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La construcción de la verdad en la ciencia y sociedad

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OpiniónEl Economista

Héctor Barragán Valencia

La construcción de la verdad en la ciencia y en el ámbito social sigue trayectorias distintas, aunque profundamente entrelazadas. En la ciencia, la verdad se concibe como un proceso en construcción: cada hallazgo es provisional, sujeto a revisión y corrección, y se sostiene en la lógica del método experimental. En el ámbito social, en cambio, la verdad se articula en torno de cosmogonías, es decir, relatos míticos y filosóficos que también incorporan los avances científicos. Su finalidad es explicar el origen del cosmos, la vida y el ser humano, y otorgar sentido, seguridad, orden, jerarquías y orientación a la convivencia social. La evolución del saber médico, que construye verdades provisionales modificadas a partir del desarrollo científico y tecnológico, ofrece un contraste interesante con la construcción de la verdad social -erigida y cimentada a partir de los relatos míticos, la costumbre o moral y la influencia de la ciencia-, vinculada al poder económico y político.

Las cosmogonías, entendidas como relatos que explican el origen del universo, la vida y el ser humano, se enriquecen con los descubrimientos científicos y el progreso tecnológico. Así renuevan su propósito de interpretar el mundo y organizar el quehacer humano. Aunque son narraciones simbólicas, tienen como base material las experiencias fundamentales del ser humano: en primer término, el instinto de supervivencia, que es el impulso básico por excelencia; seguido de las necesidades fisiológicas -alimentación, refugio y protección- y la sexualidad, que asegura la continuidad de la especie. Los relatos míticos se alimentan de estas vivencias primarias, transformando los instintos en símbolos y narraciones que otorgan sentido y orientación a la vida colectiva. De esa raíz vital surge la ética que consiste en el conjunto de valores fundamentales que garantizan la vida y su reproducción. A partir de ese germen ético se desarrolla la moral, vinculada estrechamente con la costumbre, el poder político y el orden social: lo que en un inicio es respuesta a la supervivencia se convierte en normas que regulan la convivencia y legitiman jerarquías.

De este complejo entramado -relato, ética y moral- surge lo que en el orden social llamamos la verdad, es decir, una convención social.

En este contexto, lo sagrado y lo profano aparecen como expresiones simbólicas de la moral social que organiza lo permitido y lo prohibido. Lo que en un inicio fue respuesta a la supervivencia y luego se convierte en norma se eleva a categorías que delimitan lo verdadero y lo falso en la vida social, a partir de lo establecido como sagrado y profano. Lo sagrado representa lo que la comunidad coloca en un plano superior para garantizar cohesión, continuidad y sentido trascendente. Y lo profano marca lo que debe excluirse, sancionarse, lo que no se permite. Ambos funcionan como dispositivos narrativos que legitiman el orden social y político y se sostienen en cosmogonías que integran tanto la tradición mítica como los avances científicos y tecnológicos. La ciencia, lejos de sustituir estos relatos, los influye y reconfigura: cada descubrimiento puede incorporarse a la cosmogonía vigente y transformar la manera en que se conciben la moral y las jerarquías, sin alterar necesariamente su función de orientar y organizar la vida pública.

La cosmogonía puede entenderse, entonces, como un tejido narrativo que articula las experiencias primarias del ser humano (instintos y necesidades vitales) de las que nacen los valores. Y a partir de esos principios se establecen las costumbres que regulan la convivencia y las estructuras de poder que organizan a la sociedad. En este entramado, el conocimiento científico se integra como un nuevo lenguaje que amplía y transforma los relatos fundacionales. La verdad científica se incorpora así a un sistema de significados que da sustento a la verdad social, que es la que define la conducta y legitima el orden. Como la moral establece las reglas y las jerarquías, juega un papel primordial en la legitimación del poder político, del que derivan las verdades sociales y las falsedades a partir de lo permitido y lo prohibido.

Esta relación entre conocimiento científico y verdad social puede observarse con especial claridad en la medicina. Al construir verdades provisionales, siempre sujetas a revisión y abiertas a nuevos hallazgos, las ciencias médicas muestran cómo el conocimiento se transforma en modelos que orientan la acción humana. Para comprender el cuerpo, la medicina ha recurrido a metáforas tomadas de otras disciplinas, y estas imágenes han servido tanto para impulsar descubrimientos como para inscribirse en narrativas más amplias sobre la vida de las comunidades.

En la Grecia clásica, la alegoría del cuerpo-jardín reflejaba la cosmogonía naturalista de los griegos. El organismo era concebido como un terreno que debía cultivarse y mantenerse en equilibrio, y los humores funcionaban como nutrientes que garantizaban la salud. La enfermedad se entendía como un desequilibrio natural, y la práctica médica se orientaba a restaurar la armonía corporal. Esta visión estaba en consonancia con la representación de un cosmos ordenado, donde la salud era reflejo de la armonía universal y la medicina formaba parte de un relato que vinculaba naturaleza, ética y el sistema sociopolítico.

