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La serpiente doble de la vida

Mariano Espinosa Rafful | Siempre hay otros
Todos estamos rotos. Es por esas grietas por donde entra la luz. Ernest Hemingway
Ante los precipicios, la calma debe replicarse, sin tiempos para suplicar o encomiendas fallidas, olvidando por momentos esa infancia de lunas y gardenias frente a la casa de quienes nos dieron todo siempre, sin cuadros por enmarcar, ni fotos que marcaran ese paso a paso de lecturas y letras, con tardes únicas y eclipses de sol.
De pronto nos sorprende la nostalgia, hemos, en los supuestos advertidos, superado posibilidades con la memoria, descubrirnos útiles, en las concentraciones de líneas precisas, en los días idos, vueltas en el andar nada pausado, por los avatares de un destino que se construye momento a momento.
Economía sin pretextos ni salvedades, porque a títulos y coincidencias, por los encuentros sin aviso previo, estamos ante en el “andar en tierras de nadie”, sorteando quizá otras imágenes, de los que habrá de pronto, porque siempre hay otros que vendrán a tocar la portada del cuento corto, la poesía sin lírica o el futuro anticipado.
Disfrutamos más de la cuenta, en las diferencias de matices y formas, ahí donde anida esa política pública que criticamos, ocasiones y emociones, hasta una gota de esperanza anida en las postrimerías de esa distante lejanía sin señales, discursos de posibles empoderamientos, palmadas que no decían mucho, pero que dijeron todo.
Somos muros infranqueables a veces, otras tantas vanidades, aquellos indiscutibles protagonismos de sabernos en la contemplación, sin multitudes ni aplausos, imaginando el día siguiente, el otro momento, las salvedades del universo, pero además los sembradíos y las reservas de lo acontecido, en esa memoria recurrente de otras imágenes.
Hay que darle apertura a los ascensos, pero también a los posibles e inmediatos descensos, la giratoria de la rueda cada vez más expuesta, hace apagarse de pronto llamas nunca encendidas, fracciones de segundo de decisiones para estar, sitios sin protesta, clases sin maestros, educación sin procuración de disciplina, problemas en los horizontes alternos que hemos visto inflexibles con el viento que corre aprisa.
En un presente vivo imaginamos otros tiempos, otras circunstancias, sin divisiones ni fragmentos, sin brújula, con los naturales distractores del miedo, dejando de brindarle acentos a la noche que cae o al pequeño y diminuto detalle de dar gracias.
Nostalgia de abandonos quizá, sentimientos en las reservas de los vaivenes, esos que no esperan el penúltimo vagón del 2010, o la ociosidad del retorno en 1995; lo que hace sacudirse a las letras, armando frases con palabras que alborotan un amanecer diferente, sin cadenas de recuerdos, pero sí, escuchando la posible llovizna no presupuestada de un sábado en lunes.
Años de convicciones y agradecimientos, de departir y repartir otros alientos, magia que no es más que acompañamiento para crecer, introspecciones tal vez sin puntos cardinales, separaciones que llegan o llegarán abrevando augurios.
Y entonces en los alrededores de la otra memoria, esa que ni al cerrar los ojos e intentar dormir y soñar descansa, habitamos un mundo cuantimás raro, de otros valores, otras formas, sin preparar recibimientos o hablar del pasado sin arrepentimientos, porque también existe el antes y el después.
Ya habrá más para documentar la geografía de la sociedad y su economía, centrar los ojos en el humanismo y mirar al frente de otras batallas por librar, de pueblos, personas y discursos, de admiración a quienes están, pero más, a las claves de la hora actual, aquellas inevitables y enormes alientos de porciones con la familia.
ENTRE LÍNEAS
Porque los otros vaivenes son más que realidad, son verdad y deben transparentarse, ya que, en los pasillos de las otras noticias, se habla de falta de recursos; en un país más rico de lo que podríamos imaginar, por ello la corrupción y el despilfarro, debieran combatirse hasta su caída. Hablamos de México.

