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Diálogos en el infierno: arde París...

Opinión
Juan Antonio Araujo: Querido Antonio: inicio el tercer diálogo en el infierno con la misma pregunta que Hitler le hizo al gobernador militar nazi Dietrich von Choltitz el 25 de agosto de 1944: ¿“Arde París”?
Antonio Navalón: Sí, querido Juan, sin duda alguna, París está ardiendo. Pero París tiene una singularidad fundamental: es la ciudad donde las ideas no solamente se han pensado o proclamado, sino que han terminado por convertirse en revoluciones.
Fue allí donde, después del fervor patriótico despertado por el abogado Camille Desmoulins, la gente no se conformó con comer, beber y escuchar discursos revolucionarios. Decidió ponerse en marcha y no se detuvo hasta tomar la Bastilla. Aquel 14 de julio de 1789 no solamente cambió Francia. Comenzó a cambiar el mundo.
Muchos años después, cuando el mundo todavía no entendía —sobre todo vosotros, los que sois hijos del 68— que las cosas se acaban y que hay que cambiarlas antes de que estallen, surgieron figuras como Daniel Cohn-Bendit, que ni siquiera era francés.
Aquellos jóvenes pusieron en marcha un movimiento que terminó por sacudirnos a todos. Nos hicieron volver a soñar y nos enseñaron que era posible ser realistas y pedir lo imposible.
Era una época en la que comenzaban a manifestarse las consecuencias del fin del sueño de Kennedy. Estados Unidos había caído en una trampa mortal llamada Vietnam, producto de su desconocimiento de la historia y de la realidad de aquel país.
Mientras tanto, México se preparaba para celebrar los Juegos Olímpicos bajo el gobierno de Gustavo Díaz Ordaz. Era un país que presumía estabilidad, pero que terminaría demostrando, con la sangre de Tlatelolco, que el orden también podía sostenerse sobre la represión.
París está ardiendo. Pero esta vez no por orden de un narcisista y suicida llamado Adolf Hitler, que pretendió destruir todo aquello que representara una prueba de civilización anterior a él. En 1944 ordenó destruir París antes de entregarla a los aliados. Afortunadamente, sus órdenes no fueron ejecutadas y la ciudad sobrevivió.
Una cosa es mandar quemar París y otra muy distinta es que París arda sobre sus propias cenizas. Lo que estamos viendo, con más de dos mil comercios afectados en Francia, las calles levantadas y una sociedad enfrentada consigo misma, oculta muchas cosas. La principal, para mí, es que nosotros, los hijos del 68, tanto quienes lo sois físicamente como quienes lo somos intelectualmente, tenemos que empezar a mirar hacia el infinito.
Tenemos que reconocer una verdad incómoda: perdimos la oportunidad de aquel sueño. Creímos que cambiaríamos el mundo y, sin embargo, el mundo terminó cambiando muchas de nuestras aspiraciones.
En el Mayo francés nos decían que había que ser realistas y pedir lo imposible. Nos enseñaron a arrancar los adoquines de las calles y convertirlos en instrumentos de resistencia frente al poder. Aquella rebelión sacudió los cimientos de Francia y contribuyó a abrir la crisis política que terminó con la retirada de Charles de Gaulle en 1969.
Gracias al Mayo francés, toda una generación de intelectuales y defensores de las libertades encontró un nuevo horizonte. Cambió la manera de entender la autoridad, la política y la propia sociedad europea. Sin embargo, los gobiernos burgueses y socialdemócratas de Europa también aprendieron a convivir con aquella revolución. Permitieron que avanzaran ciertas libertades, que hubiera un poco de fiesta, mientras seguían haciendo, en lo fundamental, lo que les daba la gana.
Y aquí aparece una pregunta inevitable: ¿qué hicimos realmente con aquella oportunidad? ¿Qué quedó de ese 68 que también vivimos en México, aunque allí la rebeldía terminó teñida con la sangre de Tlatelolco?
Siempre he dicho a mis amigos, y también a mis enemigos, que no existe nada más excitante que participar en el nacimiento de la libertad de un pueblo. La transición española me permitió vivir esa experiencia. Sentir cómo todas las células de mi cuerpo se disparaban frente a cada conquista de la libertad. No como consecuencia de una revolución, sino de una transición que nos permitió dejar atrás una dictadura. Aquellos momentos nos hicieron creer que el futuro podía ser diferente y que nosotros teníamos la posibilidad de construirlo.
