Un día como hoy, hace 498 años, 13 de agosto de 1521, los mexicas rindieron las armas ante los españoles y entregaron la gran ciudad, que poco a poco fue transformando su maravilloso trazo indígena para sustituirlo por palacios coloniales. Pero conviene no olvidar cómo era la Gran Tenochtitlan y cómo se vivía en ella.

Dicen las crónicas que la ciudad refulgía en medio de un lago; construida sobre un islote que estaba conectado a tierra firme por amplias calzadas y avenidas, pavimentadas con estuco (cal apagada mezclada con polvo de concha nácar), con lo que también enjarraban sus edificios y templos que hacían que desde lejos pareciera una ciudad de plata.

Su población alcanzaba los 300,000 habitantes, pero sumados los pueblos de la ribera del lago llegaba a 700,000. En aquel tiempo, Londres tenía apenas 100,000. Al interior del islote, la movilidad urbana se hacía a pie, por banquetas, calles y puentes; y en canoas que recorrían los canales, como en Venecia.

Mientras en las calles de Europa corrían orines y excremento, en la Gran Tenochtitlan contaban con un sistema de asepsia y recolección de desechos, muy escrupuloso: había baños públicos gratuitos en toda la ciudad y los macehuales recogían las heces y las usaban como abono en las chinampas. La sociedad tenochca era extremadamente limpia.

La ciudad contaba con alumbrado. Los edificios públicos tenían antorchas en las esquinas, prendían cada noche hogueras en las plazas y la basura se quemaba en grandes fogatas; y el fuego, al reflejarse en el lago, iluminaba la ciudad. En las noches de luna llena, la luz era creciente.

Fue la primera ciudad del mundo que garantizó para toda su población la educación gratuita y obligatoria. Obviamente, estratificada. En el Calmecac se formaban los hijos de los nobles en el arte de la guerra, la administración pública y las letras; en los telpochcallis, que había uno en cada barrio, se enseñaban oficios y artes a los macehuales, y había una escuela dedicada al canto, la poesía y la música: el Cuicacalli.

El mercado de Tlatelolco asombró a los españoles. Según lo narrado por Hernán Cortés, “era una plaza muy grande, rodeada de portales, dos veces más grande que la de la ciudad (española) de Salamanca, donde se vendían todos los géneros de mercadurías que en todas las tierras se hallan, así de mantenimiento como de vituallas, joyas de oro y de plata.”

Tenochtitlan contaba también con el servicio postal más veloz del mundo, con corredores apostados cada ocho kilómetros, que se iban relevando. El gran Moctezuma I, por ejemplo, recibía pescado fresco de las costas de Veracruz de un día para el otro.

Esa fue la ciudad que sucumbió un día como hoy, pero su legado sigue vivo entre nosotros, los mexicanos del siglo XXI.

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