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¿Podemos cambiar el rumbo hacia la igualdad de género?
La Concanaco estimó que el paro nacional "Un Día Sin Mujeres" generó un impacto económico por 30,000 millones de pesos. Foto EE: Eric Lugo
Miremos a nuestro entorno y veamos cómo las mujeres conforman el grueso del contingente en la guerra contra la pandemia del Covid-19: cuidan a los enfermos, a los adultos mayores, a las familias y a los niños. A nivel mundial, las mujeres integran 70% del personal médico y de soporte clínico, y 85% del personal de enfermería en los hospitales. En los países de la OCDE, cerca de la mitad de quienes ejercen la profesión médica son mujeres. Las mujeres están salvando millones de vidas al tiempo que ponen en mayor riesgo de infección la suya. Más aún, 90% de las actividades de cuidados de largo plazo y hasta 10 veces más del tiempo dedicado a trabajo doméstico no remunerado a nivel mundial recaen en las mujeres. Ante el cierre de escuelas y estancias infantiles, la crisis del Covid-19 sólo magnificará la presión de cuidados y trabajo doméstico no remunerado sobre las mujeres. No obstante, este aporte esencial por lo general pasa desapercibido y por lo tanto no es retribuido, lo cual implica que las mujeres terminarán siendo quienes más sufren mientras acuden a salvar el mundo.
Los problemas de salud, sociales y económicos están interconectados. Las mujeres se encuentran más expuestas a la adversidad derivada de la debacle económica causada por el Covid-19, mientras se prevé un aumento significativo del desempleo y del subempleo a nivel mundial. Muchas mujeres —740 millones de las cuales trabajan en la economía informal con empleos que ofrecen poca o ninguna protección social— enfrentan ahora inseguridad económica severa y muy pocas opciones. Por ejemplo, en México, 99% de asistentes del hogar, quienes son mayoritariamente mujeres, no está afiliado a ningún programa de seguridad social. Algunas industrias, como la de la confección de prendas de vestir en Bangladesh donde las mujeres representan 85% de la fuerza laboral, resentirán de manera dura y rápida estos múltiples choques al aumentar el riesgo de desempleo. La situación es incluso más severa para las mujeres en edad avanzada, puesto que duplican la tasa de hombres adultos mayores de más de 65 años que viven en soledad en los países del G20, sin una pensión suficiente en la mayoría de los casos.
El mensaje es simple: la crisis del Covid-19 nos afecta a todos, pero mucho más a las mujeres. Las respuestas a esta crisis deben considerar el impacto asimétrico que tiene.
De otro modo, estamos ante el riesgo de cometer el mismo error que durante la crisis financiera del 2008 cuando nuestra respuesta no atendió a la población más vulnerable; tal es el caso de personas como las madres solteras, quienes están en mayor riesgo de caer por debajo de la línea de pobreza después del confinamiento.
Si vemos el caso de las pymes, estos negocios están padeciendo y necesitan apoyo de cuidados intensivos, pero las pymes encabezadas por mujeres cuentan con menos capacidad financiera para lidiar con la crisis puesto que dependen más del autofinanciamiento.
La respuesta a la pandemia debe tomar en cuenta las preocupaciones e ideas de las mujeres. Pese a su mayor participación en el sector salud, ellas están extremadamente subrepresentadas en puestos de liderazgo. Encima de todo, las políticas de confinamiento para contener la pandemia están exacerbando la violencia de género. Incluso en tiempos normales, un nivel inaceptable de una de cada tres mujeres en el mundo ha sido víctima de la violencia doméstica y 38% de feminicidios es cometido por su pareja. Con el confinamiento, hemos visto un incremento de más de 30% en llamadas a los servicios de ayuda en algunos países en la medida en que el aislamiento de 4,000 millones de personas genera mayor tensión. No obstante, esto es sólo la punta del iceberg, pues en el promedio mundial menos de 40% de las mujeres que padecen violencia solicita ayuda de cualquier tipo o reporta este crimen. La violencia contra las mujeres ya era una epidemia temible y costosa en todas las sociedades, cuyo costo estimado ronda el millón y medio de millones de dólares. Se espera que la cifra aumente en la medida en que crece el número de caso confirmados y conforme prosigue más allá del fin de la pandemia, creando un efecto en cascada para las economías.
Hacemos un llamado urgente a todos los gobiernos para que pongan la seguridad de las mujeres por delante al tiempo que responden a la crisis. Esto implica designar como servicios esenciales a todas las instancias y actores que apoyan a las mujeres afectadas por la violencia de género, de manera inmediata. Se necesitan más líneas de emergencia y refugios para mujeres que requieran escapar de sus agresores. Necesitamos estancias de cuidados infantiles y cuidados a adultos mayores que permitan a más mujeres profesionales de la salud el continuar trabajando para salvar nuestras vidas. Sería posible además expandir los apoyos para las micro y pequeñas empresas, además de aquellos para quienes son autoempleados. Debemos, además, diseñar medidas que eviten que las desigualdades educativas y sociales se profundicen, tanto al interior de los países como entre las economías avanzadas y las emergentes.
* Phumzile Mlambo-Ngcuka es directora ejecutiva de ONU Mujeres.
** Gabriela Ramos es directora de Gabinete de la OCDE y Sherpa G20.