Sr. Donald J. Trump:

Nunca imaginé escribir una carta personal, abierta pero personal, a un presidente de Estados Unidos. Sin embargo, tampoco creo que usted la lea, primero, porque no sabe español, segundo, porque no ha de tener tiempo de entretenerse con cualquier simple mortal y, tercero, porque seguramente me detesta.

Aquí usted debe inquirir:?¿cómo se detesta a alguien al que ni siquiera se conoce? Y eso, Donald, es una pregunta que también nos hacemos millones de personas: ¿cómo usted, a quien en apariencia le ha ido tan bien en la vida, está molesto, enojado, iracundo y, por lo mismo, amenazante con más de medio planeta, aunque, según me enteré, le acaba de colgar el teléfono al primer ministro de Australia, que vendría a representar a la otra mitad del globo terráqueo?

Ahora, si pienso que esta misiva no llegará a sus ojos ni oídos, ¿para qué la escribo? Simple, por eso que dicen que el que calla, otorga , o por aquello del silencio cómplice, o porque me ganó la tentación de decirle unas cuantas verdades, todas en buen plan, sin insultos ni violencia, pues a nuestra edad aunque usted es mucho mayor que yo ya no nos veríamos bien echándonos un trompo a media calle.

Es más, Donald, a menos que sea de manera deportiva, en igualdad de condiciones, en el?escenario apropiado, con jueces neutros y reglas bien definidas, a ninguna edad se ve bien eso de pelearse con el vecino, gritándole y, lo peor, amenazándolo con invadirle la casa, acto que no sólo le causaría horror al ahora ex amigo, sino a otros colonos y no me refiero a los canadienses que ya mostraron el cobre mientras se llevan el oro , a la ciudad, al país y a otras naciones que no verían con buenos ojos al agresor que, en una de esas, quién sabe, anda perdiendo su incierta batalla.

Y ya que estamos en este tema, Donald, permítame decirle que sí, en efecto, Estados Unidos puede perder esa guerra. ¿Cómo? ?Usted mejor que nadie sabe que hay muchos locos en el poder, que también hay muchos botones?rojos y que, en política, nunca se sabe quién va a ganar. Su caso es un ejemplo: desde que inició su campaña para ser elegido presidente, la mitad del mundo pensó?que era una broma y casi nadie lo tomó en serio. Incluso, en los?últimos días de las elecciones, en opinión de la mayoría, era casi imposible que usted se hiciera de la Presidencia y, sorpresa, ese casi fue suficiente para convertirlo en uno de los dos hombres más?poderosos de la Tierra.

¿Qué pasaría, entonces, si usted nos ataca? Que algún orate, tal vez un vecino suyo, desempolve esos viejos misiles de la Guerra Fría para apoyar al hermano mayor; o que un asiático demente, uno más pirado que usted y yo, vea con simpatía a México gracias a nuestras telenovelas, y se lancé a defender a La Rosa de Guadalupe; o bien, que el otro poderoso, el que lo espía incluso en su propia casa, se canse de usted, Donald, de su peculiar manera de hacer política vía la provocación, el miedo, la desigualdad y ¡pum!, alguno aprieta el botón rojo que, a su vez, obligaría al otro a hacer lo propio y, déjeme que le diga, en una Tercera Guerra Mundial perdería Estados Unidos, México y el resto de los países, y ya no habría muro que erigir ni aranceles que cobrar ni nación que proteger ni tantos otros temas que aún estamos a tiempo de discutir.

Por último, y como no lo quiero cansar con una epístola interminable, cuando guste, Donald, le invito un cafecito en casa para charlar sobre la única raza humana existente, de la belleza, del calentamiento global, de cómo mejorar el mundo y de otras cosas que, estoy seguro, le deben preocupar.

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