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Opinión

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Infarto cerebral: el tiempo no vuelve

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Dra. Carmen Amezcua | Columna Invitada

Dra. Carmen Amezcua

Aquella tarde mi madre intentaba sonreír, pero lo que se dibujaba en su rostro no era del todo su sonrisa. Un lado de su cara respondía; el otro, no.

Mi hijo, Jerónimo, lo notó antes que nadie. Tenía la mirada fija en ella con esa atención afilada de los jóvenes cuando algo no encaja. Antes de que cualquiera de nosotros dijera una palabra, él ya había puesto nombre a lo que estaba pasando.

Meme, levanta los dos brazos.

Ella lo intentó. Uno subió, mientras que el otro apenas se movió.

En ese momento, Jerónimo salvó minutos que, en una emergencia cerebrovascular, valen oro.

Lo que vivimos esta semana en mi familia no es algo que quiera guardarme. Es, de hecho, el tipo de historia que cuento en esta columna semana tras semana. Ocurre en lo cotidiano en la cocina de una casa, en un viernes cualquiera y, de pronto, nos enfrenta a dos cosas al mismo tiempo: la fragilidad del cuerpo y la brutalidad de un sistema de salud que no alcanza.

R.Á.P.I.D.O.

El stroke evento vascular cerebral, o infarto cerebral en español ocurre cuando el flujo de sangre al cerebro se interrumpe. Puede ser por un coágulo que bloquea una arteria o por una hemorragia que rompe un vaso. En cuestión de segundos, millones de neuronas comienzan a morir. Por eso, la frase que los neurólogos repiten como un mantra no es metáfora: el tiempo es cerebro.

Existe un acrónimo que debería estar pegado en cada casa, en cada escuela, en cada lugar de trabajo. Jerónimo lo conocía porque yo se lo había mencionado alguna vez, sin imaginar que un día lo necesitaríamos.

Se llama R.Á.P.I.D.O.:

 Rostro caído: una parte de la cara se ve descolgada.

 Alteración del equilibrio: mareos o inestabilidad.

 Pérdida de la fuerza: en un brazo o en una pierna.

 Impedimento visual: visión borrosa o pérdida de la visión.

 Dificultad para hablar: palabras arrastradas o incoherentes.

 Obtén ayuda rápido: ante cualquiera de estas señales, no se espera ni se observa; se actúa. Cada minuto sin tratamiento implica la muerte de aproximadamente dos millones de neuronas.

El stroke no es una enfermedad rara ni exclusiva de personas mayores. Según los datos más recientes de la Organización Mundial de la Salud, es una de las principales causas de muerte y discapacidad en América Latina. Entre 1990 y 2021, los casos incidentes aumentaron un 70% a nivel global, y la carga total de la enfermedad medida en años de vida perdidos por discapacidad creció un 32%. El 87% de las muertes ocurre en países de ingresos bajos y medios, como México.

En nuestro país, la hipertensión arterial es el factor de riesgo más frecuente: está presente en más del 70% de los pacientes documentados en estudios nacionales. Le siguen la diabetes, el tabaquismo, la obesidad abdominal, la fibrilación auricular, el sedentarismo y el estrés crónico. La mayoría de estos factores son prevenibles o manejables y, sin embargo, seguimosreaccionando en lugar de prevenir..

La ventana que se cierra

Cuando llegamos al hospital esa noche, buscando una cama en el sector público, encontramos lo que muchas familias mexicanas encuentran: un sistema saturado, sin espacio disponible, con tiempos de espera que ningún protocolo de emergencia debería tolerar.

El tratamiento estándar para el stroke isquémico el más frecuente es la trombólisis intravenosa: un fármaco que disuelve el coágulo y restablece el flujo sanguíneo. Según las guías más recientes de la American Heart Association y la American Stroke Association, la ventana terapéutica es de hasta cuatro horas y media desde el inicio de los síntomas. En casos seleccionados, con neuroimagen avanzada, puede extenderse para procedimientos endovasculares.

Cuatro horas y media. Ese es todo el margen entre revertir el daño y arrastrarlo de por vida. Y ese tiempo se pierde en salas de espera, en llamadas entre hospitales, en la búsqueda desesperada de una cama.

