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Opinión

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Tres futuros para los psicodélicos

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Dra. Carmen Amezcua | Columna Invitada

Dra. Carmen Amezcua

Hay semanas en que la consulta, la actualidad científica y el flujo incesante de las redes parecen alinearse en torno a un mismo tema. Esta fue una de ellas. En apenas tres días coincidieron tres señales distintas: la consulta de una madre angustiada porque su hijo de catorce años había tomado “algo” en una fiesta; la publicación reciente de un estudio en el que investigadoreslograron que una planta de tabaco produjera cinco compuestos psicodélicos simultáneamente; y la circulación de un video en el que una comunidad mazateca, en Oaxaca, denunciaba la conversión de sus rituales sagrados en destino turístico de fin de semana.

Los tres episodios parecían apuntar hacia un mismo horizonte. O, más bien, hacia tres futuros que hoy avanzan en paralelo: el recreativo, el ceremonial y el científico. En cada uno de esos ámbitos se repite una misma disyuntiva. Por un lado, la posibilidad de una transformación genuina; por otro, la deriva hacia formas que desvirtúan aquello que prometían.

El río que se desborda

Empiezo por el uso recreativo, el que más me inquieta en la práctica clínica y también en la experiencia cotidiana de la maternidad. Los psicodélicos han dejado de ser patrimonio de festivales y círculos underground para infiltrarse en fiestas de preparatoria, así como en tiendas digitales que operan con notable impunidad. La expansión del acceso no ha venido acompañada de una educación proporcional sobre estas sustancias. Es en esa brecha donde ocurren los accidentes.

Lo que observo en consulta, y lo que escucho de colegas en distintos países de América Latina, es la llegada de pacientes cada vez más jóvenes tras experiencias para las que nadie los preparó, acompañó o ayudó a integrar. A ello se suma la circulación de sustancias adulteradas con moléculas de diseño que pueden inducir euforia o expansión, pero cuyo perfil de seguridad a medio y largo plazo es, sencillamente, desconocido. Nadie lo ha estudiado aún porque son compuestos tan recientes que, en algunos casos, ni siquiera tienen nombre.

El investigador español José Carlos Bouso, director científico de la Fundación ICEERS una organización dedicada al estudio y la divulgación sobre sustancias psicoactivas y uno de los farmacólogos más sólidos del campo, lo ha documentado en más de quince mil casos de efectos adversos. La sustancia en sí no es el único factor de riesgo. También lo son el set (la mentalidad del consumidor), el setting (el entorno), la dosis y, sobre todo, la preparación o su ausencia. Sin esos elementos, cualquier experiencia psicodélica, por natural que sea, puede convertirse en una pesadilla.

La respuesta no es el prohibicionismo, cuya ineficacia está bien documentada. Es la educación. Es hablar con los hijos antes de que experimenten solos. Es construir programas de reducción de daños capaces de llegar allí donde están los jóvenes. Es que médicos y psicólogos dejemos de esquivar el tema en consulta y aprendamos a preguntar sin juzgar.

El río ya se desbordó. Ahora hay que aprender a nadar en él.

El jardín que se muere

El segundo carril duele de otra manera. Es un dolor más antiguo, más cercano a la vergüenza colectiva.

El turismo psicodélico ese mercado que ofrece retiros transformadores con ayahuasca, peyote, hongos o sapo crece a un ritmo que las comunidades indígenas, custodias de este conocimiento durante milenios, no pueden sostener. Y el precio lo están pagando ellas.

Para dimensionar el problema, basta un dato: el peyote tarda entre quince y veinte años en madurar. En las zonas más frecuentadas por turistas en busca de experiencias espirituales, la población de esta planta ha caído en torno a un 40%. En algunas áreas presionadas por el desarrollo industrial, ha desaparecido por completo. Lo que tardó siglos en cultivarse y protegerse se está agotando en décadas.

El primer gran detonante del turismo psicodélico moderno tuvo lugar en México, en 1957, cuando el banquero y etnomicólogo aficionado R. Gordon Wasson publicó en la revista Life su experiencia en una ceremonia con la curandera mazateca María Sabina, en Huautla de Jiménez, Oaxaca. Sabina se convirtió en una figura de alcance internacional casi de la noche a la mañana. Comenzaron a llegar, según múltiples testimonios de la época, viajeros en busca de la misma experiencia, entre ellos figuras como John Lennon, Bob Dylan y Mick Jagger. Y con ellos, la marea. Lo que había sido un acto de generosidad compartir un conocimiento ritual con un extranjero derivó en invasión, comercialización, tensiones internas y el progresivo desplazamiento del rito de su contexto original.

Hoy, casi setenta años después, el patrón se repite a mayor velocidad y escala. Los centros de retiro proliferan por toda América Latina. Cobran miles de dólares por noche, invocan tradiciones ancestrales” —a menudo de forma superficial y rara vez redistribuyen beneficios reales a las comunidades de cuyos saberes se nutren. Al mismo tiempo, esas comunidades enfrentan tensiones internas entre quienes buscan proteger sus rituales y quienes ven en el turismo una salida económica.

Colleen Roan, miembro de la Nación Navajo y practicante del peyote en la Iglesia Nativa Americana, sostiene que el peyote es una medicina para sanar, no un recurso recreativo, experimental o económico para quienes están fuera de esa tradición. Su voz y la de muchos otros líderes indígenas merece ser escuchada con la misma seriedad que la de cualquier experto occidental en un congreso médico.