Pero París también encierra otra realidad. Junto a Víctor Hugo, Balzac, Jean-Paul Sartre, la Academia Francesa y los grandes representantes del pensamiento europeo, existe una historia de dominación, violencia e intereses imperiales que no podemos olvidar.
El Imperio británico no solamente enseñó a hablar inglés y a tomar el té a los pueblos dominados. También dejó colocadas auténticas bombas de tiempo en la historia. Fronteras, divisiones y conflictos que respondieron a la necesidad de preservar su hegemonía, controlar los recursos estratégicos e impedir la formación de grandes coaliciones que pusieran en peligro sus intereses.
Francia, por su parte, fue una de las grandes potencias coloniales del mundo. Su expansión imperial, especialmente durante los siglos XIX y XX, dejó profundas heridas en África y Asia, una herencia de dominación cuyas consecuencias políticas y sociales todavía forman parte de nuestro presente.
No hay que olvidar que por las calles de París caminó un día Ho Chi Minh, mientras comenzaba a desarrollar las ideas que alimentarían la lucha contra el dominio francés en Indochina. Aquella lucha terminaría con la derrota de Francia y abriría el camino a una guerra en la que Estados Unidos también acabaría derrotado.
“París bien vale una misa”, como nos recuerda la célebre frase atribuida a Enrique IV. Pero París también vale una revolución. No es casualidad que allí surgieran la Bastilla, la Comuna y Mayo del 68. Tampoco lo es que tantas transformaciones políticas e intelectuales encontraran en sus calles un punto de partida. París siempre ha representado la necesidad de articular la utopía, de hacer posible lo imposible y de recordar que ningún sistema está destinado a durar para siempre.
Eso es precisamente lo que hoy parece estar muriendo. Lo que arde en París no son solamente sus calles o sus comercios. Es también la capacidad del mundo occidental para defender su propio modelo de convivencia a través de la integración.
Francia es hoy una nación marcada por las contradicciones de su antiguo imperio. La presencia de comunidades procedentes de sus antiguas colonias, muchas de ellas de tradición musulmana, forma parte de una realidad que el país no siempre ha sabido integrar.
El problema no es solamente religioso ni puede explicarse por el origen de sus habitantes. Tiene que ver con la identidad, con la pertenencia y con la incapacidad de construir un destino compartido. Francia, que durante siglos proclamó la libertad, la igualdad y la fraternidad, sigue enfrentándose a la dificultad de convertir esos principios en una realidad para todos.
Y cuando una sociedad no consigue que sus ciudadanos se sientan parte de un mismo proyecto, la fractura termina apareciendo. Porque no basta con proclamar la igualdad. Hay que conseguir que esa igualdad exista.
Los jóvenes, los revolucionarios, los inconformes, los que permanecen ocultos y también los movimientos fascistas saben, cada uno desde sus propias posiciones, que algo ha dejado de funcionar. Sienten que el sistema ya no da más de sí y que las respuestas tradicionales han dejado de servirles.
Por eso se han puesto en marcha. Pero esta marcha, si no encuentra una salida política, puede provocar un movimiento pendular de gravísimas consecuencias. Porque cuando una sociedad pierde la confianza en sus instituciones, siempre aparece alguien dispuesto a ofrecer el orden a cambio de la libertad.
Mientras tanto, nosotros seguimos mirando hacia aquel 68 que prometía cambiarlo todo. La sangre de Tlatelolco está emparentada con aquella misma aspiración que recorrió las calles de París. La de una generación que exigía participar en su propio destino y que se atrevió a ser realista y pedir lo imposible.
La diferencia estuvo en la respuesta del poder. Pero el fondo de aquella rebelión pertenecía a una misma época y a una misma necesidad de libertad.
Hoy, cuando París vuelve a arder, tenemos que preguntarnos qué fue de todas aquellas promesas. Qué hicimos con las libertades conquistadas y por qué, después de tantas revoluciones, seguimos enfrentándonos a contradicciones que creíamos superadas.
Quizás el problema no sea que las nuevas generaciones hayan dejado de creer en nuestros sueños. Quizá el verdadero problema sea que nosotros no supimos convertirlos en una realidad capaz de sobrevivirnos.