Con la revolución científica del siglo XVII, la metáfora del cuerpo-máquina se impuso como el modelo dominante. William Harvey (1578-1657) explicó cómo funciona la circulación sanguínea y describió el corazón como una bomba hidráulica, mientras René Descartes interpretó el organismo como un sistema de engranajes y poleas. Estas concepciones se inscribían en la concepción mecanicista de la modernidad, que concebía el universo como mecanismo regulado por leyes matemáticas. La verdad científica se construía entonces a partir de la racionalización y la experimentación, y la verdad social encontraba en esta metáfora un lenguaje para legitimar un orden político y económico que aspiraba a la precisión y la previsibilidad de la máquina.

En el siglo XIX, la industrialización dio lugar a la metáfora del cuerpo-fábrica. El metabolismo comenzó a interpretarse como procesos de producción y consumo de energía, y la bioquímica describió al organismo como una planta capaz de transformar alimentos en energía y generar desechos. Esta imagen impulsó el desarrollo de la nutrición y la fisiología y, al mismo tiempo, reforzó la idea de que la salud era un asunto de eficiencia productiva: curar para producir. La cosmogonía industrial, basada en el progreso y la producción, otorgaba sentido a esta metáfora, vinculando la verdad científica con el poder económico de la revolución industrial. Desde entonces, la productividad se convirtió en un principio organizador de la vida social y económica, concibiendo al ser humano como pieza fundamental de la maquinaria productiva.

En el siglo XX emergió la metáfora del cuerpo-ordenador. El cerebro se comparó con una computadora, el ADN con un código y las hormonas con programas que regulan funciones específicas. Esta visión favoreció el auge de la biología molecular y la neurociencia y consolidó la idea de que los procesos vitales podían comprenderse como sistemas de información. La concepción digital, que interpreta la realidad como datos codificados, dio sustento a esta metáfora y vinculó la verdad científica con la organización social y política de la era tecnológica. La medicalización se expandió bajo esta lógica: cada síntoma parecía tener una solución programada, como si bastara con ajustar o «reprogramar» funciones biológicas para restablecer la salud.

Hoy, la metáfora dominante es la del cuerpo-red. El organismo se concibe como un entramado complejo de interacciones entre genes, proteínas, células, órganos y entorno biopsicosocial. La salud aparece como un equilibrio dinámico de redes biológicas y sociales, mientras que la enfermedad se entiende como perturbación que puede amplificarse en múltiples niveles. La obesidad, por ejemplo, dejó de interpretarse sólo como exceso de calorías y comenzó a estudiarse como resultado de varios factores: predisposición genética, microbiota intestinal, urbanismo sedentario, publicidad e ingesta de ultraprocesados y desigualdad económica. Esta metáfora se inscribe en una cosmogonía sistémica que concibe el universo como un tejido de interacciones. En la actualidad, el lenguaje del algoritmo y la inteligencia artificial se integra en este relato y gesta un nuevo ideario que pretende configurar otra mitología, que concibe a la vida como red de datos y conexiones.

El recorrido por estas metáforas muestra que cada modelo científico amplía la comprensión del cuerpo, pero también puede proyectar sobre la sociedad una determinada idea del orden. El jardín expresa equilibrio y armonía; la máquina, precisión y regulación; la fábrica, productividad y eficiencia; el ordenador, información y programación; la red, interdependencia y complejidad. Las metáforas además de describir el organismo también ofrecen imágenes mediante las cuales una época interpreta y genera su propio funcionamiento.

La medicina constituye así un observatorio privilegiado de la relación entre verdad científica y verdad social. Cada metáfora permitió comprender mejor determinados aspectos del cuerpo, pero también generó distorsiones cuando se confundió con la realidad misma. La ciencia avanza corrigiendo y ampliando sus modelos; la sociedad, en cambio, incorpora esos modelos a relatos más amplios en los que intervienen la costumbre o la moral y el poder político y económico. De este modo, las ideas sobre salud y enfermedad pueden terminar asociándose con nociones de eficiencia, productividad, normalidad o control, según el relato dominante, influido por el avance científico.

La verdad científica es, por definición, provisional: se modifica cuando aparecen nuevas evidencias y mejores explicaciones. La verdad social opera de otra manera. Se sostiene en relatos capaces de establecer qué es permitido y qué es prohibido, qué se considera sagrado o profano y qué conductas se juzgan correctas o incorrectas. La ciencia influye en esas narrativas sin reemplazarlas. Sus hallazgos pueden convertirse en símbolos, argumentos o criterios de legitimación en los sistemas sociales regidos por intereses económicos y políticos.

La medicina permite ver con claridad ese proceso: al nutrirse de imágenes provenientes de la naturaleza, la mecánica, la industria, la informática y las redes, revela que los modelos con los que comprendemos el cuerpo también participan en la manera en que una sociedad imagina el orden social, la producción, la información y la interconexión. Las cosmogonías se transforman al incorporar nuevos conocimientos, pero conservan una función fundamental: construir marcos de significado desde los cuales una comunidad interpreta el mundo y organiza su vida colectiva. La tensión entre una verdad científica siempre revisable y la verdad social, cuyo propósito es la estabilidad y la seguridad constituye, en última instancia, uno de los rasgos centrales de la relación entre conocimiento, cultura y poder.

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