David Bowie fue uno de esos artistas a los que cuesta imaginar haciendo cosas de una persona corriente, como ir de compras, hacer una cama... o morirse. Su muerte, eso sí, ha sido tan enigmática y sorprendente como los anteriores 69 años de una vida intensamente creativa, inconformista, inquieta... y rentable.

La muerte de la mítica estrella de la música nacida como David Robert Jones deja atrás un legado musical impresionante. Pero no solo eso. Su figura, además, debería ser estudiada como un ejemplo de renovación constante, de búsqueda de nuevos horizontes. Y no solo desde el punto de vista artístico. Bowie fue pionero en lanzar su propio servicio de internet (Bowienet), su propia emisora de radio o un banco, que no duró demasiado.

También fue pionero a la hora de titulizar 300 canciones y 27 discos en un fondo llamado Bowie Bonds, lanzado en 1997 gracias a un acuerdo con Prudential Services, una operación que le reportó unos ingresos de 55 millones de libras esterlinas (73.65 millones de euros) y un interés a sus inversores cada vez que se usan sus canciones. Su afán de renovación y su olfato para los negocios le han permitido mantenerse como una estrella (con notables altibajos) hasta la reciente publicación el pasado viernes de su último disco, Blackstar. En conjunto, su fortuna se calcula en unos 230 millones de dólares (unos 211 millones de euros).

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A su talento como artista se le unió la capacidad de saber aprovechar las oportunidades de su época. En sus primeros años de carrera, EE UU, cuna del rock, y Europa estaban forjando una alianza para favorecer el comercio y la inversión mutua. Varios músicos, entre otros personajes públicos, supieron aprovechar la situación y, en el caso de Bowie, evitar las barreras comerciales que antes impedía que los artistas pudiesen desarrollarse totalmente al otro lado del charco.

La versatilidad del artista se tradujo en una innovación constante, clave para cosechar la enorme cantidad de éxito de la que gozó durante su trayectoria y que deja tras su fallecimiento. Era una persona polímata, alguien que conocía y se desenvolvía en distintas disciplinas a un nivel muy alto , explica el director del máster en innovación empresarial de Deusto Business School, Francisco González Bree.

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Solo alguien así, conocedor de diferentes ramas, puede llegar a conectar entre sí varias industrias, una faceta que marcó la carrera de Bowie. Y no solo en el ámbito musical , recalca González Bree, también en otras vertientes que posibilitaron que su figura se tornase en un símbolo que ha perdurado hasta el día de hoy. Así, el músico también fue pionero en el uso del diseño y la estética en los escenarios en los que actuó en forma de maquillaje, vestuario o peinados, utilizando elementos adelantados a su época que le permitieron, junto a su música, diferenciarse del resto de artistas .

No pasa desapercibida su faceta como actor, tanto en los teatros como en la gran pantalla, componiendo, incluso, la banda sonora de varias películas en las que interpretó pequeños papeles.

Pero sin duda, la faceta más camaleónica de Bowie surge en torno a aquello con lo que saltó a la fama: la música. En sus casi cuarenta años de trayectoria, el artista ha pasado por una retahíla de géneros musicales. Desde el rock más tradicional hasta el jazz, atreviéndose a su vez con matices de música electrónica o con ritmos de pop.

Este es uno de los aspectos que diferencian a los artistas abiertos al cambio y que saben que deben evolucionar constantemente , afirma González bree. Más aún teniendo en cuenta la celeridad con la que cosechó sus primeros éxitos y la facilidad con la que se abrió un hueco entre los grandes de la época.

Normalmente, quien triunfa con un género musical suele quedarse y trabajar sobre él. Bowie, sin embargo, no tuvo miedo de probar con categorías nuevas y consiguió no estancarse .

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Lo propio hizo con los instrumentos. Su afán por innovar hizo que el músico se atreviese con la armónica, el piano, el bajo, la guitarra, la percusión, el saxofón e incluso el sintetizador de sonido.

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