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La conveniencia de que Salud regule a la economía
Opinión
El sector salud se ha convertido en el último refugio de un sistema económico y político que ha subordinado la vida al afán de lucro. Gran parte de los males sociales y de las enfermedades actuales son consecuencia de haber privilegiado la lógica de la producción mercantil por encima del bienestar humano y del equilibrio ambiental. La evidencia científica demuestra que la obesidad, la diabetes tipo 2, los problemas cardiovasculares y ciertos tipos de cáncer están directamente relacionados con el consumo de productos ultraprocesados. De igual manera, se ha alterado el ciclo circadiano para sostener la productividad. Y hay evidencia de que la contaminación atmosférica ha deteriorado la salud física y mental de comunidades enteras. Frente a estos daños, el sistema sanitario carga el peso de atender la enfermedad y la muerte prematura. Y el colmo: se culpa al individuo por su “falta de voluntad” paramantenerse sano. Así, se evita cuestionar y responsabilizar a un régimen que coloca el beneficio económico por encima del bienestar y la vida.
La salud suele ser el sector en el que recae la carga y responsabilidad de los estropicios que ocasiona el sistema económico. Los hospitales, las clínicas, la atención médica terminan funcionando como un “resumidero” de los daños provocados por una economía centrada en masificación del consumo, la ganancia y la competencia. La obesidad, la diabetes, la depresión, la ansiedad, los trastornos del sueño y las enfermedades respiratorias y neurodegenerativas se atienden en el ámbito sanitario, pero sus causas profundas se encuentran en cómo producimos, consumimos y organizamos la vida social. Esta externalización de costos hacia el sector salud genera un gasto público creciente y perpetúa la ilusión de que los problemas pueden resolverse únicamente con más atención médica, cuando en realidad el modelo económico requiere transformaciones estructurales.
A los problemas de salud aludidos se añaden la contaminación del agua, la presencia de plásticos y microplásticos en los ecosistemas y la dependencia de combustibles fósiles, que amplifican los riesgos y generan consecuencias que son inocultables. La conclusión es clara: la salud debe convertirse en fundamento de todas las políticas públicas.
El consumo de ultraprocesados es un ejemplo paradigmático. Un metaanálisis en Nutrients mostró que las dietas basadas en estos productos aumentan en más de 40% el riesgo de depresión y ansiedad, mientras que estudios de la Harvard T.H. Chan School of Public Health confirmaron su vínculo con el deterioro cognitivo. Chile, al implementar en 2016 el etiquetado frontal de advertencia en alimentos altos en azúcares, grasas y sodio, logró reducir la compra de bebidas azucaradas y modificar hábitos de consumo. Este caso demuestra que la regulación puede contener o inclusiverevertir algunos daños que la industria alimentaria, orientada al lucro, ha trasladado al sector salud.
La cronobiología también muestra cómo la lógica económica puede violentar la salud. La organización del trabajo en turnos nocturnos y la exposición prolongada a luz artificial suprimen la secreción de melatonina y cortisol, generando fatiga crónica, ansiedad y obesidad. Una revisión sistemática en Clinics and Practice (2025) documentó que profesionales de la salud sometidos a turnos nocturnos presentaban mayor prevalencia de burnout y trastornos emocionales. Francia, consciente de estos efectos, ha decretado límites a las horas de trabajo nocturno y reconoce el impacto en la salud, lo cual ha reducido la incidencia de trastornos provocados en los trabajadores sanitarios y la industria. Regular la jornada laboral en función de los ritmos biológicos, además de proteger la salud, mejora la productividad de forma continua.
La contaminación atmosférica es quizá el ejemplo más contundente. La actividad industrial y el transporte urbano generan partículas finas y gases tóxicos que deterioran la salud respiratoria y cognitiva. Un estudio en BMJ (2022) demostró que incluso niveles moderados a la exposición dePM2.5 aumentan el riesgo de demencia. En la Ciudad de México, investigaciones de la UNAM han mostrado que los altos niveles de contaminantes afectan la memoria y la atención en niños y adolescentes e incrementan la prevalencia de ansiedad y depresión en adultos. Londres implementó zonas de bajas emisiones que redujeron significativamente los niveles de dióxido de nitrógeno y mejoraron los indicadores de salud respiratoria de la población infantil. Este tipo de políticas urbanas revelan que la regulación ambiental puede tener efectos inmediatos, a corto plazo, y positivos en la salud pública.
