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Diálogos en el infierno, 25 años después

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OpiniónEl Economista

Querido Antonio: en estos días he recordado el momento y el lugar preciso en el que estaba cuando el primer avión impactó el WTC de Nueva York. Obsesivamente me resuenan, más que nunca, esas sabias palabras que nos recuerdan, siempre, que para que se escuche bien hay que decirlo dos veces. Con el segundo avión supimos que todo se había ido al carajo. Cómo explicarle a nuestr@s hij@s y a los hij@s de nuestro@s hij@s el 11 de septiembre de 2001, 25 años después.

Estamos más cerca que nunca del colapso de nuestra naturaleza, la biológica (que es el milagro de la Tierra) y la humana (que es una construcción y una arquitectura permanente contra la pulsión de muerte).

Si de la traición no se regresa, hemos traicionado todos los ideales que le daban sentido a Occidente. Cuando veo a Trump y a Netanyahu creo que Osama les ganó la partida y demostró la desnuda brutalidad que se esconde detrás del poder económico mundial. Como decía el gran Gabriel García Marqués en el texto maestro que leyó en 1986 y que se titula el Cataclismo de Damocles: vamos en sentido contrario de la inteligencia y de la clarividencia.

El ataque de ESTADOS UNIDOS DE AMÉRICA contra la Corte Penal Internacional, 25 años después del 9-11, es el principio del fin.

Estos días he recordado mucho el libro que se llama ¿por qué la gente odia a Estados Unidos? Como tú has dicho tantas veces: los americanos los saben todo… pero lo saben mal.

Osama Bin Laden tuvo una visión perversa del terrorismo y una premonición ominosa de los Estados Unidos. Sus ataques siguen abriendo la herida y nos encontramos frente a una profunda erosión de las libertades civiles y un debilitamiento de las instituciones democráticas, consecuencia directa de la "guerra contra el terror" iniciada en 2001. Lo que originalmente se planteó como una estrategia temporal de seguridad nacional se ha transformado, un cuarto de siglo después, en un marco normativo permanente que justifica la vigilancia masiva, el abuso de poder ejecutivo y la polarización extrema.

Querido Juan, siempre es difícil explicar cómo llegamos hasta donde estamos. Especialmente cuando hay que estar preparados para las preguntas de los hijos, de los nietos, de quienes alguna vez, queriéndolo o sin querer, nos vieron como un referente o como una posibilidad de liderazgo sobre el colectivo. Porque a los imperios rara vez se les tumba desde fuera. Normalmente caen desde dentro.

Nuestros hijos y nuestros nietos, dependiendo de cuándo hayan nacido, nunca sabrán realmente lo que significaban aquellas torres. No tendrán la experiencia de entrar en aquel vestíbulo lleno de banderas ni de subir hasta lo más alto y contemplar Nueva York desde un lugar que parecía representar el triunfo y la consagración de Estados Unidos sobre el mundo.

Las Torres Gemelas eran mucho más que dos edificios. Eran un símbolo económico, tecnológico y político. Casi una corona de la supremacía estadounidense. Resulta difícil entender por qué creemos lo que creemos sobre el poder de los demás.

También resulta difícil explicar lo que significaba Windows on the World (Las Ventanas al Mundo, en español) que fue aquel restaurante situado en lo alto de la Torre Norte desde donde parecía posible contemplarlo todo. Había algo profundamente simbólico en aquella imagen: mirar al mundo desde arriba y asumir que esa posición era permanente.

Por eso sigue siendo tan difícil comprender cómo todo aquel poder, toda aquella tecnología y toda aquella seguridad fueron incapaces de impedir lo ocurrido la mañana del 11 de septiembre. La guerra de Afganistán contra la ocupación soviética había dejado detrás armas, combatientes, redes de financiación y una generación formada en la idea de la guerra religiosa.

Estados Unidos había apoyado a la resistencia afgana y había entregado, entre otras cosas, los famosos misiles Stinger para combatir a los soviéticos.