Una vez más asistimos a la lección más permanente y terrible de la historia: nadie aprende nada, nadie quiere aprender nada y nadie quiere recordar nada. Porque París puede volver a levantarse de sus cenizas, como lo ha hecho tantas veces. Lo verdaderamente preocupante es que nosotros sigamos sin comprender por qué vuelve a arder.
Juan Antonio Araujo: Querido Antonio: veo en tu entusiasmo que compartes con Antonio Machado aquello de que “cada hombre de espíritu tiene dos patrias: la suya y París”.
Retomo tu afirmación de que nadie quiere recordar nada, como argumento para preguntar entonces: ¿por qué está ardiendo París? Es esencial para entenderlo conocer el lado oscuro de la ciudad de las luces.
México está lleno de francófilos. Algunos nostálgicos y otros que por haber visitado el Louvre o la Torre Eiffel o por “sentirse” deprimidos al jugar al “spleen” de Baudelaire en el Liceo Franco Mexicano de Polanco, creen saberlo todo de Francia. Tenemos la desviación cultural (propia de la ignorancia por no leer historia) de creernos herederos directos del Código Napoleón. La verdad es que lo más cerca que hemos estado de Francia fue cuando nos invadieron los franceses.
Pero ¿conocemos el lado oscuro del “archipiélago francés”?, esa Francia descompuesta en islas urbanas donde se concentran los vencedores de la globalización, ajenos a la suerte de los “galos refractarios” que habitan las “banlieues”. Francia encabeza el ranking europeo de homicidios y supera a todos sus países vecinos en suicidios per cápita. Francia está sumida en una profunda depresión, víctima de una enfermedad que llaman “déclinisme”, decadencia. A los franceses les ha costado mucho asumir la pérdida de la “grandeur”. Todo ello ha llevado a que un 61 % de los franceses considere que “la población blanca y cristiana corre peligro de extinción por la migración musulmana”. Es decir, tienen pavor de que Francia sea reemplazada por una nueva civilización nacida del multiculturalismo.
Te quiero recordar las palabras de Michel Houellebecq, quien predijo en sus obras que Francia y Europa están sumidas en la decadencia moral, en el nihilismo occidental y en el fracaso de la política progresista. Se avecina así el auge de la extrema derecha y una transformación social y religiosa profunda a través de la islamización pacífica por la renuncia del Estado. Estas ideas me llevan a pensar que más que una revolución de los ideales, estamos frente a un conflicto civil larvado, alimentado por la falta de integración de la migración y la debilidad económica.
Frente a los ideales a que haces referencia del Mayo francés, cuya crisis expresa magistralmente Ismael Serrano en su canción “Papá, cuéntame otra vez”, cabe recordar a Derrida y a Lacan, quienes fueron bastante críticos de los sueños del Mayo francés. Jacques Lacan se confrontó críticamente con el fervor revolucionario de los estudiantes intelectuales de la época. Lacan sostuvo que la aspiración de los movimientos revolucionarios no destruye el poder, sino que inevitablemente desemboca en la búsqueda de un nuevo amo. Su célebre frase dirigida a los militantes y estudiantes fue lapidaria: “Lo que ustedes aspiran como revolucionarios es un amo. Lo tendrán”. Para Lacan, la verdadera subversión no residía en las proclamas libertarias o en tomar el poder (lo cual definió etimológicamente como “volver al mismo lugar”), sino en la operación analítica misma que apunta a la verdad del sujeto y no a la gestión del Estado. Francia no puede digerir todavía el horror de los atentados del 13 de noviembre de 2015.
Cuando decimos que arde París, ¿podemos afirmar que estamos ante una nueva revolución francesa? Para pensarlo, voy a recordar a un autor que nos gusta mucho a los dos, Emmanuel Carrère, quien en el libro V13: de regreso al horror, cuenta lo que se dijo en las audiencias pero, sobre todo, lo que se calló y deliberadamente se ocultó, o se dejó en suspenso en los intersticios de la palabra y el silencio, durante el juicio que tuvo lugar entre septiembre de 2021 y junio de 2022, dedicado a los atentados de 2015.
La gran crisis que vive Francia obliga a que todos entendamos que el mundo está cambiando rápidamente a nuestro alrededor y que debemos convertirnos en adultos políticos para defender los valores e intereses comunes.
