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El petróleo venezolano: mitos y realidades

Jorge A. Castañeda | Columna invitada
Tras la captura de Nicolás Maduro por EU –y de las propias declaraciones del presidente Trump– se ha especulado que la verdadera motivación de la intervención estadounidense es el petróleo venezolano, que supuestamente tiene las mayores reservas del mundo. Detrás de esa afirmación hay mitos, pero también realidades que vale la pena analizar.
Para empezar, no está claro que Venezuela tenga las mayores reservas. Las reservas 3P –comercialmente recuperables estimadas como probadas, probables y posibles– las publica la OPEP a partir de lo que cada país autoreporta, no las audita. En 2005, Venezuela declaraba 80,000 millones; en 2010, con el barril a 100 dólares, Chávez decidió triplicar esa cifra “por decreto”, reclasificando el crudo ultrapesado de la Faja del Orinoco. No hubo nuevos hallazgos, solo contabilidad creativa asumiendo tasas de recuperación irreales. Consultoras independientes como Rystad estiman la cifra económicamente viable en apenas 80,000 millones; el resto es más política que geología. Venezuela tiene mucho petróleo, sí, pero la cifra de 300,000 millones de barriles debe tomarse con una pizca de sal.
A esto se suma la calidad del petróleo. Gran parte de las reservas y de la producción histórica venezolana es crudo ultrapesado: rico en metales, ácido y costoso de extraer, procesar y refinar. Requiere infraestructura especializada y refinerías hechas a la medida, que prácticamente solo existen en EU.
Venezuela llegó a producir cerca de 3.5 millones de barriles al día a finales de los noventa. Hoy apenas alcanza los 900 mil. PDVSA –que llegó a ser una empresa de clase mundial– fue purgada por Chávez y Maduro y perdió su capital humano: ingenieros fueron reemplazados por militares y militantes, y los resultados son evidentes. Al mismo tiempo, se dejó de invertir en mantenimiento y nuevos proyectos, dejando una infraestructura en ruinas. Y como mencionaba, la infraestructura es clave: no es solo sacar el aceite, ya de por sí complejo, hay que limpiarlo de agua y sales, transportarlo y llevarlo al mercado.
Las cifras para reconstruir este desastre son abrumadoras. Analistas estiman que volver a niveles de producción noventeros requeriría inversiones de hasta 180,000 millones de dólares en la próxima década; solo mantener lo actual demanda 53,000 millones. Pero no solo invertir dinero: hay que reparar oleoductos de 50 años, revivir refinerías que operan al 10% y reponer equipos saqueados o vendidos como chatarra. Además, siendo el crudo venezolano ultrapesado, su punto de equilibrio ronda los 80 dólares por barril.
Con los precios actuales rondando los 60, y sin estabilidad política ni garantías jurídicas, esperar que las petroleras inviertan masivamente se antoja difícil. Nadie invierte millones de dólares si los números no cuadran.
Y aquí viene la parte más compleja: incluso si cuadraran, inversiones de este tamaño tardan lustros, cuando no décadas, en recuperarse y ser rentables. Para eso se necesita certeza y certidumbre. Hoy, las empresas pueden asumir que Trump cuidará sus intereses, pero mañana quién sabe.
Es posible que la producción venezolana aumente de forma marginal en el corto plazo y que se destine, como históricamente, a las refinerías de EU en la costa del Golfo. Pero pensar que esto cambia la matriz energética de EU, que produce 13 millones de barriles al día, o que será un buen negocio en el corto plazo, es iluso. A mi parecer, ese fue el argumento usado para convencer al America First de la coalición trumpista.

