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Sobre cómo los relatos nos gobiernan y controlan
Opinión
Los grandes relatos, aquellos que nos dotan de una visión del mundo, que nos guían e iluminan, que forjan nuestras tradiciones, que crean nuestros valores (lo permitido y lo prohibido) y que guían nuestra conducta (sin necesidad de coerción nos gobiernan, nos controlan y someten: algunos han nombrado a este fenómeno como subyugación deseada), devienen en normas y leyes que uniforman nuestro pensar y actuar. Al mismo tiempo, estas historias míticas (los relatos), cribadas por el tiempo, nos permiten colaborar y emprender grandes tareas. Bajo su amparo nos impulsan a transformar nuestro entorno, nuestro mundo.
Los descubrimientos del paleoantropólogo Ludovic Slimak en su libro El último neandertal permiten deducir el papel del relato, que se transforma en cultura y valores compartidos y nos permiten acometer grandes empresas. Los humanos, como semillas sociales e individuos, crecemos en la “sopa primordial”, el ARN, que es el relato. Somos criaturas cultivadas por la cultura, por la cosmovisión que nos proporciona esa guía de valores y tradiciones que definen cómo nos debemos comportar. La hipótesis del autor es que los neandertales desaparecieron a consecuencia de un colapso cultural más que por inferioridad física o intelectual de los sapiens, que es nuestra especie.
El autor sustenta la hipótesis de la extinción de lo neandertales en observaciones que hizo en Etiopía y Yibuti en tribus nómadas. Cuando estos cazadores emigran e intentan vivir y aculturarse en naciones diferentes entran en shock y colapsan. Dice Slimak: “El contacto con culturas distintas, como la occidental, hace que se derrumben todos sus valores, su forma de entender el mundo, las historias que cuentan a sus hijos, sus mitologías. Tras el contacto, estas historias se vuelven absurdas. Los niños dejan de reconocerse en sus padres, en sus mayores, ya no quieren seguir. Muchos caen en las drogas o el alcohol. En la capital de Yibuti, gran parte de la población vive drogada”.
El último neandertal es más que un libro sobre arqueología; es un lúcido ensayo sobre la condición humana. La tesis central es que los neandertales desaparecieron por una crisis cultural más que por una derrota biológica. Su destino funciona como advertencia: incluso sociedades sólidas pueden colapsar si pierden sus valores y cohesión.
El libro enfatiza que los neandertales tenían cultura, prácticas simbólicas y formas de organización social. Slimak sugiere que, al perder la capacidad de sostener sus valores, quedaron vulnerables al enfrentarse a los cambios ambientales en su encuentro con los sapiens. Su desaparición no fue un choque frontal, una guerra, sino un proceso de debilitamiento interno que los hizo incapaces de sostener su mundo.
Cuando los neandertales se mezclaron con los sapiens sucedió su colapso cultural: un proceso interno de pérdida de cohesión y valores, más que a consecuencia directa del mestizaje. El encuentro cultural de los sapiens con los neandertales desencadenó su extinción.
Hago una síntesis para después hacer un ejercicio de imaginación sociológica. Por un momento intentemos trasladar aquel choque cultural de los primeros humanos al presente. Lo que sabemos por los hallazgos de este paleoantropólogo es que ese encuentro provocó que los neandertales, aún fuertes físicamente y capaces de sobrevivir en entornos hostiles, fueron incapaces de sostener el tejido cultural que les daba sentido e involucionaron. El encuentro con los sapiens provocó un shock cultural y ocasionó la erosión interna de sus valores y perdieron su cohesión. Fueron incapaces de mantener un mundo compartido. Esa fragilidad cultural los hizo vulnerables frente a los cambios ambientales y la presencia de los sapiens, que tenían otra forma de organizar la vida.
Guardando todas las diferencias del caso, hoy estamos frente a un choque cultural de consecuencias impredecibles. En el presente, las sociedades enfrentan un dilema similar: la erosión de consensos culturales (derechos universales, cooperación internacional) frente al avance de narrativas nacionalistas que fragmentan la comunidad global. Así como los neandertales se volvieron vulnerables al perder cohesión, las sociedades actuales corren el riesgo de corroerse si la polarización cultural destruye la confianza en instituciones y valores compartidos.
Si extrapolamos esos sucesos al presente, vemos un paralelismo inquietante. Hoy, el mundo se divide en dos visiones: el retorno al nacionalismo, que considera a los extranjeros como carentes de derechos, y un liberalismo que retrocede, debilitado por la desconfianza y la polarización. Es una guerra cultural que recuerda la tensión entre Pelagio y San Agustín: la confianza en la libertad y poderío humano (pelagiano) frente a la conciencia de fragilidad, dependencia, encierro y predestinación que el Dios supremo nos ha deparado (agustiniana).
Slimak nos advertiría que el verdadero riesgo es el colapso interno. Si las sociedades actuales pierden la capacidad de sostener valores compartidos -ya sea la universalidad de los derechos, la confianza en instituciones, o la idea de comunidad global-, el peligro es caer en una especie de “suicidio cultural” como el de los neandertales. El nacionalismo excluyente puede fragmentar la cohesión, el liberalismo debilitado puede dejar de ofrecer un marco común, y en esa tensión se podría jugar la supervivencia cultural de las sociedades occidentales.
Un escenario imaginario puede ser el siguiente: el nacionalismo excluyente ha fragmentado sociedades, el liberalismo ha perdido su capacidad de sostener un marco compartido, y las instituciones internacionales han quedado debilitadas. La vida cotidiana se caracteriza por la desconfianza, precariedad de derechos y la ausencia de un relato común. La cultura, de espacio de encuentro, se convierte en confrontación. Como los neandertales, las sociedades han perdido la capacidad de sostener su mundo simbólico, y esa pérdida se traduce en crisis de gobernabilidad, aislamiento y retroceso. La advertencia de Slimak se cumple: no sería un enemigo externo el que podría derrotar a la humanidad, sino la incapacidad de sostener su propia cohesión.
En el pasado reciente, como sugiere Karl Polanyi en La gran transformación, el colapso del orden surgido de la Ilustración ocurrió porque se derrumbó el orden liberal sustentado en el patrón oro y el libre comercio. El nacionalismo se implantó y ganó la lógica de imponerse por la fuerza. En nuestro tiempo, quizá estemos lejos de la suerte que corrieron los neandertales, pero lo que sucede en el presente nos recuerda el tiempo de las dos guerras mundiales. En nuestros días, el ocaso del dólar y del comercio libre, se asemeja a lo ocurrido entonces.
La crisis del relato liberal, que surgió de la vieja polémica entre Pelagio y San Agustín, en el que triunfa la idea del hombre como centro del universo, un demiurgo, augura cambios sistémicos inimaginables. La crisis de valores que padecemos nos torna frágiles, temerosos, nos angustia y confronta: la confianza desaparece. Se desvanece el pacto que nos cohesiona, que permite la colaboración a gran escala y brinda sentido a nuestra vida, refugio y seguridad. Quedamos a la deriva.