Antonio Navalón: Naturalmente, la fuerza, la belleza y la ilusión de la libertad, así como la esperanza de que cada generación tenga la oportunidad de triunfar o fracasar, han terminado por ocultar los errores que, sin duda alguna, ha cometido Francia como país y París como símbolo.
Pero hay algo innegable. Así como una mañana, con los adoquines en la mano y cerca de la Sorbona, descubrimos que el mundo había cambiado, hoy volvemos a enfrentarnos a una realidad que no podemos ignorar. La expansión de las expresiones más radicales y violentas del islamismo, como ya se había advertido, pone de manifiesto las contradicciones de un país que no encuentra respuestas.
Una Francia que parece incapaz de ofrecer algo más que perfumes, glamour y grandes promesas. Un país que, detrás de toda esa apariencia, no consigue construir un proyecto de futuro asumible para su propia gente.
Y, sin embargo, estamos hablando de la cuna de la Ilustración. Toda la educación que hemos recibido está impregnada de su pensamiento. Los franceses, con su idioma y su cultura, quisieron jugar a ser los herederos de Grecia y Roma. Y durante mucho tiempo consiguieron ocupar ese lugar en la historia.
Ahora, en estos terribles momentos de descomposición del mundo, quizá les corresponda nuevamente un papel histórico. Tal vez porque no solamente hicieron una revolución, sino que llegaron a guillotinar a su rey, hoy les toca convertirse en el testimonio de por qué la paz en Europa parece cada vez más difícil. Y eso, como Napoleón, como la Ilustración y como el vino francés, termina por afectarnos a casi todos.
Juan Antonio Araujo: París arde porque es una ciudad imperial, la Ciudad Luz… sin imperio. Hay otra historia más allá de la gloriosa Marsellesa y la igualdad, la libertad y la fraternidad. Francia fue un imperio cruel.
Para precisar esa crueldad quiero convocar a nuestros diálogos el recuerdo del abogado del Terror. El penalista francés Jacques Vergès. El brillante bastardo. El abogado del diablo. Vergès defendió a Carlos el Chacal, a Pol Pot, a Wadi Haddad, a Georges Ibrahim Abdallah, a Klaus Barbie (alias Klaus Altmann) y a Djamila Bouhired, sentenciada a muerte por terrorismo en Argelia y quien después sería su esposa. Ofreció sus servicios a Slobodan Milošević, a Sadam Husein y a Muamar el Gadafi, entre otros.
Vergès escribió una obra maestra denominada Estrategia judicial en los procesos políticos, conocida como el libro clásico para enfrentar las verdades de la justicia. Un estudio donde se analiza, se juzga y se condena también al imperialismo y sus atrocidades.
Prometeo es “el acusado político por antonomasia” y, como todos los acusados, acaba exhibiendo a quien lo juzga, condena y castiga o ejecuta. Vergès exhibió al imperialismo en las colonias francófonas oprimidas, defendiendo la violencia y a los violentos.
Vergès, con sorprendente inteligencia, establece una diferencia entre la estrategia de connivencia y la de ruptura. En los procesos de connivencia, como en el célebre caso Dreyfus, el acusado respeta las reglas del juego, acepta la legitimidad de las leyes y la competencia del tribunal. En cambio, plantea magistralmente que en los procesos de ruptura el acusado se erige en acusador de los representantes legales de un sistema injusto.
Querido Antonio: arde París y ardemos todos con lo que sucede en el mundo. El cambio climático y la pérdida de biodiversidad nos enfrentan a un futuro impredecible y absurdamente cruel. ¿Será posible que los seres humanos impidamos que las máquinas hablen en nombre del mal?
La inteligencia artificial es incapaz de gestionar las políticas de hospitalidad y amistad que la supervivencia de nuestro mundo requiere. La hospitalidad, en palabras de Lévinas, implica una responsabilidad hacia el otro, no como acto de caridad opcional, sino como la condición misma de la humanidad. Si París no arde para mejorar los ideales del mundo, sino para perpetuar la guerra y la construcción de los futuros enemigos, no habrá futuro posible más allá de los cálculos de intercambio en los que se debe eliminar al extranjero. Estamos en el filo de la navaja y tenemos que elegir: acoger o rechazar. Como decía el gran marqués de Sade: “Franceses, un esfuerzo más si queréis ser republicanos”...