Es un problema gravísimo de política pública, de infraestructura, de prioridades. Y mientras no se diga en voz alta, seguirá pasando.

La recuperación

Cuando el momento agudo pasa, apenas comienza otra travesía.

La rehabilitación después de un infarto cerebral es un proceso largo y no lineal que exige paciencia por parte de quien lo sufre y de quienes lo acompañan. El cerebro, afortunadamente, no es estático: su neuroplasticidad la capacidad de reorganizarse, de encontrar rutas alternas para funciones que quedaron dañadas es uno de los grandes descubrimientos de la neurociencia moderna. Las conexiones se pueden reconstruir. Las habilidades perdidas, a veces, se recuperan. Pero eso requiere trabajo, tiempo y la combinación de múltiples disciplinas como la fisioterapia, terapia ocupacional, fonoaudiología, y también y esto es lo que me importa subrayar acompañamiento psicológico y emocional.

El stroke no solo afecta el cuerpo. Afecta la identidad. Quien lo sufre atraviesa una recuperación física y, al mismo tiempo, un duelo: por la persona que era, por los movimientos que ya no obedecen, por las palabras que dejan de aparecer.

Ese duelo necesita ser nombrado y acompañado. Los pacientes que conservan un sentido de para qué —una razón para volver muestran mejores resultados funcionales. La fe, en el sentido más amplio en el cuerpo, en el proceso, en la vida también cuenta.

La familia también es parte del tratamiento, aunque el sistema rara vez la reconozca así. Los datos nos dicen que entre el 46 y el 59% de los cuidadores primarios de pacientes crónicos presentan trastornos del sueño, depresión o agotamiento. Cuidar a alguien después de un strokees una labor exigente, muchas veces invisible, que reordena la vida entera de una casa. El cuidador también necesita cuidado.

Desde la medicina integrativa, la recuperación de quien ha tenido un infarto cerebral, y la resiliencia de quien lo cuida, se nutre también de prácticas que regulan el sistema nervioso: el manejo del estrés, la respiración consciente, el movimiento adaptado, la nutrición antiinflamatoria, el sueño reparador. El cuerpo que sana necesita un entorno que lo sostenga en todas sus dimensiones.

Las alarmas que no queremos escuchar

Los eventos de esta semana me recordaron que el cuerpo habla antes de que queramos escucharlo. Lo hace con la presión que sube, el cansancio que no cede, con el sueño fragmentado Y nosotros, ocupados con la vida, no reaccionamos hasta que grita.

El infarto cerebral es, en muchos casos, la consecuencia de años de señales ignoradas. Hay factores que escapan al control individual, y no se trata de culpar a quienes enferman, pero sí de reconocer que la prevención tiene una fecha de inicio óptima, y esa fecha es hoy. No el lunes que viene, no cuando pase la temporada de trabajo, no cuando los hijos estén más grandes. Hoy.

Checar la presión arterial de manera regular. Controlar la glucosa. Moverse. Dejar de fumar, de beber alcohol en exceso. Dormir. Aprender a gestionar el estrés. Estos son los factores que los estudios internacionales identifican, una y otra vez, como los que explican la mayoría de los strokes. Son también aquellos sobre los que tenemos mayor capacidad de acción.

Mi madre está en recuperación. Mi hijo aprendió que el conocimiento médico no es solo para los médicos. Y yo estoy escribiendo esto porque creo, con la misma certeza con la que ejerzo la psiquiatría, que las historias compartidas también sanan.

Si quieres acompañarte en este camino de entender el cuerpo, la mente y el proceso de sanación desde una mirada integrativa, Tu Viaje de Sanación Psicodélica está disponible en formato físico, digital y audiolibro. Porque sanar, siempre, comienza por entender.

Y para terminar, gracias desde el alma al Dr. Leyva Rendón, al Dr. Ludwig Arruel y al Dr. Eric N. Cuevas por salvar la vida de mi madre y la paz de esta familia.

Sigamos dialogando: puede escribirme a dra.carmen.amezcua@gmail.com o contactarme en Instagram, en @dra.carmenamezcua.

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Dra. Carmen Amezcua

Carmen Amezcua es consultora, conferencista y experta en psiquiatría integrativa. Tiene más de 17 años de experiencia dentro de la industria farmacéutica y de la salud.

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