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Finanzas públicas: ¿Por qué la sociedad no reacciona?
Enrique Campos Suárez | La gran depresión
Le llaman con desprecio neoliberalismo, pero aquellos gobiernos de México dotaron a la economía de estabilidad financiera suficiente para resistir ocho años de la denominada Cuarta Transformación.
La irresponsabilidad se paga y podría llegar esa factura durante este mismo sexenio. Los costos de la falta de pericia y sentido común de López Obrador han minado la salud financiera nacional, en especial por su peor error: el desastre en el manejo del sector energético.
La timidez con la que el gobierno de Claudia Sheinbaum ha asumido el ordenamiento de la casa, por miedo o lealtad política, puede provocar que el actual gobierno termine con una crisis financiera que se ha anticipado por años.
No es una catástrofe que la firma calificadora Standard & Poor’s (S&P) haya modificado la perspectiva de la calificación soberana de México de Estable a Negativa, lo grave es que sus razones son inapelables.
Esta y otras firmas financieras que se dediquen a evaluar los riesgos tienen la obligación con sus clientes de marcar el nivel de riesgo para sus inversiones. Los mercados los van a escuchar a ellos y van a actuar en consecuencia. El mundo de los otros datos es totalmente invisible en la evaluación de riesgos de los capitales, salvo por un hecho contundente: es ahí donde pueden predecir qué tan desprevenidos podría tomar a la mayoría de los ciudadanos una crisis financiera.
Si con todo el caos de inseguridad pública, con las evidencias tan contundentes de la relación del crimen con no pocos funcionarios de alto nivel, se mantienen tan altos los niveles de popularidad; basta un “vamos requetebién” en materia económica como para que cualquier contratiempo sorprenda a la amplia clientela política con los dedos en la puerta.
La realidad es que en términos financieros pocas precauciones puede tomar una mayoría de mexicanos que viven económicamente muy justos, pero la ceguera inducida por la propaganda impide que esa masa se pueda movilizar y exigir responsabilidad fiscal a su gobierno.
El ocurrente y populista Mario Delgado creyó que se ganaría la candidatura presidencial con su dislate de modificar el calendario escolar. Lo único que logró fue un rápido consenso social en contra de una determinación absurda.
Los padres de familia entendieron que cinco semanas más con los hijos fuera de la escuela implicaba problemas económicos y de logística, y lograron la presión social para que reculara el régimen.
Pero entender que las finanzas públicas están en riesgo por la mala calidad del gasto, por la falta de inversión en infraestructura útil, por el excesivo endeudamiento para mantener las transferencias clientelares, por las barreras dogmáticas a la inversión privada y por el escaso crecimiento, eso es muy difícil para una mayoría y, por lo tanto, lo deja pasar. Eso lo entienden las firmas calificadoras de la mano de los mercados, que dejan pasar las promesas oficiales de crecimientos de 3.0% o las supuestas evidencias de una sorprendente consolidación fiscal que se interpretan más como actos de fe.
Si hubiera mayor comprensión social de lo que implica para el país mantener este camino de perder la salud macroeconómica y sus consecuencias en el mediano plazo, seguramente el gobierno federal buscaría revertir de manera efectiva el deterioro financiero que hoy es una amenaza real.
Si hubiera mayor comprensión social de lo que implica para el país mantener el camino de perder la salud macroeconómica y sus consecuencias, seguramente el gobierno buscaría revertir el deterioro financiero que hoy es una amenaza real.