Lectura 7:00 min
Dos espectáculos, dos Estados Unidos: Bad Bunny y Kid Rock
Alexia Bautista | Columna invitada
Este año, Estados Unidos celebrará 250 años como nación en medio de una discusión intensa sobre identidad, pertenencia y el lugar del país en el mundo. En este contexto, el Super Bowl, uno de los eventos deportivos más populares del continente, ofreció algo inédito: dos espectáculos rivales de medio tiempo. No fue una excentricidad logística. Fue un síntoma. Un país que no se reconoce en un solo relato y que disputa con intensidad el derecho a definir qué significa ser estadounidense. Pero, también, el retrato de una sociedad extraordinariamente diversa, capaz de narrarse a sí misma desde registros opuestos.
El espectáculo oficial lo encabezó Benito Antonio Martínez Ocasio, Bad Bunny, como lo conocemos muchos. Al momento de redactar estas líneas, apenas han pasado unas horas desde la victoria de los Seahawks de Seattle en California y mucho se ha escrito sobre la actuación de Benito. Más allá de la impecable factura visual, sello característico de estos eventos deportivos, la presentación del músico puertorriqueño destacó por la densidad simbólica de su mensaje político, acaso más eficaz que gestos explícitos como aquel “Fuera ICE” (ICE out), pronunciado apenas hace unas semanas al recibir un Grammy.
Esta vez, las palabras se escenificaron. Los símbolos hablaron por sí solos. La alusión directa a los cientos de miles de trabajadores latinos y migrantes que sostienen el campo; los puestos de cocos, de tacos, de uñas; las mujeres en la construcción; la entrega de un Grammy a un niño; los guiños a Nueva York; la enumeración de los países del continente para referirse a las Américas, ese plural que Estados Unidos suele apropiarse como singular. No hubo sermón. Hubo escena. No hubo consigna. Hubo identidad.
Confieso mi afinidad con el músico. Entiendo que su género no seduce a todos y que sus letras incomodan o desconciertan a muchos. Con todo, Bad Bunny ha construido un personaje cultural de alcance global. Por cierto, esta no era su primera aparición en el Super Bowl. En 2020, fue el invitado de Shakira al espectáculo, quien se presentó junto con Jennifer López. Dos latinas en el escenario, sí, pero ambas bilingües, ambas capaces de alternar entre el inglés y el español sin desatar mayor controversia. Durante años, la sabiduría convencional sostuvo que el público estadounidense prefería canciones cuyas letras pudiera entender. Ricky Martin, Enrique Iglesias y la propia Shakira sólo conquistaron ese mercado después de cantar en inglés.
Con Bad Bunny ocurrió algo distinto. Ocupó un escenario cultural históricamente reservado para el rock clásico, el country, el hip hop y las grandes divas del pop, a pesar de hablar y cantar en español. O, quizás, precisamente por eso. Desde luego, existe una lógica comercial detrás de esta decisión. Pero también hay un reconocimiento explícito de su peso artístico internacional y de la centralidad del mercado hispanohablante. No sobra insistir: el español es el segundo idioma más hablado del mundo, sólo detrás del mandarín. Aunque es ciudadano estadounidense por derecho propio, Benito elige el español. Y es que la lengua en la que uno habla, escribe, canta y sueña traza una frontera íntima de identidad.
De Bad Bunny resulta significativo, además, que nunca haya esquivado el posicionamiento político. Desde sus inicios, su música ha dialogado con el poder, la desigualdad y la injusticia. En años recientes, su obra incluso ha ingresado a las universidades. Instituciones como Loyola Marymount University y Wellesley College han dedicado cursos al análisis de su música como símbolo de resistencia cultural. Basta escuchar El apagón, una canción de 2022. “Maldita sea, otro apagón”, canta Benito, en alusión a los cortes eléctricos que paralizaron Puerto Rico durante meses tras el huracán María en 2017. Una crónica del abandono.
Bad Bunny no es el primero ni será el último artista en disputar el espacio simbólico del Super Bowl. Apenas el año pasado, Kendrick Lamar ofreció una lectura explícita de la historia afroamericana en ese mismo escenario. Uno de los momentos más comentados fue la aparición de Samuel L. Jackson caracterizado como el Tío Sam, quien interrumpía una actuación “excesiva” (too loud, too reckless, too ghetto) para exigirle que “jugara el juego”. El gesto condensa una discusión más amplia sobre quién puede hablar, desde qué lugar y con qué lenguaje. El medio tiempo se ha convertido, así, en un termómetro de las batallas culturales que atraviesan a Estados Unidos.
El espectáculo de este año tuvo, en ese sentido, un efecto unificador entre latinos y no latinos. Articuló un mensaje claro. El trabajo, la libertad y el amor a Estados Unidos no son valores exclusivos de una comunidad, ni de una ideología, mucho menos de una herencia lingüística. Tan relevante como el mensaje fue su forma. El boricua mostró que esos valores pueden expresarse con alegría, con ritmo, con exuberancia. La pertenencia no exige solemnidad.
Pero el domingo no ofreció un solo relato. En paralelo, la organización conservadora Turning Point USA promovió un espectáculo alternativo, que se transmitió por streaming, como respuesta explícita al medio tiempo oficial. Sobre este concierto, naturalmente, circuló poco en español. En un gesto deliberado de equilibrio (y para no limitar el análisis a la presentación de Benito), decidí buscarlo en YouTube. Según el New York Times, el evento alcanzó seis millones de espectadores, una cifra nada despreciable.
El concierto funcionó a la vez como homenaje al hoy difunto Charlie Kirk, fundador del grupo, y como escaparate de los temas centrales de la derecha estadounidense. Kid Rock encabezó el evento, en consonancia con su cercanía pública al movimiento MAGA del presidente Donald Trump. Lo acompañaron artistas de country como Brantley Gilbert, Lee Brice y Gabby Barrett, figuras asociadas a una tradición musical que se presenta a sí misma como auténtica, trabajadora y profundamente estadounidense.
A diferencia del espectáculo de Bad Bunny, este concierto se sintió más sombrío y previsible. Apeló al patriotismo y a valores que muchos estadounidenses reconocen como propios. Las canciones reivindicaron a la clase trabajadora, denunciaron agravios atribuidos a las élites y exaltaron el matrimonio. En el fondo, varios de esos temas coinciden con los del espectáculo oficial. La diferencia no está, necesariamente, en los valores, sino en la manera de comunicarlos y ponerlos en escena. Mientras uno invita, el otro delimita. Mientras uno amplia el “nosotros”, el otro lo define por exclusión.
Donde Bad Bunny desplegó gozo y dinamismo, el concierto encabezado por Kid Rock eligió una estética austera y contenida. Con las reservas que me provoca un espectáculo y una música ajenos a mi propia experiencia, lo cierto es que encarnan a una parte considerable de la sociedad estadounidense. Una nación que, a ratos, parece infinitamente divisible. Por eso, al término del Super Bowl, cada quien regresa a su tribu, a su lenguaje, a su versión de país. La música, como toda expresión cultural, acompaña este movimiento. Si los líderes políticos, de uno y otro lado del espectro, no consiguen dominar el terreno cultural, tal vez el problema radique no en los valores que invocan, sino en la forma en que eligen narrarlos.