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Opinión

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Esa modita de querer obligar a la TV abierta a modular su cobertura informativa

Gerardo Flores Ramírez | Ímpetu Económico

Hace apenas una década, la sola amenaza de un gobierno contra un medio de comunicación por la cobertura de una guerra habría generado un escándalo político mayúsculo en cualquier nación que se preciara de democrática. Hoy, ese tipo de lances se producen con una naturalidad que debería perturbarnos profundamente.

El episodio más reciente ocurrió el pasado sábado en Estados Unidos. Brendan Carr, presidente de la Comisión Federal de Comunicaciones (FCC), amenazó con revocar las licencias de transmisión de las grandes cadenas televisivas por su cobertura de la guerra con Irán. Su argumento: los noticieros difunden “engaños y distorsiones noticiosas”. La amenaza llegó horas después de que el presidente Donald Trump acusara a esos mismos medios de querer que Estados Unidos perdiera el conflicto. El mensaje implícito fue tan claro como inquietante: cubran la guerra como nos gusta, o pierden el derecho a transmitir.

No obstante, esto no es un fenómeno exclusivamente del gobierno de Trump. En julio del año pasado, el presidente de Colombia, Gustavo Petro amenazó a los concesionarios de radio y televisión con “liquidar” las concesiones, porque desde su óptica, los títulos de concesión se violan “si los medios rompen la constitución, el derecho a la información y la verdad, y aquí se está violando todos los días. Cualquiera diría hay que liquidar entonces los contratos”, o sea, las concesiones. Lo dijo ofuscado porque los medios colombianos no reportaban lo que él quería.

Y es que lo verdaderamente paradójico de todo esto es la obsolescencia estratégica del objetivo. Los gobiernos que hoy persiguen a los noticieros de televisión abierta libran una batalla en el campo equivocado. El ecosistema informativo del siglo XXI no se parece en nada al de hace veinte años. Millones de ciudadanos se informan principalmente a través de redes sociales, plataformas de video en línea, podcasts y medios digitales nativos; ventanas sobre las cuales existe una regulación prácticamente nula. Acosar a un noticiero de televisión mientras X, YouTube o TikTok distribuyen libremente cualquier narrativa es, en el mejor de los casos, un anacronismo; en el peor, una cortina de humo.

La obsesión regulatoria sobre los medios tradicionales revela, más que una estrategia coherente de política informativa, una incomodidad profunda con la crítica. No se persigue la desinformación —esa prolifera sin obstáculos en las plataformas digitales— sino la cobertura incómoda.

¿Hasta dónde puede llegar este debate sin que las sociedades reaccionen? La respuesta no puede dejarse solo en manos de legisladores, reguladores o juzgadores. El debate público debe ser mucho más intenso y frontal, porque es sencillamente inadmisible, para cualquier sociedad que presuma ser democrática, que el gobierno termine imponiendo cómo deben difundirse las noticias. Eso no es regular: es anular la libertad de expresión. Y cuando se anula la libertad de expresión, se entra a una ruta en la que el retorno resulta extremadamente complicado.

¿Quién engaña a la presidenta?

En el contexto del escenario de volatilidad que se ha observado en el mercado petrolero, que hemos visto reflejada en los precios internacionales de la gasolina, la presidenta Sheinbaum ha querido atajar el riesgo para México presumiendo la mayor producción de gasolina gracias a la producción que hoy genera la refinería de Dos Bocas. Sin embargo, en un afán de bajarle el volumen al riesgo para las finanzas públicas por tener que sacrificar ingresos del IEPS a las gasolinas, el jueves pasado, la presidenta Sheinbaum cayó en lo que tanto critica: que se difunda información incorrecta. Se aventuró a sostener, seguramente mal informada por Pemex, que la refinería de “Dos Bocas produce 300,000 barriles diarios, de gasolina y diésel, imagínense que todo eso se tuviera que importar”.

Pues no, por más que se quiera presumir Dos Bocas, es imperativo que se manejen los datos correctos. Según las estadísticas de Pemex, en enero de este año, esa refinería produjo 78,000 barriles diarios de gasolina y 79,000 barriles diarios de diésel. Primero, es un error sumar ambos volúmenes, así como no se suman kilos de manzanas y kilos de peras, pero ni siquiera incurriendo en ese error suman 300,000 barriles diarios, es casi la mitad de eso. Y sí, 77,000 barriles diarios es un volumen relevante, pero aún insuficiente para dejar de importar más de 400,00 barriles diarios de gasolina de EUA.

*El autor es economista.

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