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Otra humilde propuesta
En un magnífico ensayo que lleva por título Una humilde propuesta y que publica en español la UNAM, Jonathan Swift propone, como receta para terminar con la pobreza y los mendigos en Dublín y en el resto del reino de Irlanda, engordar a los bebés de los pobres y luego venderlos como comida. Esto, según explica, traería entre otros beneficios que «los campesinos más pobres tendrán algo valioso de su propiedad, que por ley podrá funcionar como garantía en caso de embargo y que ayude a pagar la aparcería a su señor, toda vez que ya fueron confiscados su maíz y su ganado, y que el dinero es cosa desconocida». Otro beneficio sería que «los hombres se volverán tan cariñosos con sus esposas durante el embarazo, como lo son ahora con sus yeguas y potrillos, con sus vacas y terneros, o con sus cerdas cuando están por parir, y sin la amenaza de golpes o patadas (como es práctica frecuente) por miedo a un aborto».
Siguiendo al gran pensador, me gustaría proponer una solución para cerrar las puertas del infierno que tanto envilecen el poniente de Ciudad de México. Como bien sabemos, Madero y el eje Central es la esquina en la que podemos ver salir como zombies a todas esas personas que solo vienen a delinquir, a ensuciar, a malbaratar el arbolado y hermoso poniente de la ciudad. Bien podría la nívea alcaldesa de Cuauhtémoc, reina blanca vestida de Gucci, proponer a la asamblea de la Ciudad levantar una muralla con púas que divida su demarcación entre los sucios, desordenados y ladrones de las colonias Morelos, Doctores et. al., de los impolutos, ordenados y honestos habitantes de la Roma y la Condesa. Mención especial merecen quienes habitan Santa María la Ribera, más cercanos al infierno que a la embajada gringa, pero capital del whitecuevism gracias a tener la fortuna de albergar la residencia de la doncella vestida de alba according to Louis Vuitton.
La bien intencionada alcaldesa podría proponer programas sociales de blanqueamiento urbano como los que ha propuesto: No me refiero a blanquear personas, sino a que podría pintar todas las fachadas de Tepito y la Doctores de blanco; o ya que está de moda, de rosa Barbie, serían un fantástico pueblo mágico. Más importante aún, podría obligar a los estudiantes de escuelas públicas de la demarcación, ya que salen más temprano que los de las escuelas privadas, a barrer y lavar las banquetas de la Little Brooklyn en que se ha convertido la zona aledaña al parque México, y de la Little California de Álvaro Obregón. Qué limpias quedarían, qué amables para recibir tanta belleza rubia y enchanclada. Ya puesta, podría pedir visas a todos los que vienen del sur, de los montes pobres de Contreras y Cuajimalpa y del oriente chino cochino.
Si pudiera, le recomendaría seguir con sus operativos con sierra eléctrica, vestida de policía: la hacen ver empoderada y muy devil chick. La invitaría, además, a publicar un manifiesto para Hacer Grande A México, sería un superventas (no sé si su admirado Bukele tenga buena pluma, pero tiene ideas fantásticas. Eso sí, no le gustan los tatuajes, y no vaya a ser que, usted, nuestra alba y pulcra alcaldesa, esconda uno por ahí).
¡Que viva España, que viva Trump, que viva Bukele y la reina nívea de la Cuauhtemóc (sic)!