres es la eterna tentación de nuestros gobiernos de disponer de la hacienda pública (impuestos, gasto de gobierno y deuda pública) como botín; unos para amasar enormes fortunas de los políticos ante la sociedad inerme, atada y de una vez por todas; ésa es la historia económica de México de los últimos 200 años. El agotamiento de los recursos naturales es evidente, como lo es la extenuación de la sociedad que advierte, año tras año, década tras década, cómo sus políticos no acaban de organizar económicamente al país. Después de la Independencia, la inestabilidad económica ha sido devastadora, lo mismo ha ocurrido desde la Revolución hasta nuestros días. Han sido muchas formas de tratar de organizar a nuestra economía dándole vueltas a los asuntos más elementales sin llegar a ningún lado.

Cada uno de estos episodios y su implementación ha requerido decenas de miles de millones de pesos que hoy los mexicanos no ven reflejados en vías de comunicación de calidad, en buenos niveles de educación, viviendas dignas, policía y seguridad pública y, lo más importante, que la pobreza haya disminuido en el grado que lo ha hecho en otras naciones en una línea de tiempo similar. Hemos cansado a las instituciones y las formas de convivencia social, a las leyes y al discurso del crecimiento prometido, estamos cerca del agotamiento. Todos los sectores de la economía han sido afectados por esta falta de claridad en las bases y el rumbo económico. El sector financiero representa un ejemplo emblemático. Por años se les permitió a los particulares prestar el servicio de banca y crédito, vino un abrupto cambio de modelo y los bancos se estatizaron a favor del gobierno; años más tarde llegó otro cambio de visión y nuevamente se volvió a permitir a los particulares hacer lo que hacían antes. Todo en seis años. En dónde quedó la función “estratégica” de la economía que en tan sólo seis años se cambió diametralmente para regresar al mismo lugar. De manera recurrente, este fenómeno de cambio de parecer se repite en todas las industrias y gamas de la economía.

Por el contrario, en EU, desde su independencia hasta nuestros días, el servicio de banca y crédito siempre ha tenido la certeza jurídica, económica y política de quién lo ofrece y hacia dónde está dirigido. En México no ha sido el caso; el resultado: en el vecino país existen 12,000 marcas de bancos distintos ofreciendo sus servicios a la sociedad y en México sólo 45. En el caso de Brasil, tiene 137 marcas de bancos y Francia 160. El tema no nada más consiste en quién puede ser banquero o industrial de cualquier rama en nuestro país sino en todo lo que tiene que suceder para que esto pase. La Constitución se ha tenido que modificar, primero para estipular que el servicio bancario es estratégico (cualquiera que esto signifique) y, por tanto, sólo lo puede otorgar el Estado para luego cambiar de nuevo la ley suprema con todo el desgaste económico, social y político que ello conlleva, para indicar que siempre no fue tan estratégico. Bajo la constante dinámica de estar reinventando la economía mexicana, es imposible abatir los rezagos en pobreza y marginación que tenemos, e igualmente complejo es hacer empresa y crear empleos. Las reglas del juego, las leyes y los incentivos cambian con mucha frecuencia, lo que ha cancelado las posibilidades de superar los retos que tenemos que precisamente requieren estabilidad y fundamentalmente certidumbre de largo plazo. La certidumbre económica se ha convertido, por tanto, en el gran desafío para nuestra economía.

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Carlos Alberto Martínez

Doctor en Desarrollo Económico y Derecho

AUCTORITAS

Profesor en la Universidad Panamericana, Ibero y TEC de Monterrey. Ha trabajado en el Banco de México, la Secretaria de Hacienda, la presidencia de la República y en Washington, DC. Actualmente estudia el doctorado en Filosofía con investigaciones en el campo de la ética y la economía. Autor de libros en historia económica, regulación financiera y políticas públicas