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¿Quién es tu cliente? La pregunta que muchas empresas no saben responder
Alfredo Duplan | Más allá del éxito
Todas las empresas hablan de poner al cliente en el centro. Centricidad en el Cliente (Customer centricity), experiencia del cliente, NPS, personalización y lealtad se han convertido en parte del lenguaje cotidiano de los negocios. Pero hay una pregunta mucho más básica que pocas organizaciones se detienen a contestar: ¿quién es realmente mi cliente?
En algunas industrias la respuesta parece sencilla. Una persona entra a una tienda, compra un producto, paga y se lo lleva. Pero incluso ahí podemos empezar a complicarlo. Quien compra los cereales puede ser el padre de familia, mientras quien los consume es su hijo. Uno toma la decisión, otro utiliza el producto. El cliente y el consumidor no siempre son la misma persona.
En los negocios B2B la línea puede ser todavía más borrosa. Una empresa vende un producto a un distribuidor, éste a un comercio y finalmente alguien lo consume. ¿Para quién debemos diseñar nuestra propuesta de valor? El distribuidor quiere margen y rotación. El comercio busca disponibilidad, servicio y rentabilidad del espacio. El consumidor quiere calidad, precio y una experiencia satisfactoria. Todos son clientes de alguna manera, pero tienen necesidades diferentes.
Y ahí comienza el problema. Si una organización no define claramente a quién está tratando de servir, puede terminar intentando satisfacer a todos sin realmente conquistar a ninguno.
La industria de salud es un excelente ejemplo. ¿Quién es el cliente de un hospital? ¿El paciente que recibe la atención? ¿El médico que decide dónde realizar un procedimiento? ¿La aseguradora que paga una parte importante de la cuenta? ¿La empresa que contrató la póliza? Todos participan en la decisión y todos esperan algo distinto. Para el paciente puede ser fundamental sentirse acompañado y recibir información clara. Para el médico, contar con infraestructura, tecnología y personal competente. Para la aseguradora, eficiencia, protocolos y costos adecuados.
Entonces quizá la pregunta correcta no sea solamente quién es el cliente, sino quién decide, quién paga, quién utiliza, quién recomienda y quién puede cambiar la decisión. En algunas industrias una sola persona desempeña todos esos papeles. En otras participan cinco actores distintos.
Esto también sucede dentro de las compañías. Durante años hemos utilizado el concepto de “cliente interno”, pero pocas veces analizamos realmente lo que significa. Recursos Humanos atiende a los colaboradores; Tecnología habilita a prácticamente toda la organización; Finanzas establece procesos que otras áreas necesitan seguir; Logística entrega a tiendas; Compras negocia con proveedores y Operaciones finalmente enfrenta al consumidor.
¿Quién le da servicio a quién?
La respuesta no debería depender del organigrama o de quién tiene mayor jerarquía. Debería seguir el flujo de valor hasta llegar a quien recibe el producto o servicio final. Cada área entrega un insumo a otra, y cualquier falla en esa cadena termina apareciendo frente al cliente. Un proceso administrativo diseñado para facilitarle la vida al área que lo creó, pero que complica la operación, eventualmente también afecta al consumidor.
Por eso definir al cliente no es un ejercicio semántico. Determina dónde inviertes, qué investigas, qué indicadores utilizas y hasta cómo diseñas tu organización.
Si creo que mi cliente es el distribuidor, probablemente mediré fill rate, margen, inventarios y tiempos de entrega. Si considero que es el consumidor final, necesitaré entender ocasiones de consumo, satisfacción, recompra y percepción de marca. Si existe además un influenciador decisivo, tendré que comprender qué provoca que recomiende una opción sobre otra. Ninguna perspectiva necesariamente está equivocada; el error está en asumir que todas son iguales.
Las empresas necesitan construir un mapa de clientes y entender el papel que juega cada uno. Quién compra. Quién paga. Quién decide. Quién utiliza. Quién recomienda. Quién entrega. Y, quizá lo más importante, quién tiene el poder de abandonar la relación.
Una compañía B2B puede tener una excelente relación con su comprador corporativo y, al mismo tiempo, estar perdiendo relevancia con el usuario final. Durante algún tiempo los números pueden seguir funcionando. Hasta que alguien descubre una mejor alternativa y toda la cadena empieza a cuestionarse.
Customer centricity no comienza con una encuesta, un CRM o un sofisticado tablero de indicadores. Comienza mucho antes, con una conversación incómodamente sencilla: ¿quién es nuestro verdadero cliente y qué espera de nosotros?
No todas las industrias tendrán una respuesta única. De hecho, muchas tendrán varias. Lo importante es reconocerlas, priorizarlas y entender cómo se relacionan entre sí. Porque resulta muy difícil escuchar al cliente, diseñar su experiencia o anticipar sus necesidades cuando ni siquiera hemos definido quién es.
Esto es más allá del éxito!! Nos leemos pronto!