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Capital Humano

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IA y reducción de jornada, ¿el fin de la presencialidad?

Si la IA permite hacer en menos tiempo tareas que antes tomaban horas, el reto para las empresas será decidir qué hacer con ese tiempo y si tiene sentido seguir asociando presencia con productividad.

Si la IA permite hacer en menos tiempo tareas que antes tomaban horas, el reto para las empresas será decidir qué hacer con ese tiempo y si tiene sentido seguir asociando presencia con productividad.FOTO: SHUTTERSTOCK.

Durante mucho tiempo, una de las formas más sencillas de medir el trabajo fue observar a las personas. Quién llegaba primero. Quién se iba más tarde. Quién permanecía más horas en la oficina. Quién parecía estar siempre disponible. Todas las anteriores, en la industria de firmas legales, por ejemplo, créame que eran el pan de cada día para quienes empezamos en esto por ahí del año 2009.  Pobre del pasante o asociado que se fuera temprano, con independencia de qué tan productivo fuese, pues en automático su compromiso sería cuestionado. La presencia se convirtió, casi sin darnos cuenta, en una aproximación a la productividad.

El problema es que estar presente nunca ha significado necesariamente estar produciendo y quizá la inteligencia artificial termine de poner en evidencia esa diferencia. Mucho se ha escrito sobre el impacto que tendrá la inteligencia artificial en el empleo. La pregunta más recurrente parece ser cuántos puestos desaparecerán, qué profesiones serán sustituidas y qué habilidades necesitarán los trabajadores para mantenerse vigentes.

Todas son preguntas relevantes.

Pero hay otra que me parece igualmente importante: ¿qué pasará con la manera en que las empresas miden el trabajo y, sobre todo, la productividad? La inteligencia artificial ya puede realizar, en cuestión de minutos, tareas que antes requerían horas de trabajo humano: analizar información, redactar documentos, resumir grandes volúmenes de datos o preparar presentaciones.

La evidencia disponible todavía no permite afirmar que esto se traduzca automáticamente en una revolución de la productividad. De hecho, estudios recientes de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) encuentran que las ganancias de productividad derivadas de la IA son reales, pero desiguales, y que los beneficios observados en determinadas tareas todavía no se reflejan de manera uniforme en la productividad de las empresas o de la economía en su conjunto. Esto es importante. ¿Por qué? Pues porque la tecnología, por si sola, no transforma una organización.

Una empresa puede incorporar inteligencia artificial y continuar trabajando exactamente de la misma manera que antes. Puede automatizar una tarea y mantener cinco procesos innecesarios alrededor de ella. Puede ahorrar horas de trabajo y utilizar ese tiempo para llenar la agenda con más reuniones. Puede producir un documento en minutos y después invertir horas en revisiones que no agregan valor. En otras palabras, podemos tener tecnología del siglo XXI con hábitos laborales del siglo XX. Y ahí es donde el debate de la presencialidad toma especial relevancia.

Durante décadas, muchas organizaciones han asociado productividad con permanencia en la oficina. No necesariamente porque exista una intención de controlar a los trabajadores, sino porque medir resultados siempre ha sido más complicado que medir presencia. En otras palabras, es relativamente sencillo saber quién estuvo ocho horas en una oficina. Mucho más difícil resulta determinar quién generó valor durante esas ocho horas.

La inteligencia artificial puede cambiar esa ecuación. Si una herramienta permite que una persona realice en dos horas lo que antes le tomaba cinco, ¿qué debería ocurrir con las tres horas restantes? Una posibilidad es utilizar ese tiempo para hacer más trabajo, otra es utilizarlo para hacer un trabajo de mayor calidad.

Y existe una tercera posibilidad, mucho más disruptiva: aceptar que el objetivo no era ocupar cinco horas, sino obtener determinado resultado. Si adoptamos esta última lógica, la discusión sobre productividad empieza a separarse de la discusión sobre presencia. Eso podría tener consecuencias importantes para la organización del trabajo.

El factor de la reducción de la jornada laboral

La reducción gradual de la jornada laboral en México hace todavía más relevante esta conversación. Si las empresas tienen que producir lo mismo con menos horas disponibles, mantener una cultura basada en la presencia puede resultar cada vez más difícil de justificar. en determinadas industrias.

