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Inopinado retorno del presidencialismo y el papel del cerebro en las teorías conspirativas en el caso Sinaloa

Opinión
Bien dijo la presidenta Claudia Sheinbaum: “La política ficción está a la orden del día”, en referencia al breve retorno de Rubén Rocha Moya a la gubernatura de Sinaloa. Ríos de tinta se han escrito al respecto: que si AMLO instruyó al político a regresar al gobierno para desafiar a la presidenta e iniciar una revuelta en Morena, que llevara a la renuncia de la mandataria. Todo tipo de teorías conspirativas se desataron cada cual más desmesuradas. Son ganas de creer. En realidad hay un vacío de información y se ignora lo ocurrido. Se habla de ruptura en Morena, de rompimiento entre el expresidente y la jefa del Estado. Cada columnista inventa una historia dependiendo de su trayectoria personal, es decir, de su creencia y convicción. Sus dichos encuentran señales que encajan en sus elucubraciones, según su muy personal concepción.
El cerebro humano siempre trabaja para eliminar la incertidumbre. Busca certezas. Construye las explicaciones sobre lo que pasa y por qué pasa: inventa explicaciones para justificar por qué hacemos lo que hacemos y por qué ocurren las cosas, incluso cuando ignora parte de la información. La forma en opera nuestro cerebro es dual: el hemisferio derecho capta miles de millones de datos e información cada instante, son caóticos y carecen de sentido. El hemisferio izquierdo tiene la tarea de explicar y ordenar ese cúmulo informativo, de acuerdo con Michael Gazzaniga, quien llamó cerebro narrador al hemisferio izquierdo. Es la parte que crea las historias y les da sentido. Es la que orienta para tomar las decisiones. El descubrimiento del papel de ambas partes del cerebro se debe a su maestro y premio Nobel de Medicina, Roger W. Sperry.
En política, la desinformación, el misterio u ocultamiento de los hechos y sucesos da pie a que el cerebro invente relatos y fantasee. En sociología auspicia el desarrollo de las llamadas teorías conspirativas. Este fenómeno es cotidiano en el México contemporáneo. El ejemplo más reciente es el affaire Rocha Moya, quien por razones todavía desconocidas decidió ocupar la gubernatura de Sinaloa, que había dejado a raíz de la acusación del Departamento de Justicia de Estados Unidos de sus presuntos vínculos con el cártel de Sinaloa de los chapitos.
Los vacíos de información se sustituyen con historias, que son lógicas y parecen verosímiles, aunque sean contradictorias: dar sentido a un hecho es la función de los relatos. En el episodio sinaloense la desinformación propició que columnistas y comentadores inventaran rupturas en la 4T, distanciamiento entre la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo y el expresidente Andrés Manuel López Obrador. Las historias se construyen a partir de pequeños indicios, datos aislados y las creencias de comentaristas. De este modo, algunos elucubraron que se frustró un “golpe de Estado blando”. También se especula de las diferencias abismales entre los llamados claudistas (por la presidenta) y los lopezobradoristas (por el exmandatario). De acuerdo con ellos, la sangre estuvo a punto de correr. Y hablan de que peligra la estabilidad.
La función de nuestro cerebro de dar sentido a los sucesos tiene contexto: el hermetismo del gobierno y la compulsión de comentaristas a contar relatos diarios, cual oráculos divinos. Más allá de este suceso curioso, la desinformación impide forjar consensos: cada cual inventa sus historias. Pero lo delicado es que genera desconfianza. En estas circunstancias, se impide la cooperación y el desarrollo se estanca.
Es obligación reconocer que lo sucedido está envuelto en el misterio. Quizá algún día conozcamos los hechos para esclarecer lo ocurrido. Solamente podemos aventurar hipótesis teóricas, basadas en la historia. Primera tesis: López Obrador es un caudillo carismático que en torno de su persona creó un movimiento, cuya ambición es lograr el cuarto cambio histórico: Independencia, Reforma, Revolución y su 4T. Segunda tesis: el poder del caudillo es intransferible y todas las decisiones, así como los seguidores giran en torno de su presidencia. Tercera tesis: el caudillo destruye las instituciones, la legislación, las reglas y su palabra se convierte en ley. Cuarta tesis: su carisma somete a las personas -convertidas en súbditos- y fuerzas políticas, que le obedecen y rinden pleitesía. Quinta tesis: para lograr la transformación destruye el sistema establecido y propone una revolución de las conciencias, punto de partida para crear un nuevo orden social idílico.
Desenlace: sin leyes ni instituciones, la ausencia del caudillo crea un gran vacío. Todos los liderazgos compiten entre sí, aduciendo ser los voceros y verdaderos representantes del hombre fuerte. Se origina descontrol y cada cual lleva agua a su molino: es un juego de todos contra todos. El desorden aumenta gracias a la decisión política de proteger a todos los morenos, pese a evidencias de que han delinquido. Se forja un ambiente de impunidad que alienta los desmanes y desafía al gobierno (Presidencia), pese al enorme poder de que goza: dominio del poder judicial, del Congreso y de la fiscalía para decidir quién es perseguido y apresado. Como cada liderazgo cree interpretar mejor al caudillo, hacen lo que les conviene y se genera un gran desbarajuste. En esas estamos: Rocha presuntamente interpretó a quien manda y generó una crisis política e institucional. El desenlace de esta decisión es reservado. La disyuntiva quizá sea ordenar la casa o el desgobierno.
