Hay que hacer la crítica del presente, del estado que guarda la democracia y del lopezobradorismo, sin caer en la tentación de pensar el noviembre de 2018 como nuestro paraíso perdido, donde éramos felices, planteó Jesús Silva-Herzog Márquez.

En entrevista con El Economista, con motivo de la presentación de su más reciente libro, “La casa de la contradicción”, editado por Taurus, expuso que, para entender la paradoja de la democracia mexicana actual, hay que hacer varias excursiones sobre el camino andado.

Con la llegada de Vicente Fox nos dimos cuenta de que la alternancia en el partido en la presidencia de la república no significó, como algunos pensaron, tener la llave para resolver todos nuestros entuertos históricos.

Recordó una encuesta cuyos resultados exponían que buena parte de los mexicanos pensaron que el presidente Vicente Fox sería capaz de resolver todos los problemas “por la magia de las alternancias”.

En ese contexto, dijo que el primer cuestionamiento es conceptual. “Cuando el presidente, Andrés Manuel López Obrador nos dice que la democracia es el gobierno del pueblo, nos dice la mitad de lo que es la democracia, porque también es el límite al poder del pueblo; es restricciones a lo que plantea la mayoría; tiene que ver con dispositivos contramayoritarios, para que los que son ahora mayoría no le arranquen el derecho a los que pueden convertirse en mayoría después”.

Una vez entendido eso, indicó el también profesor del ITESM, es necesario hacer la crítica al lopezobradorismo, sin caer en la tentación de pensar “en lo bien que estábamos antes de la llegada del populista salvaje que nos está arrebatando la democracia”.

“Hay que ser muy críticos con el régimen anterior a López Obrador, porque, si bien estableció reglas importantes y fundó organismos muy valiosos para la transparencia, defensa de los derechos humanos, conformación de cuerpos técnicos, de competencia, etcétera, también se fue desfigurado ese régimen político propiciando la captura de esos órganos del Estado”, continuó el ensayista y politólogo por la Universidad de Columbia.

En su opinión, lo que vivimos del 2000 al 2018 fue el impacto de un pluralismo político sin Estado, que produjo males terribles como la expansión de la violencia y los horrores de la corrupción, sobre todo en el extremo del peñanietismo.

El populismo hace sentido ante una idea de modernidad que es amenazante.

Como lo analiza en el libro en cuestión, Silva-Herzog Márquez explicó en la charla que, al examinar lo sucedido en México en el pasado reciente, permite de alguna manera también examinar lo ocurrido en el mundo.

Un corte de caja sobre los acontecimientos del siglo XX y principios del XXI nos permite dar cuenta de la “borrachera liberal” que fue esa expectativa que teníamos -a partir de la última década del siglo XX, con la fantasía de después del derribamiento del Muro de Berlín y el desplome del modelo soviético-, según la cual, todo iba a encaminarse felizmente con la apertura de los mercados y con la retracción del Estado, con la visión del liberalismo económico, que no se hace cargo del sitio del Estado en la regulación económica, y también en la búsqueda de mecanismos de cohesión social.

En ese tenor, remarcó que lo que vemos en México y en muchas partes del mundo es que ese proyecto tiene como consecuencia una solidificación de la estructura oligárquica.

Advirtió una arrogancia del progreso muy representado en Estados Unidos donde hay una visión como la de la excandidata presidencial Hillary Clinton, quien dice que en los trumpistas hay una canasta de detestables. “Hay una idea de que hay una máquina de progreso que tiene una lógica implacable y que quienes no se trepen a esos vagones, pues peor para ellos, porque es el único vagón al que hay que treparse”.

Por todo lo anterior Silva-Herzog Márquez consideró que en muchas partes del mundo el populismo hace sentido, precisamente porque hay una idea de modernidad que es amenazante.

Al preguntarle qué explica ese desencanto en la democracia, comentó que, por una parte, le hemos pedido mucho a la democracia y, por otra, demasiado poco.

Incluso recordó que las democracias no son necesariamente las mejores gestoras de la economía, lo cual ha sido analizado rigurosamente, sin resultados concluyentes.

Sin embargo, recalcó, no podemos pedirle a la democracia que nos haga necesariamente prósperos, pero sí tenemos que pedirle que garantice igualdad de derechos para todos.

Eso implica, indicó, que la ciudadanía sea una experiencia que vaya más allá del instante donde la gente vota.

Silva-Herzog Marquez dijo que, en el ejercicio de la democracia, es altamente relevante tener claro que tiene imperfecciones y contradicciones que resulta muy importante reconocer, para no caer en la simplificación mecánica de los primeros momentos de la alternancia ni la simplificación romántica del lopezobradorismo.

Para mucha gente el de López obrador es su gobierno

Al preguntarle qué explica la popularidad del presidente López Obrador a la luz de sus resultados de gobierno, explicó que la gente tiene una visión muy crítica del desempeño del gobierno, “particularmente no tiene muchas razones para defender los resultados en seguridad, economía o sobre su estrategia contra la pandemia de la Covid-19. No hay una idea de que el gobierno lo haya hecho bien”.

Sin embargo, agrega, la gente puede decir “este será un mal gobierno, pero es mí gobierno. Este es un gobierno con el que yo me siento cerca, y cuando expresa su resentimiento contra las elites, la verdad es que yo también lo siento”.

El actual presidente, planteó el también integrante de la Academia Mexicana de la Lengua, es un político que está viendo los asuntos de las políticas públicas como nimiedades, frente a la importancia de representar épicamente la hazaña de su gobierno. “La épica es la restauración de la dignidad del Estado mexicano, la recuperación del nacionalismo económico, la restauración de un Estado de la Revolución Mexicana que fue tirado a la basura por esos malditos neoliberales”.

Incluso, eso ocurre en el impulso de su iniciativa de contrarreforma eléctrica, en la que plantea a los legisladores del PRI la posibilidad de “reivindicarse”. Es como si les dijera “les ofrezco el dulce de su purificación histórica. Renieguen del pasado tecnocrático, de esos tecnócratas que ustedes priistas aborrecen y entréguenme unos cuantos votos, a lo mejor no los suficientes para aprobar la reforma, pero que se muestre que ese partido está rajado y, por lo tanto, que se rompa esa coalición que me amenaza en 2024. Una jugada perversa y maestra”.

En democracia el conflicto tiene valor

  • La política no puede renunciar al conflicto.  La política necesita de conversación, pero no es simplemente una charla de café. La política implica decisiones y las decisiones suponen el afectar intereses de unos y beneficiar los intereses de otros y necesitamos asumir el costo.
  • Pero gestionar el conflicto supone también entender que, si bien también hay que asumir ese carácter conflictivo de la política, no hay que caer en la tentación de la polarización política que vivimos hoy, por ejemplo”.

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