La pregunta incómoda es: si perdemos a los guardianes, si las comunidades que durante generaciones han preservado este conocimiento ceden ante el desgaste o el conflicto, ¿qué perdemos con ellas? No solo una planta. Perdemos una forma de saber, una epistemología completa sobre el sufrimiento humano y la posibilidad de sanar.

La revolución silenciosa en el laboratorio

Y luego está el tercer carril, el que me genera la mezcla más compleja de asombro y preguntas.

Hace apenas unos días, esta semana, mientras escribía esta columna, se publicó en Science Advances un estudio del Instituto Weizmann de Ciencias, en Israel, que detuvo mi respiración un momento. El equipo logró modificar genéticamente una planta de tabaco para que produjera, simultáneamente, cinco psicodélicos naturales: psilocibina y psilocina, los compuestos activos de los hongos mágicos; DMT, el componente central de la ayahuasca; y otras dos moléculas psicoactivas normalmente secretadas por el sapo del desierto de Sonora. Cinco sustancias. Tres reinos biológicos distintos. Una hoja.

Para conseguirlo, los investigadores se apoyaron en AlphaFold, el sistema de inteligencia artificial capaz de predecir estructuras proteicas en tres dimensiones, con el que diseñaron las proteínas necesarias. El resultado apunta a lo que podría convertirse en una plataforma de producción controlada. En lugar de sobreexplotar especies vulnerables el sapo del desierto de Sonora sufre la presión de la demanda de sus secreciones, al igual que la ayahuasca enfrenta una creciente presión extractiva, estas moléculas podrían producirse sin recurrir a la captura de animales ni a la degradación de ecosistemas.

Es, sin duda, un avance técnico notable. Pero y siempre hay un pero plantea preguntas que la ciencia por sí sola no puede responder. Si es posible producir psilocibina en un laboratorio, ¿quién tiene derechos sobre esa molécula? ¿La comunidad que durante siglos convivió con el hongo que la produce, lo cultivó, lo nombró y construyó rituales a su alrededor, o la empresa farmacéutica que ha patentado su proceso de síntesis?

En paralelo, el campo de los llamados psicodélicos sin viaje avanza a una velocidad que hasta hace poco parecía ciencia ficción. El investigador David Olson, del Instituto de Psicodélicos y Neuroterapéuticos de la Universidad de California en Davis, publicó en agosto de 2025 en la revista Nature Neuroscience los resultados de su trabajo con una molécula conocida como tabernanthalog (TBG), un análogo sintético de la ibogaína que promueve la neuroplasticidad el crecimiento de nuevas conexiones sinápticas en la corteza prefrontal sin inducir experiencias alucinógenas. Sin viaje. Sin horas de supervisión clínica. Sin los riesgos cardíacos que limitan el uso de la ibogaína original.

El hallazgo de Olson cuestiona uno de los dogmas más arraigados en torno a los psicodélicos: que el viaje, esa experiencia subjetiva intensa, constituye el mecanismo central de su efecto terapéutico. Sus resultados sugieren que la neuroplasticidad puede inducirse por otras vías. De confirmarse, estaríamos ante una nueva categoría de fármacos, moléculas inspiradas en psicodélicos pero administrables como cualquier medicamento convencional, sin el contexto ni la supervisión clínica que hoy limitan el acceso a tantos a la terapia asistida.

El mercado ya lo intuye. En 2024, la farmacéutica AbbVie firmó una alianza de 2,000 millones de dólares con Gilgamesh Pharmaceuticals para desarrollar este tipo de neuroplastógenos no alucinógenos. El mercado global de terapias psicodélicas, estimado en unos 4,000 millones de dólares en 2025, podría casi duplicarse antes del 2030. La industria farmacéutica, que durante años observó el renacimiento psicodélico con escepticismo, ya ha entrado de lleno en el sector.

Los tres futuros ya empezaron

La realidad es que no estamos eligiendo entre un futuro prometedor y uno catastrófico. Estamos eligiendo, en cada decisión pequeña y grande, cuánto de cada uno queremos construir.

El futuro recreativo no tiene por qué ser devastador, pero exige educación urgente, honesta, sin paternalismos y con información verificable. El futuro ceremonial no tiene por qué derivar en saqueo, pero exige que quienes se benefician de ese conocimiento ancestral asuman una responsabilidad activa. Y el futuro científico no tiene por qué ser frío ni extractivo, pero exige que médicos, investigadores y empresas mantengan en el centro el respeto por la experiencia humana en toda su complejidad.

Como psiquiatra y médica integrativa, llevo años acompañando a personas en sus procesos de sanación, algunos con sustancias, muchos sin ellas. Lo que se repite, una y otra vez, es que la herramienta nunca basta por sí sola. Lo que transforma es el contexto, la intención y la presencia. Y eso, por ahora, no se sintetiza en un laboratorio ni se patenta.

Si este tema le resuena y quiere explorar más sobre el encuentro entre la psiquiatría, la medicina integrativa y los psicodélicos, le invito a leer Tu Viaje de Sanación Psicodélica, disponible en libro físico, digital y audiolibro. Porque el conocimiento, como la sanación misma, siempre comienza por hacerse las preguntas correctas.

Sigamos dialogando: puede escribirme a dra.carmen.amezcua@gmail.com o contactarme en Instagram, en @dra.carmenamezcua.

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Dra. Carmen Amezcua

Carmen Amezcua es consultora, conferencista y experta en psiquiatría integrativa. Tiene más de 17 años de experiencia dentro de la industria farmacéutica y de la salud.

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