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Las patentes, la competencia y el poder de la destrucción creativa
La innovación impulsa el crecimiento mediante destrucción creativa; las patentes deben proteger temporalmente al innovador, mientras competencia y políticas públicas fomentan nuevos actores, tecnología, productividad y mercados.

Vidal Llerenas Morales | Columna Invitada
Philippe Aghion, el premio Nobel francés, escribió con sus colegas Céline Antonin y Simon Bunel sobre el poder de la destrucción creativa. Su argumento se basa en la tradición de las ideas de Schumpeter, con la idea de que la innovación destruye viejos modelos de negocio, industrias y tecnologías para crear otros nuevos que impulsan el crecimiento económico y el progreso. Eso es sostener al modelo de Solow, dominante como idea en el neoliberalismo, en el que el crecimiento económico a largo plazo de un país depende básicamente de la acumulación de capital y el crecimiento de la población. Bajo ese paradigma la inversión masiva en tecnología no se refleja de inmediato en un aumento de la productividad general. El progreso tecnológico, en esa lógica, es un factor exógeno que no se explica dentro del sistema económico. Sea un choque taurino.
En la visión de Aghion, por el contrario, la mayor competencia va a inducir a las firmas tecnológicas para adelantarse unas a otras, sobre todo si las políticas procompetencia se acompañan de condiciones para financiar, difundir y absorber tecnología. El papel del Estado no se debe limitar a corregir las fallas de mercado, sino también generar competencia, invertir en tecnología, construir medios ambientes de innovación, ampliar las oportunidades educativas, capacitar a los trabajadores y, eventualmente, ser asegurador de última instancia para compensar a quien resulten perdedores por los cambios tecnológicos. El punto es absorber, adaptar y generar tecnología.
En el desarrollo teórico de Aghion las patentes son un incentivo temporal a innovar, permiten al innovador capturar una parte de las rentas de la mejora tecnológica, pero no pueden ser una barrera permanente a la entrada de nuevos jugadores, ni impedir la nueva ola de innovación. Como buen schumpeteriano, Aghion parte de que esas rentas monopólicas son temporales, la patente paga por la invención, pero la destrucción creativa hace que la renta no dure por siempre. Algo nuevo se inventa con base de la tecnología anterior. Patentes y competencia no son necesariamente conceptos sustitutos, la competencia reduce las rentas de quienes no innovan.
De acuerdo con Aghion, la empresa que tiene el monopolio por innovar puede tratar, mediante litigios, adquisiciones, estándares y presiones regulatorias de conservar la patente, por eso las políticas de protección deben también complementarse con otras que generen innovaciones adicionales, difusión de conocimiento, productividad y entrada de nuevos actores. La política pública no se puede evaluar por cuántas patentes se registran, sino por la innovación que se genera. La fórmula está en una combinación entre protección robusta, para retribuir a innovadores, pero con reglas efectivas para la competencia y límites, para que se fortalezcan y se generen nuevos mercados. No se aconseja solamente endurecer las patentes, sino además un paquete de protección temporal, exámenes rigurosos, competencia, evitar la exclusión y proyectos públicos-privados de desarrollo de tecnología. La patente debe ayudar a nuevos innovadores a invertir para buscar mercados, no esencialmente a conservar la posición de los titulares, sino a generar incentivos a que ellos también inviertan en innovación. Eso es la destrucción creativa.