No significa que las oficinas vayan a desaparecer ni que todos los trabajos puedan medirse mediante resultados individuales. Hay actividades que requieren presencia física, coordinación constante, atención al público o trabajo en equipo (aquí, de nueva cuenta, podemos hablar de la industria de firmas legales). Tampoco significa que trabajar menos horas implique automáticamente ser más productivo; la discusión es otra.

Quizá sea momento de aprender a distinguir entre tiempo trabajado y valor generado. La inteligencia artificial puede acelerar ese cambio porque obliga a las organizaciones a preguntarse qué actividades realmente necesitan del tiempo de una persona y cuáles pueden ser automatizadas, simplificadas o eliminadas.

Pero también plantea un riesgo. Si utilizamos la IA únicamente para exigir más resultados en el mismo número de horas, podríamos terminar exactamente en el lugar contrario al que inicialmente imaginábamos. La tecnología podría no liberar tiempo, sino intensificar el trabajo.

La propia OIT ha advertido que el uso de IA puede traer consigo riesgos relacionados con la intensificación del trabajo, la pérdida de autonomía y sistemas de vigilancia más invasivos. Por eso, quizá el verdadero desafío no sea decidir si la inteligencia artificial reemplazará a las personas. Será decidir qué queremos hacer con el tiempo que la inteligencia artificial nos permita recuperar.

La gran pregunta para cualquier empresa

Esta pregunta es especialmente relevante para las empresas. Si una organización consigue hacer en ocho horas lo que antes hacía en diez, tiene frente a sí una decisión estratégica. Puede producir más. Puede reducir costos. Puede mejorar la calidad. Puede invertir en innovación. Puede capacitar a su gente. O puede hacer todas esas cosas al mismo tiempo.

Lo que probablemente tendrá cada vez menos sentido es utilizar las horas de permanencia como principal indicador de compromiso o productividad. El trabajador que permanece doce horas en la oficina no necesariamente está aportando más valor que quien cumple sus objetivos en ocho. Y quizá esta distinción, que parece tan evidente cuando se expresa de esa manera, sea una de las transformaciones culturales más difíciles de implementar. Una vez más, habrá industrias que se resistan más que otras.

En realidad, abandonar la presencialidad no implica únicamente permitir que las personas trabajen desde casa. Implica cambiar la pregunta. Dejar de preguntar “¿cuánto tiempo estuvo trabajando?” para empezar a preguntar “¿qué logró durante ese tiempo?”.

La inteligencia artificial puede ayudarnos a responder esa segunda pregunta, pero no podrá responderla por nosotros. Será responsabilidad de las organizaciones definir objetivos claros, medir resultados, capacitar a sus colaboradores y construir modelos de liderazgo basados en confianza y responsabilidad. Quizá ésa sea una de las grandes paradojas de la inteligencia artificial. Una tecnología que puede hacer que el trabajo sea más rápido podría obligarnos a replantear algo mucho más antiguo: qué entendemos por trabajar.

Durante décadas, el valor del trabajador estuvo asociado, en buena medida, al tiempo que permanecía disponible. En el futuro, probablemente esté mucho más relacionado con lo que es capaz de aportar durante el tiempo que realmente trabaja. Si esto ocurre, la inteligencia artificial no habrá terminado únicamente con algunas tareas; podría también estar acelerando el fin de una idea que durante mucho tiempo confundimos con productividad: que trabajar más horas, o estar más tiempo presente, necesariamente significa trabajar mejor. Y quizá ése sea uno de los cambios más interesantes que nos esperan.

Socio Director y fundador de Ferran Martínez Abogados, especializado en consultoría laboral, reestructuras laborales, cumplimiento normativo, litigio, terminaciones de alto riesgo, negociaciones colectivas y elaboración de planes de incentivos para ejecutivos de alto nivel. Es coordinador de la Comisión de Derecho Laboral del Ilustre y Nacional Colegio de Abogados de México y presidente de la Comisión Nacional de Compliance. Profesor invitado en diversas universidades y capacitador de la reforma laboral para los Poderes Judiciales del Estados de México, Campeche, Morelos, Hidalgo, Querétaro, Guanajuato y Baja California, entre otros.

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