A medida que la economía mundial emerge del impacto del Covid-19, los bancos centrales de importancia sistémica se enfrentan a la nada envidiable tarea de decidir cuándo y con qué rapidez eliminar las medidas extraordinarias de estímulo. Si bien no hay una respuesta fácil, existen criterios claros para mantener la credibilidad de las políticas.

CAMBRIDGE - Las discusiones sobre política económica que en esta época son cotidianas en la eurozona, el Reino Unido y los Estados Unidos giran cada vez más en torno a la cuestión de cuándo y con qué rapidez los bancos centrales deberían retirar las medidas de súper estímulo implementadas el año pasado en respuesta a la pandemia de Covid-19.

No hay respuestas fáciles. Ambas partes de la pregunta exigen juicios finamente equilibrados para dar cuenta de las incertidumbres que siguen en juego. Los cambios de política de los principales bancos centrales pueden tener implicaciones de gran alcance para el bienestar económico y financiero, afectando no solo a los directamente involucrados sino también a los muchos países que terminarán “importando” los efectos de las decisiones.

Una forma sencilla de enmarcar el debate es pensar en un viaje por carretera. En el automóvil hay dos grupos que coinciden en tres cosas: el “destino”, que equivale a lograr un crecimiento económico elevado, duradero, inclusivo y sostenible; la ruta para llegar a destino, que está lejos de tener un trazo recto; y el coche, que cuenta con un buen impulso hacia adelante. Después de eso, los puntos de vista discrepan.

Un grupo cree que gran parte del viaje restante será cuesta arriba y, por lo tanto, no está demasiado preocupado por las curvas del camino. Preferiría mantener el pie en el acelerador, con el pedal a fondo hasta topar en el metal, para que el vehículo no desacelere o se detenga eventualmente.

El otro grupo de viajeros anticipan un viaje cuesta abajo con muchas curvas traicioneras. Con el vehículo ganando velocidad, este grupo preferiría soltar el acelerador y evitar el riesgo de un repentino "giro económico del freno de mano", como dijo recientemente Andy Haldane, ex economista jefe del Banco de Inglaterra.

El hecho de que suba o baje la velocidad depende principalmente de su evaluación de tres problemas actuales: el mercado laboral, el aumento de la inflación y el riesgo de no poder recuperarse rápidamente en caso de un error de política.

El gran enigma del mercado laboral es que, a pesar de la demanda masiva, el mercado laboral no puede hacer coincidir a los trabajadores desempleados con los puestos de trabajo. La situación es particularmente dura en Estados Unidos. Si bien los datos de la encuesta de puestos de trabajo y rotación laboral de abril (el más reciente disponible) muestran que hay un número récord de puestos de trabajo en los Estados Unidos (más de nueve millones), la participación en la fuerza laboral sigue siendo obstinadamente baja y el desempleo alto, en comparación con los niveles previos a la pandemia.

Para explicar esta brecha, algunos señalan factores de carácter temporal y reversibles, como el cierre de escuelas, el aumento de las prestaciones del seguro de desempleo y el cuidado infantil insuficiente mientras los padres trabajan, mientras que otros se preocupan por problemas a más largo plazo, como una propensión al trabajo alterado y desajuste de habilidades.

En cualquier caso, es probable que el mal funcionamiento persistente del mercado laboral, en particular el esfuerzo de los empleadores por encontrar trabajadores, conduzca a un mayor crecimiento de los salarios, una posibilidad que alimenta la preocupación por el segundo tema.

¿Qué tan "transitoria" es la inflación actual? El grupo proclive a mantener el pedal a fondo tiene una convicción sorprendentemente fuerte de que el repunte actual de la inflación se revertirá drásticamente. A medida que avanza el año, esperan que los efectos de base desaparezcan junto con los desajustes de oferta y demanda.

Otros, incluso yo, no están tan seguros debido a la probabilidad de que persistan cuellos de botella en el suministro, cambios en las cadenas de abasto y desafíos en gestión de inventario. Quizá necesitemos muchos más meses de datos antes de poder ofrecer evaluaciones convincentes sobre estas variables.

Mientras tanto, los responsables de la formulación de políticas deben ser conscientes de los riesgos asociados con cualquier curso de acción, incluida la inacción.

Ante tal incertidumbre, conviene preguntarse no solo qué podría salir mal, sino también cuáles serían las consecuencias de un error de política. En las condiciones actuales, un paso en falso podría tener efectos de largo alcance y duraderos.

Aquellos que están a favor de una continuación de las políticas monetarias de acelerar con el pedal hasta el fondo argumentan que los banqueros centrales todavía tienen herramientas para superar la inflación en caso de que persista. Pero, como señalan los que descienden rápidamente, esas herramientas se han vuelto cada vez más ineficaces y difíciles de calibrar.

Como tal, un banco central que se queda atrás puede verse obligado a frenar bruscamente, arriesgándose a una recesión económica e inestabilidad del mercado financiero. El riesgo de inacción (o inercia) en este caso puede ser mayor que el de tomar decisiones oportunamente.

En el debate político actual, este marco de toma de decisiones ofrece la mayor claridad en los bordes. Por ejemplo, existe una perspectiva convincente para que la Reserva Federal de Estados Unidos comience a soltar el pie del acelerador.

El crecimiento económico es boyante, la política fiscal también es extremadamente expansiva y tanto las empresas como los hogares tienen ahorros acumulados significativos que ahora gastarán y habrá una derrama hacia abajo.

Las condiciones ahora son las adecuadas para que la Fed comience a reducir, gradual y cuidadosamente, su programa de compra de bonos de su tasa actual de 120,000 millones de dólares cada mes. Sin embargo, el Banco Central Europeo se encuentra en una posición diferente. Si bien el crecimiento de la eurozona se está recuperando, el nivel de apoyo fiscal no es tan fuerte como en Estados Unidos. Y la recuperación del sector privado no está tan avanzada.

El caso más difícil de mencionar es el del Reino Unido. Con el crecimiento, el apoyo fiscal y las perspectivas del sector privado más finamente equilibradas, no es de extrañar que dos banqueros centrales muy respetados, Haldane y el gobernador del BOE, Andrew Bailey, se encuentren en lados opuestos del debate este mes.

Otros banqueros centrales de todo el mundo pueden sentirse tentados a pensar que son simplemente espectadores de todo esto, pero no lo son. La Fed, el BCE y el BOE son de importancia sistémica: sus acciones a menudo tienen efectos secundarios significativos (tanto positivos como negativos) en la economía mundial.

Ante tal panorama, los banqueros centrales de otras naciones deberían realizar sus propios análisis de escenarios y formular planes de respuesta adecuados. No hay nada de malo en esperar que tres bancos centrales de importancia sistémica lleguen a su destino sin problemas. Pero el viaje está lejos de terminar y el riesgo de que alguien resbale no es despreciable.

El autor

Mohamed A. El-Erian, presidente del Queen’s College de la Universidad de Cambridge, es ex presidente del Consejo de Desarrollo Global del presidente estadounidense Barack Obama. Fue nombrado uno de los 100 mejores pensadores globales de Foreign Policy durante cuatro años consecutivos. Es autor de dos bestsellers del New York Times, incluido el más reciente The Only Game in Town: Central Banks, Inebility y Avoiding the Next Collapse.

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