Pese a este maremágnum, hay indicios de que el caudillismo se eclipsa y puede estar en proceso de construcción y quizá consolidación un presidencialismo de nuevo cuño. El desafío que planteó Rocha Moya al gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum apenas duró 34 horas. Fue suficiente un tuit de la mandataria para que todo el oficialismo se alineara en torno de ella (partido y gobernadores) y el sinaloense se viera obligado a recular en su intento de mantenerse en el gobierno de su estado. Parece una señal rumbo a la institucionalización del poder presidencial, como en los tiempos del PRI, cuando el presidente en turno era el mandamás sin la sombra de exmandatarios o gobernadores.
El tablero político parece alinearse a favor de la presidenta. Varios de los pesos pesados que le hacían sombra, como Adán Augusto López, Ricardo Monreal, Andy López Beltrán, Gerardo Fernández Noroña y otros peces gordos están acotados. Su menguante poder se explica, en mayor medida, por la presión del gobierno de Donald Trump, así como por el avance en el desmantelamiento de los negocios vinculados con el crimen organizado y el cierre de las llaves a los contratos públicos. Sin embargo, limitar su poder no implica la muerte política ni mucho menos su capacidad para operar y mantener cotas importantes de poder. Es esperable que sigan haciendo ruido mientras persista la impunidad.
La institución presidencial se consolidará hasta cuando deje de proteger a quienes presuntamente han delinquido. De este modo, se mantendrá el interregno, que es ese espacio en el que nadie gobierna. Ni el caudillo es totalmente poderoso, pero sigue ejerciendo un enorme poder y capacidad política, ni la Presidencia ha logrado ocupar todos los espacios políticos. El interregno es pues el espacio ingobernable que puede ampliarse o cerrarse definitivamente si Presidencia lo cancela, sujetando a todos los agentes políticos sueltos y que se valen del vacío de poder dejado por el caudillo que gobernaba con su magnetismo.
Lázaro Cárdenas consolidó el poder presidencial cuando expulsó de México al caudillo, Plutarco Elías Calles. Quizá sea innecesaria una maniobra similar con el caudillo de Macuspana, pero Presidencia sí requiere mostrar firmeza con los poderes sueltos, que pueden hacer harto daño en el próximo periodo electoral y particularmente pueden volver por sus fueros a fin del sexenio, al menguar el poder presidencial.
En este interregno me parece destacable el papel que ha jugado el gobierno de Estados Unidos. Mi teoría es que sin proponérselo de modo explícito ha contribuido a consolidar el poder de Presidencia. Un papel similar en el mismo sentido ha desempeñado la prensa libre mediante sus investigaciones sobre las corruptelas y vínculos con organizaciones criminales de altos mandos de Morena. Otro factor que abona también en esa dirección es la debilidad relativa del partido en el poder, que ha permitido remplazar a los liderazgos más radicales. En poco menos de un año dicha agrupación política ha perdido al menos 10 puntos porcentuales en sus intenciones de voto. Como reflejo de este fuerte retroceso, una mayoría de electores, ya superior a quienes apoyan a los morenos, se dicen sin partido o sin preferencias partidistas.
El conjunto de estos elementos me parece que fortalecen a la presidenta, de cara a su tercer año de gobierno. Mi conjetura es que el poder del caudillo ha menguado sin proponérselo Presidencia: la presión de EUA sobre liderazgos morenistas; las revelaciones de la prensa (que se desprecia y teme) sobre los manejos fuera de la ley de parte sustancial de la élite gobernante, y la relativa debilidad, como el desencanto y la posible desbandada de Morena. Sin necesidad de exiliar al caudillo o romper con él -como hizo Cárdenas con Calles- se consolida la Presidencia, una especie de regreso al antiguo presidencialismo. Hoy, el clan lopezobradorista y los líderes cercanos al expresidente necesitan del apoyo y salvaguarda de la presidenta más que ella de estos políticos.
Esta recomposición política, es decir, el tránsito del breve episodio del caudillismo lopezobradorista a la reconfiguración de la Presidencia imperial, enfrenta desafíos. Las fuerzas políticas que gravitaron en torno de López Obrador quedan sueltas. Y todavía no se consolida el nuevo régimen presidencial. Este espacio de tiempo entre el antiguo poder y el proceso de fortalecimiento de la nueva presidencia puede generar desórdenes y disputas por el poder, que podrían poner en riesgo la estabilidad en diversas regiones. La desaparición del caudillo más el férreo combate al crimen organizado, enraizado en amplias capas de la sociedad mexicana (que genera disputas territoriales y sucesorias), son un serio reto a los poderes legítimos del Estado. La presidenta tiene un gran poder, que usado adecuadamente puede conjurar esta amenaza, pues tiene en sus manos al Congreso, la policía, el ejército, las fiscalías, el presupuesto público y al aliado involuntario e incómodo, el gobierno trumpista que, pese a todo, no le conviene desestabilizar a su vecino.

