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Suéltame, me lastimas: cómo la neocultura nos agrede cada vez más
Desde cobrarnos subscripciones por todo hasta silenciar la incomodidad en el arte, las formas en que la neocultura nos limita y agrede son vastas.

Opinión
Estaba escuchando el podcast Plaza de Toro, del politólogo Miguel Toro, académico del Tec de Monterrey. El programa, disponible en todas las plataformas de audio, siempre va de la actualidad de la escena política y económica, aunque también toca temas como las esquinas entre el entretenimiento o el deporte con el poder. En el episodio más reciente Toro y sus invitados hablaron de un asunto que me parece fundamental: la “mierdificación” de la cultura, o lo que yo llamo la neocultura de la basura.
El término mierdificación o “enshittification” fue acuñado por el periodista y activista canadiense Cory Doctorow para hablar de la decadencia de internet. Como explica Toro, la mierdificación es una de las nuevas formas en las que nos relacionamos con nuestro consumo cultural. Decirlo: la forma más alarmante y triste.
La transformación de la neocultura en caca es un proceso: primero los proveedores nos ofrecen una calidad de servicio premium por un precio razonable y todos nos anotamos (el ejemplo más claro es el éxito espectacular del primer Netflix). Una vez dentro, el servicio se empieza a encarecer y los usuarios son explotados: sube el precio o tienes que suscribirte a otros servicios extra para seguir teniendo la calidad inicial. Aceptamos, por ejemplo, que no nos pasen comerciales a cambio de pagar un precio superior.
Finalmente, el contenido disponible en internet es tan mierda (porque no te alcanza para el servicio o no caíste en el chantaje cultural del fomo, fear-of-missing-out) que la única opción para los usuarios es la coprofagia: se consume un internet cada vez más bastardizado.
Para todo nos piden suscripción. Desde las plataformas hasta la calidad de funciones de nuestros coches. Para tener los mejores servicios hay que hacer pagos extras que sólo sirven para mantener un privilegio idiota.
Y ese sólo es uno de los modos en los que la neocultura nos agrede, en este caso desde los prestadores de servicios y los grandes mercaderes el know-how y otras sabidurías onerosas por las estamos dispuestos a pagar. La peor agresión cultural viene de nuestros pares.
Desde hace un buen rato que las guerras culturales se dividen entre el bando woke (la generación “de cristal”) y el más conservador (conformado casi siempre por la generación boomer, ¿generación de acero?). Ambos bandos son quisquillosos, susceptibles y prontos a la agresión.
Ni hace falta explicar gran cosa porque de alguna forma todos estamos incluidos en la batalla. Los dos ejércitos velan armas: los boomers para mantener las cosas como eran hace veinte o treinta años y los wokes, que representan una nueva moral que no acepta cortapisas.
Pongamos de ejemplo a la cantante Rosalía. La mujer es talentosa, interesante en lo suyo. A mí me gusta mucho: ha estirado la liga de lo que puede ser la música pop y el género urbano. Justo en este momento está promoviendo su álbum más reciente, Lux (que ya fue reseñado en el Garage hace unos meses). En ese ir y venir entre medios y redes sociales, a Rosalía la han tundido los usuarios por no colocarse claramente en el bando de los wokes. No denunció en genocidio en Gaza, dijo no ser feminista porque no se sentía con la autoridad moral para serlo (whatever that means) y para rebosar el vaso, en una entrevista con la autora argentina Mariana Enríquez dijo ser admiradora de Picasso (espíritu patronal de esta columna, por cierto), a pesar de la vida cuando menos cuestionable—y cuando más, criminal—del artista español.
Lo que siguió fue avalancha, diluvio, tempestad. A la Rosalía, otrora tan querida por su gente, le cayeron encima los haters, nueva gendarmería del barrio digital. El escándalo fue tal que la cantante tuvo que publicar un video (otra encarnación de la neocultura basurífera: te desdices en TikTok para una audiencia fanática de lo corto y contundente) en el que tuvo que extender una disculpa a todos lo que se sintieron heridos, porque en general los ofendidos se suben al banquito de la superioridad moral y hay que perderles perdón. Tra tra.
Si bien estoy de acuerdo que un personaje público tiene una forma de poder, esperar que desde su espacio determine el discurso es, me parece a mí, de las mentes cándidas. ¿Necesita Gaza que Rosalía denuncie el genocidio? Sí, claro: Netanyahu teme no poder ir al concierto de Rosalía en el Palau de Sant Jordi. Mejor va a dejar de tirar bombas sobre Palestina.
Cuando a Elvis le preguntaban sobre un asunto público contestaba con un disco rayado: I’m an entertainer. No se metía en broncas en las que ni siquiera tenía armas para defenderse. ¿Por qué esperamos que estos personajes pop que trabajan para divertirnos tengan la conciencia sociopolítica para que los aprobemos como fuerzas morales? Lo digo claro: ni Elvis ni Rosalía son responsables de lo que se discute en la palestra. El activismo político les corresponde a personas públicas que libre y claramente se han identificado así.
La neocultura no agrede únicamente a personajes de fama. Somos sus víctimas todos los ciudadanos digitales de a pie (¿de a pixel?). Así como el consumo se ha mierdificado, el discurso ha bajado de nivel en esos espacios supuestamente libres que son las redes sociales.
Soy millennial y en general apuesto por la cultura woke. Me gusta que se denuncie el machismo o el capacitismo y edadismo; que hablemos abiertamente de las identidades queer; que se proteja lo que nos queda de naturaleza o que traigamos checados a los personajes con poder político (verdad como puño: los ciudadanos digitales tienen más poder para dirigir las grandes discusiones globales que Rosalía).
Pero ya cuando se habla, ay, de acosar a personas que no conforman con la opinión mayoritaria, lo siento tanto, yo me bajo del carro. En estas guerras culturales entre los que quieren que todo sea como antes y los wokes que quieren llevarnos a un futuro glorioso en el que todas las identidades exploten, la violencia está en ambos lados de la línea Maginot. Estamos en una edad tan crispada que quien no grita en contra o a favor del tema de moda se convierte ipso facto en enemigo. Sí: ambos bandos son efectivos en su capacidad de agredir. Abominables.
Es otro de los modos en los que la neocultura se nos ha vuelto mierda en nuestras manos. Hemos permitido convertirnos en agentes de esa violencia, como compradores y opinadores de ocasión. Entre nuestra identidad como suscriptores o usuarios hemos perdido toda profundidad en nuestro modo de debatir: si quieres huir, paga más. Si quieres disentir, prepárate para la funa y el hate.
Nuestra forma de vivir es cada vez más violenta. El arte (o venga, el entretenimiento) ya teme incomodar porque eso significa menos likes y menos posibilidades de cobrar extra—sea esta incomodidad entendida como libertad extrema para provocar o tibieza ideológica, depende de qué lado de la trinchera estés—. Se ha perdido la capacidad de matizar y el reconocer los varios planos de una discusión. Y eso necesariamente es mierda. Ya comemos mierda todos los días, todos podemos ser esa mierda cuando nuestras opiniones—nuestro consumo—se vuelven el próximo objetivo de la neocultura. Pasen la sal.
