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La izquierda dejó a la derecha imaginar el futuro

OpiniónEl Economista

Fue monopolio de la izquierda imaginar el futuro. Por supuesto, el futuro es inexistente, pero funciona como relato-guía de las aspiraciones hacia una sociedad mejor, donde todos tengamos cabida y contemos con lo necesario para vivir dignamente: igualdad. Durante gran parte del siglo XX, la izquierda rebelde y progresista se apropió de ese horizonte: desde las luchas obreras y estudiantiles hasta los movimientos anticoloniales, feministas y ecologistas. La rebeldía significaba emancipación y promesa de un porvenir distinto, incluyente, igualitario.

Hoy, sin embargo, la izquierda se refugia en la corrección política y en la ampliación de los derechos de las minorías, al grado de distorsionar el ideal de la igualdad, concebido como iguales derechos y oportunidades efectivas para todos, independientemente de si se pertenece a una minoría del signo que sea: racial, sexual, religiosa, cultural. Este fenómeno tuvo dos efectos capitales. Por un lado, segmentó a la sociedad (Fukuyama) y propició la confrontación entre los diversos sectores sociales y allanó el camino a la derecha radical, que sostiene que son marginados los nativos y heterosexuales. Por otro, significó la renuncia a imaginar el futuro. La reacción de la izquierda frente a las distopías de las derechas ha sido mantener el statu quo. Ante la incapacidad de idear un mundo mejor, se volvió conservadora.

La tesis de Pablo Stefanoni en ¿La rebeldía se volvió de derecha? se inserta en este diagnóstico: las derechas han logrado apropiarse de la rebeldía porque sí ofrecen una idea de futuro, aunque sea distópico, entendido este término como una sociedad ficticia y caótica donde las condiciones de vida son muy malas, injustas y/o temibles. La alt-right, los libertarios radicales, los ecofascistas y los homonacionalistas construyen relatos que, aunque inquietantes, narran un porvenir. La izquierda, ante el abismo que proponen las distopías de las derechas, se afana en defender el statu quo, es decir, el actual orden precario, que a nadie ilusiona. Ha sido incapaz de articular un horizonte esperanzador.

Mark Fisher, en Realismo capitalista, sostuvo que era más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo. Stefanoni muestra que las derechas han capitalizado esa imposibilidad: si el futuro no puede pensarse más allá del capitalismo, entonces se lo imagina como crisis y distopía, y la rebeldía consiste en aceptar y exacerbar ese horizonte. Cas Mudde, por su parte, analizó el populismo de derecha como una fuerza que simplifica la política en términos de pueblo contra las élites. Stefanoni complementa esta visión mostrando que la derecha, además de movilizar los resentimientos, construye una estética de la rebeldía: desafío de las normas, incorrección política, revuelta cultural.

La genealogía de la rebeldía muestra un viraje decisivo en la política contemporánea. Durante el siglo XX, la imaginación del futuro estuvo ligada a proyectos emancipadores que buscaban transformar la sociedad desde la raíz. La contracultura juvenil, el feminismo y el ecologismo ampliaron ese horizonte, reforzando la idea de que la rebeldía era inseparable de la promesa de un mundo más justo. Sin embargo, en el siglo XXI se produjo una mutación: la derecha digital convirtió la provocación y la incorrección en su marca distintiva, desplazando el sentido emancipador hacia un terreno donde la rebeldía, en lugar de orientar la construcción de un porvenir mejor, fomenta resignación: la aceptación de un futuro concebido como crisis permanente. La distopía se transformó en horizonte y la rebeldía en moda cultural, un gesto que seduce porque ofrece identidad en medio de la incertidumbre, aunque lo que proyecta sea un porvenir sombrío.

