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El derecho a imaginar el futuro
Opinión
El futuro comienza mucho antes de ser real. Se construye en el presente, con nuestras decisiones y nuestras acciones cotidianas. Pero también con aquello que hoy somos capaces de imaginar.
Pero hasta para imaginar existen desigualdades. No todas las personas tenemos las mismas condiciones para hacerlo. Hay quien puede pensar en el mundo dentro de veinte años y quien tiene bastante con llegar a la siguiente quincena y pagar la tarjeta. No todos partimos del mismo lugar.
Y para imaginar usamos lo que tenemos alrededor. Las historias que nos contamos, las palabras con las que nombramos el mundo, nuestras memorias y las formas que encontramos para explicar cómo queremos vivir. Todo eso es cultura. Y está en todas partes: en los museos, claro, pero también en los barrios, en la calle o en quien nos vende las tortillas.
Sobre estas cuestiones conversamos hace unos días en Futuros Comunes: imaginar, narrar, habitar, el encuentro organizado por Alianza SURGE y Fundación Avina que acogimos en el Centro Cultural de España en México, con pensadoras, comunicadoras y especialistas de distintos países de América Latina.
Y si imaginamos con la cultura, importa quién puede participar en ella, o más bien quién no puede. Ahí entran los derechos culturales. No se trata solo de acceder a la cultura, sino de poder participar activamente en ella. No se trata solo de poder ver una película, sino también de poder hacerla. De leer, pero también de escribir. De escuchar y tomar la palabra. Todos deberíamos tener derecho a imaginar el futuro y a participar de la cultura con la que lo imaginamos.
Y ahí hay también una cuestión democrática. Vivimos en sociedades diversas. No pensamos igual, no vivimos igual y tampoco imaginamos el futuro de la misma manera. Y está bien que así sea. Lo importante es que todas esas formas de mirar puedan expresarse y participar. Porque si siempre son los mismos quienes cuentan las historias, acabamos imaginando el futuro con las historias de siempre.
Esto importa especialmente en un momento en el que los discursos de odio parecen empeñados en alejarnos cada vez más: por pensar diferente, por amar de otra manera, por venir de otro lugar o simplemente por no encajar en aquello que alguien esperaba de nosotros.
La cultura no va a solucionar todo esto. Tampoco conviene pedirle milagros. Pero puede abrir lugares para encontrarnos con otras formas de mirar el mundo, discutirlas y seguir viviendo juntos sin necesidad de pensar igual.
Al final, construir algo en común no significa imaginar todos el mismo futuro. Por suerte, podemos imaginar futuros distintos y seguir teniendo cosas que hacer juntos.
Por eso el futuro no puede quedar escrito de antemano ni únicamente en manos de unos pocos. Todas y todos tenemos algo que decir a la hora de escribir lo que viene.
Que nadie tenga el monopolio de imaginar el futuro.
*El autor es director del Centro Cultural de España en México.
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