Lejos aún de superar la crisis del coronavirus, Brasil enfrenta la peor sequía en décadas, un fenómeno cada vez más frecuente, influido por la deforestación en la Amazonía, entre otros factores, y que pone en jaque la matriz eléctrica del país, basada mayoritariamente en hidroeléctricas.

El déficit de lluvias es “crítico” y se agravará en los próximos meses en Brasil, coincidiendo con el invierno austral, periodo de por sí menos lluvioso, según advierten órganos oficiales y expertos del sector consultados.

La sequía se concentra en las regiones sureste y centro-oeste del país, responsables de la generación de cerca del 70% de la energía consumida en el país.

Las altas temperaturas y la escasez de precipitaciones, con los peores datos en 90 años, según mediciones oficiales, despertaron viejos temores sobre la posibilidad de un racionamiento eléctrico, descartado de plano por el Gobierno. La combinación de esos dos fenómenos redujo drásticamente el nivel de los embalses que alimentan las hidroeléctricas de esas dos regiones.

A finales de mayo estaban en torno al 30% de su capacidad, el nivel más bajo desde el 2001 para esa época del año, y, según los pronósticos más optimistas del Operador Nacional del Sistema Eléctrico (ONS), llegarán al 10% en noviembre.

Pero la sequía también es un problema para el agronegocio, uno de los motores de la economía brasileña, en pleno proceso de recuperación tras desplomarse por la Covid-19.

El Gobierno redujo sus previsiones de cosecha para este 2021, especialmente la del maíz, lo que pudiera alterar los precios internacionales, pues Brasil es uno de los mayores productores y exportadores mundiales del grano. “Es un escenario que no tiene precedentes en décadas”, afirmó Marcelo Schneider, coordinador regional en el Instituto Nacional de Meteorología.

¿Por qué llovió menos? Hay varios factores que entran en juego. Uno de ellos fue, desde septiembre pasado hasta bien entrado el 2021, el fenómeno natural de La Niña, que provoca menos lluvias en la región sur de Brasil, recordó Schneider.

Otro es la deforestación en la Amazonía, que se disparó desde la llegada al poder de Jair Bolsonaro. La destrucción de la selva impacta en los llamados “ríos voladores”, masas de aire procedentes del Atlántico que entran en la Amazonía, provocan lluvias y se recargan con la humedad que desprenden los árboles del bioma tropical.

Para evitar problemas de suministro, los órganos reguladores han aumentado las tarifas al poner en funcionamiento centrales termoeléctricas, más caras y contaminantes, pues generan energía a partir de la combustión de, por ejemplo, carbón o diésel.

Con precios más altos se espera que el consumo baje.