Lectura 4:00 min
¿México podrá comprar cables en esta nueva guerra fría?
Jonathan Ruiz Torre | Parteaguas
El jueves 9 de julio, los franceses Mbappé y Dembélé clavaron dos goles para que su selección nacional venciera y despidiera del Mundial a la de Marruecos, que prometía tanto. Eso ocurría en Boston.
A unas siete horas de distancia, en Washington DC, el Departamento de Energía de Estados Unidos publicaba ese mismo día el borrador de su National Transmission Needs Study 2026. El lenguaje burocrático del texto evitó decir que la red eléctrica estadounidense no está preparada para todo el cómputo que viene. La conclusión práctica, sin embargo, es exactamente esa.
La instrucción es construir generadores de electricidad, líneas de transmisión, cables y cables.
Vaya, lo aclararon dos semanas después de que México anunciara un plan de 739 mil millones de pesos para conseguir suministros similares.
Esto se parece a los boletos del Mundial. Comprará quien pueda pagar.
Pero, a diferencia de ese espectáculo, no hay opción de dejarlo pasar. Cada quien a su nivel, pero tanto Estados Unidos como México se juegan su subsistencia económica.
Estados Unidos, como la máxima superpotencia. Los mexicanos, ante la falta de creación de tecnología propia, aspiran a seguir en la cancha.
Ustedes opinarán, pero antes analicen las palabras pronunciadas por John Ratcliffe, director de la CIA, hace dos semanas, durante una conferencia sobre tecnología organizada por AWS en Washington D. C.
La gente que escuchaba a unos metros del templete comenzó a generar ese murmullo que denota interpretaciones inmediatas, a medida que avanzaba su discurso en el centro de convenciones de la ciudad.
Juan Brodersen, experimentado periodista de Clarín, estuvo entre la audiencia. En cuanto el líder de la CIA concluyó, Brodersen escribió su encabezado: “John Ratcliffe, director de la CIA, comparó la inteligencia artificial con ‘armas nucleares digitales’”.
En efecto, quien tenga la mayor capacidad no solo ejercerá una fuerte influencia sobre el contenido de las redes sociales que mueven conciencias. También podrá controlar, digamos, miles de drones aéreos y marinos que se vuelven más sofisticados y pequeños mes tras mes.
Ucrania ha comprobado su efectividad. China es el país que más ha avanzado en ese negocio.
La burocracia del Gobierno de Estados Unidos hoy retrasa los pedidos y, para cuando uno de estos avanza, la tecnología ya fue superada. Ha detenido el progreso de su nación y, con ello, el de sus socios comerciales, como México.
Pero ahora van por la eliminación del ‘red tape’, precisamente de los trámites burocráticos, y apuestan por el avance acelerado de su tecnología mediante un proyecto llamado Misión Génesis, un nombre bíblico que alude a la creación.
Ellos van a crear un nuevo país. Medio México sigue pensando en combustión interna.
La Misión Génesis es equivalente al Proyecto Manhattan, dijo también hace dos semanas, en el mismo evento de Washington, el secretario de Energía de Estados Unidos, Chris Wright.
Con el Proyecto Manhattan, Estados Unidos controló la actividad nuclear del mundo. Con la Misión Génesis va por el control de la IA.
Porque no solo China avanza. Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos también apuestan sus fondos soberanos, que suman 3 billones de dólares (trillions), a convertirse en potencias de este nuevo orden tecnológico. Corea del Sur camina aceleradamente por otro carril.
Si la influencia de la IA es una fuerza equivalente a la nuclear y existe una competencia por su control, lo de menos es el nombre de esta coyuntura.
Es equivalente a la pugna entre estadounidenses y rusos, que por poco deriva en una catástrofe global. Un termómetro que mide la temperatura de esta carrera es el precio del cobre, presente en todos los cables que conducen energía.
Está en un nivel histórico que casi triplica el de hace seis años.
Es ahora cuando todos lo quieren. También es hoy cuando México saldrá a comprarlo.
Norteamérica no está renegociando el T-MEC. El mundo está cambiando de orden y los tratados han pasado a ser, acaso, un choque de manos.
Si la cancha cambia de forma, ¿quién puede asegurar que siga existiendo el fuera de lugar?