Este desplazamiento se hace visible en expresiones culturales que funcionan como vehículos de radicalización. Los memes políticos se convirtieron en armas de seducción masiva, capaces de ridiculizar al adversario y de transformar la incorrección en símbolo de rebeldía. Foros como 4chan y comunidades en Reddit operaron como laboratorios de provocación, donde la ironía y el humor negro se volvieron herramientas de cohesión ideológica. La estética gamer, con su narrativa del jugador rebelde contra la censura progresista, ofreció un puente entre comunidades juveniles y discursos de derecha; el episodio de Gamergate es paradigmático, pues un conflicto aparentemente limitado al mundo de los videojuegos derivó en una plataforma de movilización contra el feminismo y la corrección política. A ello se suma la proliferación de influencers y youtubers que hacen de la incorrección política en redes sociales un estilo cultural, presentándose como voces rebeldes frente a la “dictadura de lo políticamente correcto”, captando y capturando audiencias masivas.

La apropiación de la rebeldía por la derecha digital trasciende a la esfera cultural: se proyecta hacia la política institucional, donde líderes emergentes capitalizan la estética de la provocación para presentarse como outsiders que desafían y ofrecen una alternativa al sistema, calificado como corrupto y excluyente. La rebeldía, antes asociada con la emancipación, se convierte en un recurso de legitimación para proyectos que narran el futuro como distopía y que encuentran en la crisis permanente un terreno fértil para seducir. El resultado es un cambio profundo: la izquierda, que en otro tiempo monopolizó la imaginación de un futuro mejor para todos, hoy aparece como defensora de un presente sin futuro, mientras que la derecha ofrece un porvenir sombrío pero atractivo porque es narrado con eficacia simbólica.

A diferencia de dicho mundo que extrañamente ilusiona a muchas generaciones (gracias a la seducción de las redes y la engañosa como tramposa rebeldía contra el orden actual y sus valores morales y culturales), la izquierda concibe el pasado como el futuro ideal. México, Rusia y otros países buscan en la arqueología el reino perdido, presuntamente mejor (la grandeza revolucionaria, el imperio zarista, la potencia soviética o el glorioso pasado mexica), la inspiración para el mundo de hoy. La manera de volver a ese edén imaginario es concentrar el poder económico y político. Pero incluso con todo el poder, los gobiernos se muestran incapaces de transformar la realidad y se aferran al statu quo. La rebeldía de derecha se alimenta de la misma nostalgia, ofreciendo un futuro que en realidad es un pasado reconfigurado.

Las consecuencias de este desplazamiento son inquietantes: la rebeldía se volvió de derecha, desplazando a la izquierda que dejó de seducir e imaginar futuros. El campo político se redefine: la derecha ofrece un futuro oscuro pero que propone un relato de inclusión, así sea donde la libertad y el bienestar son excluidos por rígidas jerarquías. En tanto la izquierda aparece como conservadora, sin rumbo. Y en diversos países, la izquierda se presenta igualmente distópica, autoritaria y antiigualitaria, aferrada al ideal imposible: regresar a un pasado ilusorio.

La pregunta que deja Stefanoni es perturbadora: ¿puede la izquierda reinventar su narrativa para recuperar la rebeldía, o quedará colonizada por las derechas que hacen del futuro un campo de exclusión y jerarquías? El ensayo se cierra con interrogantes que prolongan la reflexión: ¿qué significa que la izquierda haya perdido el monopolio de imaginar el futuro y se haya refugiado en la corrección política o peor aún -añado-, adoptar el autoritarismo para recuperar un edén que jamás existió? Y el ideal igualdad, ¿puede sostenerse propiciando la segmentación social -que describe Fukuyama- o esta fragmentación consolidará la meta de las derechas, consistente en erosionar el ideal común? ¿Qué explica que la derecha radical, al narrar futuros distópicos, seduzca con más eficacia que la izquierda que defiende un presente frágil o un pasado distópico? ¿Qué horizonte político se avizora cuando la rebeldía se convierte en un estilo cultural y la emancipación de la humanidad deja de ser un proyecto de bienestar?

Estas preguntas buscan provocar la conciencia de que el presente es un orden frágil y que la disputa por el futuro -sea distópico o emancipador- está en el centro de la disputa política contemporánea.

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