Desde la entrada de la galería Ethra, María José de la Macorra advierte que si bien las 12 obras abarcan la producción artística de 1996 al 2018, su muestra Herbarium no es una retrospectiva. Hay muchas piezas relativas que podrían encajar pero se han quedado embaladas, esperando su momento para volver a germinar. Dice que si bien ha trabajado toda su vida con los elementos naturales, ha limitado la muestra a lo vegetal y lo botánico.

Con la postura similar de quien se dispone a revelar un secreto y una mano en la puerta de la primera sala, De la Macorra comienza la minuciosa descripción de sus piezas, tanto que parece que ha vuelto al momento de la hechura.

De la sexualidad botánica

En la primera sala hay tres obras, dos objetos de gran formato y una instalación enriquecida por varios elementos. En el suelo, las dos primeras piezas parecen dos piraguas y al mismo tiempo dos muebles con formas atípicas. Se llaman Cápsula 1 y Cápsula 2. Sus nombres no mienten. La primera pieza es la mayúscula representación de una cápsula del tulipán africano. La segunda, también amplificada, representa el corte longitudinal de una cápsula de maguey. Están fabricadas con poliestireno forrado de yeso, fibra de vidrio y tapiz.

“Siempre digo que los magueyes anuncian su muerte con una floración, lo cual es tan fuerte como poético”, reflexiona.

En las paredes hay alrededor de 60 capelos que integran la pieza de nombre In vitro, dentro del sitio en que uno está. La mitad de estos capelos resguarda ramificaciones de flores de tulipán y de maguey; la otra parte, fotogramas de ambos tipos de flores entrelazados en una cinta de película de diapositiva con fotogramas de los granos de polen tomados en microscopios de barrido y óptico.

“Quería hablar del adentro y del afuera. El adentro es la sexualidad de la planta, el polen llegando a la flor, las enzimas de la flor deshaciendo la capa del polen, dejando entrar la genética de la flor y reproduciéndose”, refiere y acota que las tres obras llevaban 20 años embaladas, esperando en una bodega para exponerse. Agrega que es la primera vez que se exponen en la Ciudad de México.

El cuarto incómodo

En el primer piso se han destinado tres salas para Herbarium. La primera es intimidante. La habitan tres piezas más. María José de la Macorra dice que algunos visitantes han dicho de ellas que son perturbadoras, mientras que otros las han visto más bien poéticas. También están correlacionadas.

Es una sala dedicada a las tillandsias (o claveles del aire), una especie de plantas epífitas asombrosas por su capacidad de sustento.

Hay dos esculturas que se aferran a los muros como arañas furtivas. Están fabricadas con alambrón y alambre recocido. Extienden sus brazos en todas direcciones, como siempre amenazantes, tan amenazantes que son imposibles de ignorar incluso si el espectador les da la espalda para apreciar la tercera pieza, un enigmático dibujo trabajado con la técnica japonesa sumi-e.

“En estas esculturas quería hablar de la vida y del movimiento. Son cinéticas aunque están estáticas. Tienen una energía tremenda”, reseña su creadora.

Para el llanto

“Esta sala está dedicada a las orquídeas, aquellas que han desaparecido de la reserva del Pedregal de San Ángel”, cuenta a la artista.

Se trata de la representación y homenaje a 30 especies de orquídeas terrestres que ya no existen en ese hábitat. Todas ellas integran la instalación Herbario bordado. Son bordados sobre tela inspirados por completo en los llamados herbarios prensados que son práctica habitual de los investigadores botánicos. Cada una tiene una es única en identidad, estética y cromática.

Frente a ellas, el Herbario de bronce, 14 esculturas de orquídeas con la técnica de bronce a la cera perdida, todas de color negro, como de luto. La creadora se basó en ilustraciones científicas para darle claridad a las piezas. Están idealizadas, dice, porque quiso conservar los bulbos, donde las plantas tienen reservas de nutrientes. “Son negras por el vacío que dejan. Por otro lado son como planas carbonizadas después de un gran desastre”, agrega.

En la sala también hay tres pedestales en los que De la Macorra ha colocado pequeñas esculturas de cápsulas de orquídeas trabajadas en barro papel, una vaina de una trepadora y granadas moldeadas en cerámica. A ellas se le suman tres tallas en madera balsa, de 1996, que representan los distintos procesos de la vaina del tabachin.

“La gente se involucra mucho con el tema de las orquídeas desaparecidas; se enoja, se entristece, llora”, acota la creadora. “Se trata —agrega— de usar todos los recursos plásticos y visuales para generar sentido y significado”.

Herbarium permanecerá en la galería Ethra, Londres 54, colonia Juárez, hasta el próximo 23 de septiembre.

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