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El cerebro y sus otros habitantes

Dra. Carmen Amezcua | Columna Invitada
El camioncito que va del aeropuerto de Mérida al hotel donde se hospeda la mayoría de los escritores invitados a la Feria Internacional de la Lectura Yucatán —la FILEY— es uno de esos espacios curiosos en los que las conversaciones pueden volverse extraordinarias.
Llegué a Mérida para presentar mi libro, Tu viaje de sanación psicodélica (Planeta, 2025), con la cabeza todavía en la Ciudad de México, en el ritmo acelerado de la consulta y los pendientes de la semana. Pero en ese pequeño autobús, entre maletas y caras conocidas, algo me obligó a bajar el volumen interno y escuchar.
Allí estaba Andrés Cota Hiriart, biólogo y escritor mexicano, uno de los divulgadores científicos más agudos e irreverentes de su generación. Su libro más reciente, Fieras interiores(Penguin Random House, 2025), comienza como una exploración del mundo de los parásitos y termina por internarse en un territorio mucho más íntimo, atravesado por la historia de la esquizofrenia de su abuela.
Me había cruzado con Andrés en algunos encuentros sobre psicodélicos, pues compartimos esa zona fronteriza entre la ciencia y la experiencia humana. En el camioncito nos iba hablando de un tema que me resultó fascinante: la neuroparasitología, un campo que nadie nos enseñó en la Facultad de Medicina.
La neuroparasitología es una disciplina emergente que estudia cómo ciertos parásitos pueden infectar el sistema nervioso central de sus huéspedes y, al hacerlo, modificar su comportamiento, su estado de ánimo e incluso su percepción de la realidad. Es una rama compleja, a medio camino entre la parasitología, la neurología y la biología molecular, que está sacudiendo algunos de los paradigmas más arraigados de la psiquiatría tradicional.
La pregunta que plantea es incómoda e inevitable: ¿cuántos de los síntomas que interpretamos como puramente psiquiátricos son, en realidad, producto de un huésped diminuto? Resulta que no estamos solos en nuestro propio cuerpo. Nunca lo hemos estado. Somos un ecosistema. Y algunas de las entidades que nos habitan llevan millones de años perfeccionando estrategias para sobrevivir dentro de nosotros. Algunas de esas estrategias pasan, inevitablemente, por el cerebro.
El ejemplo más estudiado es Toxoplasma gondii, el parásito responsable de la toxoplasmosis, un protozoo, es decir, un microorganismo unicelular, cuyo huésped definitivo es el gato. Para completar su ciclo de vida, necesita que el ratón infectado llegue hasta el felino. Y lo logra de una manera que desafía cualquier noción simple del instinto: el ratón infectado deja de temer el olor de la orina del gato. Más aún, en algunos estudios parece sentirse atraído por él. El parásito reconfigura el mapa del miedo de su huésped.
Lo perturbador es que una proporción muy alta de la población mundial ha estado expuesta a Toxoplasma gondii. En México, como en buena parte de América Latina, la seroprevalencia también es elevada. La mayoría de las personas no lo sabe porque la infección suele cursar sin síntomas claros. Pero asintomático no es lo mismo que inocuo.
Decenas de estudios han documentado que la infección por Toxoplasma gondii se asocia con cambios sutiles, pero medibles, en el comportamiento humano, entre ellos variaciones en la percepción del riesgo y en los tiempos de reacción. Algunos trabajos también la han vinculado con un mayor riesgo de accidentes de tráfico.
Lo más relevante, desde mi perspectiva como psiquiatra, es que la seroprevalencia del parásito parece ser significativamente mayor en personas con diagnóstico de esquizofrenia. Algunos estudios de neuroimagen han encontrado además cambios morfológicos en regiones del cerebro como el tálamo y la corteza occipital, junto con alteraciones en sistemas de neurotransmisión como la dopamina, una molécula central en los modelos clásicos de la esquizofrenia.