Otros factores amplifican el problema. La contaminación del agua con metales pesados y microplásticos alteran los ciclos biogeoquímicos y facilita la dispersión de patógenos, afectando la salud humana. Un artículo en Nature Water (2025) documenta cómo los microplásticos modifican la microbiota intestinal y afectan la regulación metabólica. Y la dependencia de combustibles fósiles genera impactos devastadores: informes de la Global Climate and Health Alliance (2025) muestran que la extracción y uso de fósiles afectan la salud en todas las etapas de la vida, desde el embarazo hasta la vejez. Alemania, al impulsar la transición energética hacia renovables, comprueba que se reduce la mortalidad asociada a la contaminación del aire y mejora la economía.
La lección es inequívoca: los daños a la salud derivados de privilegiar la producción económica sin una visión a favor de la vida son múltiples y sistémicos. La regulación de la economía debe situar a la salud en el centro de la acción humana. Políticas como el etiquetado frontal de alimentos en Chile, la limitación del trabajo nocturno en Francia, las zonas de bajas emisiones en Londres y la transición energética en Alemania muestran que es posible reorientar la economía hacia el bienestar humano y la preservación de los ecosistemas.
Para México, las propuestas deben ser claras y adaptadas al contexto nacional: implementar un etiquetado frontal más estricto y regular a los productos ultraprocesados(hasta su total sustitución), así como campañas educativas sobre los riesgos de su consumo, acompañado de impuestos a bebidas azucaradas y subsidios a alimentos frescos; regular los turnos nocturnos en sectores como salud y transporte, garantizando descansos adecuados y límites a la exposición de la luz artificial; expandir las zonas de bajas emisiones en la CDMX y otras urbes; promover el transporte eléctrico y fortalecer la vigilancia de contaminantes atmosféricos; establecer límites más estrictos a descargas industriales, prohibir plásticos de un solo uso y fomentar tecnologías de tratamiento de agua; y acelerar la transición hacia energías renovables, reduciendo la dependencia de combustibles fósiles y con ello la carga de enfermedad asociada a la contaminación.
La supervivencia de la especie humana depende de reconocer que sin salud languidece el desarrollo. El sistema de producción económica debe ser un medio para sostener la vida, en lugar de un fin que la erosione. México tiene la oportunidad de aprender de experiencias internacionales y situar la salud en el centro de sus políticas públicas, garantizando así bienestar humano y preservación de los ecosistemas. La salud debe ser entendida como un derecho fundamental, en lugar de una variable secundaria de la economía. Sólo si se privilegia la salud será posible asegurar la supervivencia de las generaciones futuras y la continuidad de la vida en la Tierra.
La reorientación del sistema económico es un alegato afavor del progreso. Para tal fin conviene idear un nuevo relato socioeconómico que trascienda la concepción utilitarista y ponga a la vida y a la humanidad en el centro. Su trascendencia es crucial, pues los relatos son el medio para moldear las mentalidades colectivas, definir lo que entendemos por bienestar y orientar las decisiones políticas y sociales. Durante décadas, el relato dominante ha sido el del crecimiento económico como sinónimo de progreso, aunque sus consecuencias hayan sido la enfermedad, la degradación ambiental y la desigualdad.
Es decisivo transformar el relato para concebir de otra manera el éxito de una sociedad, que va más queacumulación de riqueza, para garantizar la salud, felicidad y continuidad de la vida. Un relato que sitúe la salud en el centro puede inspirar políticas públicas más justas, empresas responsables y ciudadanos más conscientes. Al redefinir el progreso en términos de bienestar humano y preservación de los ecosistemas, sería posible un desarrollo sostenible pleno y equitativo.
Este relato debe impulsar la participación e involucramiento de la gente en su bienestar. Lograr que la ciudadanía sea el motor de la vida común aseguraría que las prioridades colectivas -la salud, la educación, aire limpio, agua segura, los ritmos de vida respetuosos- sean los nuevosindicadores de desarrollo. Así, el respeto a la salud y a la vida serían la condición más profunda del progreso y su motor más legítimo.
Fuentes:
•Nutrients (2025), metaanálisis sobre ultraprocesados y depresión/ansiedad.
•Harvard T.H. Chan School of Public Health, estudios sobre ultraprocesados y deterioro cognitivo.
•Clinics and Practice (2025), revisión sobre turnos nocturnos y salud mental.
•BMJ (2022), contaminación atmosférica y riesgo de demencia.
•Revista Latinoamericana de Medicina Conductual (UNAM), efectos cognitivos de la contaminación en CDMX.
•Nature Water (2025), microplásticos y salud metabólica.
•Global Climate and Health Alliance (2025), impactos de combustibles fósiles en la salud.