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¿Quién mueve los hilos?

Mariano Espinosa Rafful | Siempre hay otros
El comportamiento nunca miente. Winston Churchill
Las calles, los bajo puentes, aquellos espacios entre jardineras y desniveles; además donde estaban las vías de los trenes, que atravesaban la Ciudad de México, donde no se es dueño del tiempo, porque este no existe, marcan a los desconocidos, vagabundos que deambulan, lejos de la vida en familia.
Cada día es un pensamiento que preocupa, no hay a la vista un programa de atención a personas en situación de calle, que debiera implementarse con los recursos de las rentas de los otros espacios, donde panaderías, licorerías y tiendas de conveniencia, cambiaron la imagen urbana de esos sitios.
Es alarmante que no sean sujetos de respuesta, los hay de todas edades, y la indiferencia es casi absoluta, es otro vecindario, la necesidad económica es parte de los factores en esos abandonos recurrentes, dictados por la falta de valores, en una sociedad que experimenta todo tipo de conductas.
Las calles son el hogar de los abandonados, enfermos de ansiedades, con techos de plástico o de algún trozo de lámina en el mejor de los casos, espacios sin paredes, sin fronteras ni faroles, en la intensa oscuridad de las noches de lluvia.
No defiendo lo indefendible, el rescate de un perro en peligro o un animal atrapado en una alcantarilla es prioridad, mientras cientos de miradas extraviadas entre lo increíble de morir adrede, pasa desapercibido.
Vamos a la velocidad permitida en las vías rápidas, pero el tránsito lento por un accidente, o la gran cantidad de automóviles, sobre todo los martes de cada semana, donde se carga más; nos hace mirarlos, y permitirle al pensamiento reflexiones entre los muros de las otras indiferencias.
Matices, adversidades vividas en esa niñez del adulto que busca un refugio, un trozo de pan, y pocas veces extiende la mano en señal de ayuda, deambulan sin el perdón y el amor de los olvidados, de los no convidados, de lo significativo que podría darse en cada historia.
Juventudes perdidas, la calles como refugio, quizá escapando de las otras realidades, sin conocer palabras como libertad o éxito, el andar pausado en la mayoría de los casos, sin acceso a los servicios médicos, en la irresponsabilidad por la falta de programas sociales, ahí donde vemos pueden ser amigos, padres, hijos, esposos, hermanos, ciudadanos de un mundo en la abstracción absoluta.
Estamos marcando un después de tantos años, cuando a mediados de los setenta, en los camellones y semáforos, se acercaban a los autos pidiendo lo que llaman limosna, después la vendimia de todo tipo de productos, desde dulces, cigarros, hasta percheros para los sacos o lámparas sin luz.
Hoy también hay otros, que sortean en el tránsito vehicular las motos y los autos, en la venta de frituras, aguas y helados; son los “afortunados”, atrevidos en la necesidad de llevar el sustento a casa, más recientemente las “doraditas”.
Ni una cena caliente, ni una cama suave, quizá un perro de compañero en el mejor de los casos, que no hemos visto, en un rinconcito apartado de la otra realidad, la que golpea al consciente que esto teclea, porque se vuelve cotidiano, con conductas y enfermedades sin atención ni escapatoria.
Entre líneas
Complicado el panorama adverso de Trump, ante la intermedias de noviembre próximo, en el nivel más bajo de popularidad, además de las ocurrencias en los cambios y renuncias en su gabinete en los días recientes.

