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El lobo

Ezra Shabot | Línea directa
El viejo cuento del lobo que amenaza con aparecer y no lo hace sino hasta el momento en el que menos se espera y entonces devora sin piedad a todo el que se atraviese en su camino, es la historia de la oposición mexicana a los gobiernos de la 4T. Y es que el margen de maniobra heredado de las administraciones anteriores en términos económicos era verdaderamente inmenso. Fideicomisos, reservas para eventos catastróficos y una estrecha vinculación con el mercado norteamericano, hacían de México un país seguro para los inversionistas a pesar del discurso populista de López Obrador.
Pero con el desarrollo del proyecto morenista el dispendio fue quemando uno a uno los recursos acumulados durante sexenios. Obras incosteables e inútiles, subsidios a Pemex y CFE, corrupción sin límite alguno y un endeudamiento brutal durante el año electoral 2024, llevaron al país a situarse en el borde de una crisis económica. Con un grado de inversión cuya reducción generaría una salida brutal capitales, la economía mexicana no encuentra el camino para encaminarse a un crecimiento constante que alcanzara el 2% del pasado neoliberal.
Pretender hacer caso omiso de la relación directa que existe entre la necesaria reducción de la deuda y el impulso para crecer por arriba del 1%, es intentar administrar una recesión blanda que por lo pronto le da a Sheinbaum el beneficio de una tregua frente a mercados internacionales que demandan intereses altos para una economía que, teniendo grado de inversión, paga mucho más que sus pares en el mundo.
Y mientras el lobo se prepara para su entrada triunfal, el elefante en la sala sigue siendo la inexistencia de un Poder Judicial independiente y profesional capaz de tomar decisiones que no se supediten a las órdenes de Palacio Nacional. Esto afecta significativamente la disposición de inversionistas nacionales y extranjeros para meterle dinero fresco a sus empresas. De hecho durante el funcionamiento del Tratado de Libre Comercio y el T-MEC, han existido instancias jurídicas aceptables para los tres países, lo que hoy se pone en duda en el contexto de la negociación trilateral.
Es cierto que el motor de las exportaciones a los Estados Unidos ha crecido a partir de los aranceles impuestos a China por Trump, y que las remesas siguen siendo un activo importante para la economía mexicana. Pero esto no es suficiente para crecer. La inversión pública no alcanza a jalar a la privada y el tiempo corre en contra de la estabilidad monetaria. La ilusión de un peso mexicano sobrevaluado por el diferencial de tasas no puede esconder la debilidad de una economía que no crece, y cuya deuda entró ya en terreno peligroso.
El lobo no aparece, pero sus pisadas se vuelven cada vez más sonoras. Es tiempo de entender que la inercia no soluciona el deterioro de los últimos años, y que mantener la misma estrategia puesta en marcha desde el 2018 sólo hará que el lobo haga su entrada triunfal más temprano que tarde.

