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Opinión

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Sencillito y carismático

Manuel Ajenjo | El privilegio de opinar

El comunicador argentino Eduardo Feinmann, es un hombre que ha construido buena parte de su prestigio a base de convertir la intolerancia en género periodístico. Cuando un policía mató a un ladrón, resumió el drama humano en dos palabras: “Uno menos”. Una frase que revela una filosofía tan sofisticada como resolver un problema de álgebra con un garrote. Cuando iba a realizarse una marcha del orgullo LGBTQ+ decidió ilustrar a su auditorio afirmando: “la sociedad no quiere ser villera (vivir en la pobreza) ni tener papás putos”. Una declaración que demuestra que algunos micrófonos no amplifican voces sino prejuicios.

Enemigo declarado del feminismo, del sindicalismo, de los activistas de los derechos humanos y, al parecer, de todo aquello que implique reconocer que los demás también existen. Feinamann acaba de descubrir un nuevo adversario: los mexicanos. Dice que nos detesta. Cada quien es libre de detestar lo que quiera. Hay quien detesta los rábanos, el reguetón o los lunes.

El problema comienza cuando el odio pretende disfrazarse de análisis político. Porque no se limitó a decir que no le simpatizamos. También sostuvo que los mexicanos queremos ser como los argentinos. Debe ser por eso que acá desayunamos mate; los Tigres del Norte cantan tangos; y discutimos apasionadamente, hasta acuchillarnos, si Boca es mejor que River. Debe ser también por eso que el mariachi usa bandoneón y el pozole se sirve con chimichurri, ¿viste?

Los mexicanos admiramos a la Argentina y a su gente: a Borges, a Cortázar, a Quino, a Fotanarrosa, a Mercedes Sosa, a Piazzolla, a Messi. Pero una cosa es la admiración por un país y otra muy distinta desear importar todos sus problemas. Porque, si de copiar modelos se trata, tampoco parece muy atractivo importar un presidente que consulta el destino nacional con el espíritu de un perro fallecido. El presidente Javier Milei ha contado públicamente que conversa espiritualmente con Conan, su perro muerto, a través de una médium, y que algunas decisiones importantes las fundamenta con esas peculiares consultas metafísicas.

Claro que México no necesita certificados de simpatía expedidos desde un estudio de radio en Buenos Aires. Bastante trabajo tenemos sobreviviendo a nuestros propios políticos, que ya constituyen una prueba suficiente de resistencia nacional. Además, no es adecuado confundir a un comunicador con un país entero. Los países son infinitamente mejores que sus opinadores.

Argentina ha dado al mundo algunos de los escritores, científicos, músicos, humoristas y deportistas más brillantes del planeta. Comparar a todos los argentinos con Feinmann sería tan absurdo como comparar a los mexicanos con los diputados que llegan al Congreso por tómbola o a los funcionarios que confunden la transparencia con el vidrio polarizado.

En realidad, el fenómeno Feinmann no es argentino. Es universal. Hoy abundan comentaristas que descubrieron que el negocio ya no consiste en tener razón, sino en provocar. Si el escándalo genera rechazo resulta un pésimo negocio. La economía de la indignación paga mejor que la inteligencia. Por eso no sorprende que cada cierto tiempo aparezca alguien declarando su odio hacia un pueblo entero. Es una manera barata de llamar la atención. Lo difícil sería construir una idea original. Lo único imposible de vender es la idea de que un prejuicio vale más que un argumento.

Por otro lado, es más fácil detestar a ciento treinta millones de mexicanos que debatir con uno. El odio tiene una comodidad: elimina la necesidad de pensar.

Mientras tanto, los mexicanos seguiremos siendo exactamente lo que somos: una nación llena de contradicciones, de virtudes, de defectos, de humor y de una saludable costumbre de reírnos incluso de quienes nos desprecian. Nos importa muy poco que Eduardo Feinmann nos deteste, que con su pan se lo coma. Después de todo, no hay que subestimarlo. Ha encontrado la mina de oro del siglo XXI: convertir el resentimiento en espectáculo y cobrar la entrada. Hay negocios menos rentables, el periodismo por ejemplo.

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Presidente del Consejo Directivo de la Sociedad General de Escritores de México (Sogem) y Guionista de televisión mexicano. Conocido por haber hecho los libretos de programas como Ensalada de Locos, La carabina de Ambrosio, La Güereja y algo más, El privilegio de mandar, entre otros

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