Playa Del Carmen, Quintana Roo. La brisa cálida de Playa del Carmen le pega en el rostro quemado por el sol. Sonríe. Saluda con un apretón fuerte de manos. Atiende hasta el último reportero y reconoce que nunca va a olvidar de dónde viene: el rancho de San José de Corralejo, ubicado en San Miguel de Allende, Guanajuato.

El rancho donde José de Jesús Rodríguez vivió su infancia no tenía lujos, sus padres apenas tenían lo mínimo para que él y sus ocho hermanos comieran. Ahora es golfista profesional y competidor del PGA Tour en el Mayakoba Golf Classic.

“Mi primer juguete lo tuve hasta los 15 años. Por eso ahora quiero que mis hijos puedan disfrutar lo que yo no pude”, cuenta a El Economista.

Precisamente por Ximena, José de Jesús Jr. y por su esposa Bianca, quiso cambiar su destino. Lo tenía decidido: cruzar la frontera con Estados Unidos y buscar cualquier empleo que le permitiera ganar dinero y la oportunidad de mejorar la calidad de vida de su familia.

El camino de "el Camarón", como le apodan, se convirtió en un infierno.

Cruzó el desierto de Altar (Sonora) y luego le tomó una semana atravesar la sierra. Iba en una caravana con otros migrantes. No pudieron cruzar la frontera y después de algunos días llegaron a Nuevo Laredo, Tamaulipas. Comieron lo que pudieron hasta que un día se propusieron cruzar el Río Bravo.

“Para pasar (el Río Bravo) tienes que pararte de lado frente a la corriente, como poniéndole resistencia. Si te paras de frente, el agua te lleva. En mi caso, sabía que si eso pasaba me ahogaría. No sé nadar”, explica.

Al final, cruzó el río y se adentró en terreno estadounidense. Trabajó en muchos oficios: limpiavidrios, jardinero, entre otros, incluido el de cuidador de campos de golf. Luego le permitieron practicar ese deporte en el que descubrió que tenía talento, hasta que un día las autoridades migratorias estadounidenses lo detuvieron y deportaron.

José de Jesús regresó a Guanajuato, con su familia y con un talento revelado. Se convirtió en golfista profesional, ganó dinero y ahora su familia tiene la estabilidad económica que buscaba.

También cambió su perspectiva respecto a los migrantes que se dirigen a Estados Unidos, como él lo fue algún día.

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—¿Qué piensa de las caravanas de migrantes que recién entraron a México desde Centroamérica?

Es un tema muy complejo de resolver.

—¿Por qué?

En las caravanas hay personas trabajadoras que sólo buscan un empleo, pero también viajan delincuentes que le roban a los mismos migrantes u a otros mexicanos que tratan de ayudarles.

—¿Tuvo una mala experiencia?

Sí, la tuve en mi casa, en Irapuato. No quiero recordarla... pero también hay algo que es cierto. Las autoridades migratorias de todos los países tienen razón en defender su territorio. Los migrantes ilegales entramos a esas naciones rompiendo las reglas del país. Por eso cuando me detuvieron ni siquiera negué lo que había hecho. Acepté su decisión de deportarme.

—¿Le daría trabajo a alguien de la caravana de migrantes que están en el país?

Sí, por supuesto.

—¿De limpiavidrios, ama de casa, quizá de caddie?

De caddie no, porque la relación de un golfista con su caddie debe ser muy estrecha. Pero de cualquier otro oficio, sí. Uno de mis objetivos es crear una fundación para los migrantes, para ayudarlos.

—¿De cualquier nacionalidad?

Sí, no importa si son mexicanos, hondureños o de cualquier país. Quiero ayudarlos no sólo con sus necesidades inmediatas, dándoles una medicina o algo de comer. También quiero hacerles entender que pueden salir adelante de otras formas.

—¿Cómo cuáles?

Por ejemplo, que si van a Estados Unidos y los deportan no es el fin del mundo y que no es necesario volver a pasar el infierno que se pasa como migrante.

Que con lo que se aprende en territorio estadounidense se puede volver a su país de origen a trabajar o enseñarles a sus compatriotas algún oficio para que ellos mismos saquen adelante a sus familias. No quiero que pasen lo que yo y otros centenares de migrantes sufrimos.