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BTS en Palacio, la diplomacia del espectáculo
Enrique Campos Suárez | La gran depresión
Imagine por un momento que el canciller alemán Friedrich Merz deja de lado los problemas de su país y de Europa, se olvida de las amenazas militares: Rusia en Ucrania y de Estados Unidos en Groenlandia, para mandar una carta urgente a Palacio Nacional.
En esa misiva a la presidenta Claudia Sheinbaum le solicita que interceda para que Carín León regrese pronto a Berlín después de su éxito rotundo en el Astra Kulturhaus, porque los berlineses habían quedado fascinados con el sonorense y lo quieren de vuelta con esa intervención diplomática del más alto nivel.
El envío de una carta de la presidenta Sheinbaum al gobierno de Corea del Sur para gestionar más fechas de conciertos del grupo BTS es, por decir lo menos, un hito en la diplomacia del espectáculo.
Es mucho más que una anécdota, es el ejemplo de las prioridades del populismo en un país saturado de dificultades en todos los terrenos, empezando por los temas de seguridad.
Pero bueno, como la carta no es broma, que sirva para jugar un poco a la política ficción e imaginemos que, en su carta, además de pedir la intervención del Presidente (no primer ministro) Lee Jae-myung para más conciertos de BTS, le agregara la pregunta sobre cuál ha sido el secreto de su milagro económico y social, algo así como: ¿Qué hacemos en México para parecernos a Corea?
La respuesta coreana debería ser algo así: Estimada Presidenta, recibimos con atención su interés por nuestra música. Efectivamente, los siete jóvenes de BTS son un orgullo nacional, seguro que sus representantes, desde la iniciativa privada, que tiene reglas, pero no acepta ese tipo de presiones políticas, podrían considerar fechas futuras para más conciertos en su país.
Referente a la receta del “Milagro del Río Han” debo decir que México necesitaría algo más que coreografías, es indispensable la disciplina estatal.
Nosotros hoy tenemos a BTS, pero ustedes tienen recursos naturales que jamás soñamos. Lo que sí tenemos es una enorme población en la que decidimos invertir en educación, pero no como una forma de control político o botín sindical.
Nuestro tesoro es el capital humano y por ello invertimos 7.0% del PIB en educación, sin repartir dinero en becas que compran lealtad, sino a cambio de excelencia. El desarrollo coreano no partió de obstáculos ideológicos, mucho menos de personajes iluminados, sino de una alianza entre Estado e industria privada.
Entendimos que el capital es cobarde y más que una promesa de nearshoring, hay que alejar las inversiones del ruido judicial, del pulso autoritario, de la falta de energías suficientes y competitivas.
Seguiría así: como veo que gusta mucho de BTS le comparto que estos jóvenes tuvieron que suspender su muy exitosa carrera musical para hacer su servicio militar obligatorio, nuestras circunstancias geopolíticas obligan a ello. El punto es que el desarrollo se logra donde las leyes se cumplen.
La hipotética respuesta de Seúl no sería más que un baño de realidad para nuestra diplomacia pop. Claro que una respuesta así nunca llegará porque, mientras el gobierno mexicano gasta su limitado prestigio internacional en gestionar boletos, en Corea se ocupan de diseñar el mundo que viene.