Si se quisiera construir un retrato hablado de la Policía de la Ciudad de México, como esos que se pegan en las puertas de las patrullas, cuando se busca a un delincuente, en realidad se tendrían que emitir varias, casi como una paleta de colores, porque en las filas de la Secretaría de Seguridad Ciudadana (SSC) de la capital del país, hay de todo: héroes y demonios, que lo único que comparten es el uniforme.

A unos les toca lidiar con delincuentes, otros prefieren hacer negocio con ellos; unos tratan de cuidar a los capitalinos como querrían que alguien cuidara a su familia, otros salen a la calle simplemente a juntar el “entre”; unos abusan de sus compañeros de menor rango, otros padecen las vejaciones… expone Andrés M. Estrada.

Andrés M. Estrada es autor del libro “Policía CDMX. Héroes y demonios”, editado por Aguilar. Foto: Cortesía

El autor del libro “Policía CDMX. Héroes y demonios”, editado por Aguilar, logró ganarse la confianza de policías, quienes le permitieron acompañarlos a algunas de las zonas más inseguras de la ciudad, policías de la vieja guardia, así como de familiares de víctimas de ultrajes policiacos, que le ayudaron a formarse una idea de la policía de los capitalinos y lo cuenta en 271 páginas: un asomo al día a día de los uniformados.

—¿Cuál es el objetivo de este libro?

—La intención es revisar un tema que es poco explorado. Pocas veces se ha explorado qué es lo que ocurre con los policías dentro de estas corporaciones. De por qué son tan reactivos con la ciudadanía, por qué ocurren las “mordidas”, como comúnmente se les conoce.

Yo también tuve un desencuentro con policías. Yo también los estigmatizaba. Decía estos “cerdos” malditos. Los odiaba.

Hace cuatro o cinco años hice un reportaje que tenía que ver con la depresión y la ansiedad de los elementos. A través de una solicitud de acceso a la información pública, encontré que varios padecían trastornos mentales. Tenía los números y necesitaba saber qué es lo que los origina.

Encontré que eran los prolongados horarios laborales de 24 o 36 horas. A veces dos días o tres días seguidos, sin descansar. También hallé que era este maltrato interno que existe dentro de las corporaciones.

Los policías, al igual que militares y marinos, son muy reacios a platicar de cómo es su trabajo.

Poco a poco, me fui ganando su confianza. Me fueron pasando contactos tanto de hombres como de mujeres policías. También hay civiles que aportaron historias, por ejemplo familiares y víctimas de fabricación de delitos. Ciudadanos de a pie, que comparten cómo se sienten ante la inseguridad en la Ciudad de México, qué es lo que piensan de los policías.

En este libro hay dos colonias objeto de estudio. La primera es la Desarrollo Urbano Quetzalcóatl, en Iztapalapa, considerada una de las más peligrosas de la capital, comparada con Tepito, donde en agosto de 2019 entró la Guardia Nacional.

Conocí un policía que me llevó a dar un recorrido en su patrulla por esa colonia, mientras iba narrando episodios del día a día que viven sus compañeros en ese lugar. Ellos conocen los puntos peligrosos en cada uno de sus cuadrantes.

A un año de que entró la Guardia Nacional en ese lugar, no ha cambiado nada, los índices delictivos continúan igual, desde homicidios y feminicidios, hasta distribución de drogas y lesiones dolosas.

La otra es el pueblo de San Bartolo Ameyalco, en la alcaldía Álvaro Obregón, donde, el 21 de mayo de 2014, hubo un enfrentamiento entre vecinos y granaderos que se manifestaban por una obra para entubamiento de agua.

Los vecinos denunciaban que con ello se iban a robar el agua de su manantial para llevarlo a otras colonias. Hubo un enfrentamiento en el que resultaron más de 100 policías y más de 70 vecinos lesionados.

Después de esa fecha, el pueblo ha quedado abandonado en materia de vigilancia policiaca. Rara vez se ven patrullas por sus calles. Cuando hay un delito, se les llama, pero llegan después de una o dos horas.

Eso ocasionó que creciera la delincuencia común y organizada. Tanto la Policía, como el gobierno de la Ciudad de México, toman revancha por haberse atrevido ese pueblo a confrontar a los uniformados.

—¿A partir de tu trabajo periodístico sobre la Policía de la Ciudad de México, cambió tu percepción sobre esa corporación?

—Por supuesto que sí. Es totalmente diferente. Al final de cuenta, el trato reactivo que tienen de la ciudadanía es, en parte, debido a la violación de sus derechos humanos dentro de la corporación, que es perversa con ellos. Realmente no los respalda. Les cobran por las patrullas, motocicletas. Tienen que comprar sus uniformes o si se los dan, tienen que dar un “entre” para que les den uno de su talla.

Les cobran por las balas que usan o por ir a la armería y les limpien sus armas de cargo. Los “entres” que les piden sus mandos los obliga actuar como lo hacen. Ellos tienen que salir a sacarlo de la ciudadanía. Es una vida atroz dentro de la corporación y eso se refleja en el trato con la ciudadanía.

También tiene que ver que la gente, cuando infringe la ley, busca la manera fácil de salir del problema dando dinero.

—¿Si tratáramos de armar un retrato hablado de la policía de la Ciudad de México tendríamos que hacer uno o varios?

—Yo creo que varios. Son héroes y demonios. También hay policías buenos que están tratando de sacar la chamba.

Uno me decía: Yo desempeño bien mi trabajo porque también así me gustaría que cuidaran a mi familia. Yo tengo familia y al final, cuando tú sales de tu servicio, decía, eres también un ciudadano. Ellos se llevan los odios y venganzas y revanchas.

Entonces, tenemos de todo: tanto policías buenos, como policías malos. Algunos dicen hay manzanas podridas y se quejan que a todos los tratan por igual.

—¿Cómo trata el gobierno de la Ciudad de México a su policía?

—No la trata bien. Tiene que ver con estos jefes y mandos. Simplemente el hecho de que a un policía le pidan dinero o le violenten sus derechos te dice todo.

También hay que ver las millonarias ganancias que se obtienen (derivado de actos de corrupción). Tan solo cuando estaba Jesús Orta como secretario de Seguridad Ciudadana, se habló de un fraude, en colusión con gasolineros, mediante recortes a la cantidad de gasolina que debían cargar a las patrullas. Dijeron que iban a investigar y hasta la fecha no se sabe qué pasó.

—Al interior de la corporación ¿cuál es la sensación sobre el asunto de la corrupción? ¿Lo ven como algo que es así y no se puede cambiar o como algo que no debe ser así y debe cambiar?

—Entre los elementos hay la sensación que se encuentran inmersos en este sistema y poco a poco, algunos han intentado combatirlo, pero también son hostigados. Son elementos que dicen: yo esperaría que la Policía fuera diferente.

Algunos recuerdan que la jefa de Gobierno, Claudia Sheinbaum, prometió que iba a acabar con la corrupción y tienen la sensación de que eso no pasará.

diego.badillo@eleconomista.mx