Años después, Afganistán se convirtió en el refugio desde el que Al Qaeda pudo crecer, entrenar y preparar sus operaciones y que terminó por ser fundamental en el ataque al imperio estadounidense.

Nos costará mucho explicar cómo se pudo fallar tanto y durante tanto tiempo en los mecanismos defensivos de la primera potencia del mundo. Solamente una suma general de fallos permite entender lo que pasó. Falló la inteligencia, falló la imaginación y, sobre todo, falló la idea que Estados Unidos tenía de sí mismo.

Porque ése fue quizá el gran descubrimiento de aquel día. El 11 de septiembre, contra cualquier previsión, Estados Unidos se convirtió en humano. Podía ser atacado. Podía ser herido. Podía ser desafiado.

Todo su poder económico, militar y tecnológico no había servido para protegerlo de sus propios fallos internos. Los imperios se caen desde dentro y aquel día una parte del imperio se cayó precisamente porque, pese a las fortunas y los ríos de dinero invertidos en seguridad, nunca se consideró seriamente que un ataque de aquella magnitud pudiera tener éxito.

Ellos estaban protegidos por Dios. O, al menos, habían terminado creyéndolo.

Nunca imaginaron hasta dónde podían llegar las consecuencias de aquellas guerras, de aquellas alianzas y de aquellos enemigos utilizados contra otros enemigos. Afganistán fue una demostración de que las guerras rara vez terminan cuando se retira el último ejército. Dejan armas, redes, resentimientos, ideologías y hombres dispuestos a continuar combatiendo mucho después.

Pero el 11 de septiembre no solamente tuvo un costo en vidas, dinero y poder militar. Tuvo otro mucho más profundo: el costo sobre las fortalezas jurídicas de Estados Unidos.

Doscientos veinticinco años de historia democrática parecieron caer también con las torres. No porque la democracia estadounidense desapareciera aquella mañana, sino porque el miedo comenzó a modificar la relación entre la libertad y la seguridad. Una semana después llegó la autorización para el uso de la fuerza militar. Poco más de un mes después, el Patriot Act amplió considerablemente las facultades del Estado. Meses después comenzó Guantánamo.

Y ése fue otro de los grandes efectos del 11 de septiembre: obligar a Estados Unidos a decidir cuánto de aquello que decía defender estaba dispuesto a sacrificar para defenderse.

Hoy, veinticinco años después, aceptando que nada es exactamente lo que parece y que todo puede perderse cuando se deja de comprender al otro, quizá sea más fácil entender el 11 de septiembre y también lo que ocurrió después. Estados Unidos nunca entendió del todo lo que significaba enfrentarse a una guerra religiosa, a una creencia fanatizada que estaba dispuesta a combatir y morir frente a todo el poder material del mundo.

Otra cosa es lo que hemos hecho los demás con aquella experiencia. Otra cosa es la factura de haber tenido durante generaciones a Estados Unidos como uno de los grandes referentes del éxito legal y democrático y comprobar cómo, a partir de aquella mañana, una parte de esa autoridad comenzó a desvanecerse.

Querido Juan, el problema a partir de aquí es saber que llevamos veinticinco años tratando de recuperar el fundamento moral con el que se ejerce la fuerza. Más de 775,000 militares estadounidenses fueron desplegados en Afganistán durante dos décadas. Murieron 2,461 y más de 20,000 resultaron heridos. Pero la herida más profunda quizá no pueda medirse únicamente en muertos, dinero o soldados. Fue la herida al orgullo estadounidense lo que verdaderamente permeó.

Afganistán, Irak, Siria y las guerras emprendidas después del 11 de septiembre demostraron que tener la fuerza no significa necesariamente tener la razón y que ganar una guerra tampoco significa saber qué hacer con la victoria.

Después de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos construyó buena parte de su liderazgo sobre la combinación de fuerza, prestigio y autoridad. El 11 de septiembre demostró que su fuerza podía ser vulnerada. Los veinticinco años posteriores demostraron algo todavía más peligroso: que la autoridad, una vez perdida, es mucho más difícil de recuperar.

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