Lectura 5:00 min
Madre solo hay una
Parece que fue ayer. Y efectivamente. Solo que esta vez las calles no estuvieron llenas de enanos aspirantes a angelitos, niños amarillos como pollos, peluditos de algodón y con cara borrego, disfrazados de impecable traje blanco.

Parece que fue ayer. Y efectivamente. Solo que esta vez las calles no estuvieron llenas de enanos aspirantes a angelitos, niños amarillos como pollos, peluditos de algodón y con cara borrego, disfrazados de impecable traje blanco.
Ayer tampoco miramos a la horda de mujeres con cámaras en mano y rostros de madonna de Botticcelli ni afirmar que José Martí miraba tales escenas cuando escribió aquello de que “hay un solo niño bello en el mundo y cada madre lo tiene”.
Esta vez no hubo tráfico tremendo con cientos de automóviles con una cabecita blanca sobresaliendo en el asiento de atrás. Nada de restaurantes sin mesa, sin piedad y sin reservación, sin arreglos de flores, sin fiestas ni mariachis. Estábamos encerrados.
Hoy que se nos escapó el Día de la Madre, podemos reflexionar sobre el asunto. Comenzar -qué tal, lector querido- recordando a la más madre de todas las madres: la Virgen María. Saber que su nombre, antes escrito como Myriam, fue conocido desde el Antiguo Testamento y que la fe católica convirtió a María en la madre que ilumina y da forma a todas expresiones de la fe. Rememorar también que la anunciación a María, es decir las noticias de su santo embarazo, inaugura "la plenitud de los tiempos", según el catecismo, pues estaba destinada a concebir a aquel en quien habitaría "corporalmente la plenitud de la divinidad". Una tremenda misión, lector querido. No por nada es la Virgen María representación de la madre por excelencia, la mejor, la más abnegada, la más bonita, la que tenía el mejor hijo y, por añadidura, la más pura, como todo hijo quisiera fuera la suya. (Sospecho que aquello de “mi madre es una santa” mucho tiene que ver con su figura).
Sin embargo- porque cada quien tiene sus propias creencias- quizá sea pertinente hablar de nuestro festejo local ayer perdido. Le celebración del Día de la Madre, contrariamente a lo que usted pudiera pensar, no fue inventada en México sino en Estados Unidos, concretamente en Filadelfia, en el año de 1907. La autora de tan extraña idea fue la señora Ana Jarvin de quien no se sabe mucho pero de la que se especula fue una madre que se sentía agraviada y quería pensar que el hecho de tener hijos era la razón más importante que pudiera tener una mujer para venir al mundo. Ana, para no perderse en detalles, solamente especificó que el día exacto para celebrar a las madres debía ser el segundo domingo de mayo, nosotros, mexicanos, pertenecientes a un pueblo que no gusta de las ambigüedades, decidimos que el día debía estar señalado. Cuenta la leyenda que fue un obrero del periódico “Excélsior” el que el 10 de mayo de 1922 convenció a su jefe, Rafael Alducín, de que 10 era el número perfecto, tan parecido a la calificación que todos queremos que nuestras mamás vean siempre en nuestras boletas de la escuela. El director del diario, aprovechando nuestra más grande debilidad, le dio difusión nacional a la idea y seis años después ya todos estábamos reservando lugares para llevar a comer a nuestra progenitora, metidos en una tienda de electrodomésticos, acabando con todas las rosas rojas de la ciudad, lavándonos la culpa, sintiéndonos los únicos, construyendo nuevos paraísos de la infancia, quedando bien sin mirar a quién y emborrachándonos del puro gusto de que nadie nos pudiera decir que no teníamos madre.
Y sí, lector querido, su sospecha es la pura verdad: fue también un 10 de mayo, pero de 1949, el día en que se inauguró uno de los monumentos más impresionantes, tanto de la ideología nacional como de la arquitectura de la Ciudad de México: el Monumento a la Madre. Esta ofrenda de concreto localizada dentro del Jardín del Arte en la plaza que lleva su nombre, limitada por la avenida Insurgentes Norte al oriente, la calle de Sullivan al norte y la de Villalongín al sur, es también un homenaje y una fiesta. La primera piedra de este monumento fue colocada por el general Manuel Ávila Camacho, otro 10 de mayo, pero de 1944, y la inauguración cinco años exactos después, siendo el encargado de cortar el listón el presidente Miguel Alemán. La oportunidad, cuentan las crónicas periodísticas, fue aprovechada por la Primera Dama de entonces para entregar 30 casas a igual número de madres que la prensa calificó de “proletarias”. Las características de tan edípico estandarte fueron reseñadas por José de Jesús Velázquez Sánchez que lo describió así: “El Monumento a la Madre descansa sobre un zócalo de cantera, destacando en el centro del muro semicircular, la torre de piedra, delante de la cual se levanta una enorme escultura que simboliza la abnegación y fortaleza de la madre mexicana”. Lo que el cronista olvida detallar es, quizá el más conmovedor detalle del monumento materno: que en el pedestal hay una placa de bronce con la siguiente inscripción: “A la que nos amó antes de conocernos”. Tal vez porque le hubiera gustado más una que dijera “Madre solo hay una... y es la mía”.