Cota Hiriart escribe en su libro, sin rodeos, que la neuroparasitología está “derribando el paradigma psiquiátrico”. Y yo, desde la consulta, no puedo evitar pensar en los pacientes a quienes he acompañado durante años, en cómo solemos buscar respuestas en la genética, el trauma o la química cerebral, y pocas veces nos detenemos a preguntar qué más habita aquí adentro.
Aunque Toxoplasma gondii es la gran protagonista de la neuroparasitología humana, no es el único actor en escena. Taenia solium, por ejemplo, puede, en su fase larvaria, cruzar la barrera hematoencefálica y formar quistes en el cerebro. Es la neurocisticercosis, una de las principales causas de epilepsia adquirida en adultos en México y en buena parte de América Latina. Además del efecto neurológico directo —convulsiones, cefalea, hipertensión intracraneal—, puede provocar cambios de personalidad y, en casos graves, síntomas psicóticos.
Trypanosoma cruzi, responsable de la enfermedad de Chagas y transmitido por la llamada chinche besucona, puede afectar el sistema nervioso y asociarse, sobre todo en fases avanzadas, con alteraciones del sueño, deterioro cognitivo y diversos síntomas neuropsiquiátricos. Plasmodium, causante de la malaria cerebral, puede producir confusión, delirio y alteraciones severas de la conciencia. Incluso Naegleria fowleri —esa ameba de agua dulce cuya infección es rarísima, pero devastadora— puede comenzar con síntomas inespecíficos, entre ellos cambios conductuales y alteraciones de la percepción, antes de avanzar hacia un deterioro neurológico fulminante.
El patrón es inquietante. Cuando ciertos parásitos alcanzan el sistema nervioso, la conducta del huésped puede transformarse. A veces de manera dramática. A veces de una forma tan sutil que se confunde, casi a la perfección, con una enfermedad mental primaria.
No estoy afirmando —como tampoco lo hace Cota Hiriart— que toda enfermedad mental tenga detrás un microbio. Lo que sí creo es que, en este terreno, necesitamos una mirada más amplia.
Como médica integrativa, llevo años insistiendo en que el cuerpo es un sistema en conversación constante consigo mismo. El intestino dialoga con el cerebro, la inflamación modula el estado de ánimo y el microbioma influye en nuestra química emocional. La neuroparasitología añade otro capítulo a esa conversación: los organismos que nos habitan también tienen voz, y a veces esa voz puede confundirse con la nuestra.
Esto se traduce en preguntas que vale la pena hacerse en la consulta: ¿cuándo fue la última vez que alguien con un diagnóstico psiquiátrico recibió un estudio parasitológico completo? ¿Con qué frecuencia descartamos infecciones silenciosas antes de ajustar la dosis de un antipsicótico? ¿Estamos respetando la complejidad de la mente humana?
Andrés siguió contando su historia —la de su abuela, la de los parásitos— hasta que llegamos al hotel. Yo había llegado a Mérida pensando en psicodélicos y entré a mi habitación reflexionando sobre todo lo que todavía ignoramos sobre el cerebro. Quizá esos dos temas, al final, no estén tan lejos uno del otro.
Una última nota personal. Estas semanas he tenido el privilegio de recorrer algunas de las ferias del libro más importantes del país, entre ellas la FILEY, que además me regaló la conversación que hoy comparto aquí. Encontrarme con lectores en persona ha sido una de las experiencias más estimulantes de este tiempo reciente. Al final, escribir también es eso: abrir preguntas y seguir pensándolas en voz alta, con otros. Si este texto despertó algo en usted —curiosidad, preguntas, el deseo de explorar la conexión entre cuerpo, mente y todo lo que aún no vemos—, le invito a acompañarme también en Tu viaje de sanación psicodélica, disponible en formato físico, digital y audiolibro. Porque sanar, como la ciencia misma, siempre empieza por hacerse las preguntas correctas. Sigamos dialogando: puede escribirme a dra.carmen.amezcua@gmail.com o contactarme en Instagram, en @dra.carmenamezcua.


