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Diálogos en el infierno entre el Norte rico y el Sur que también existe

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OpiniónEl Economista

-Querido Juan: siempre me ha sorprendido el tiempo que tardamos en ponerle nombre a los crímenes contra la humanidad a pesar de que siempre estuvieron claros desde el principio. Lo difícil nunca fue verlos, sino aceptar lo que significaban y convertir aquella evidencia moral en una categoría jurídica capaz de perseguirlos.

En 1915, durante la Primera Guerra Mundial, Francia, Gran Bretaña y Rusia ya denunciaron las matanzas contra la población armenia del Imperio otomano como “crímenes contra la humanidad y la civilización”. Después de la guerra, la comunidad internacional no consiguió construir un sistema efectivo para juzgar este tipo de atrocidades. Tuvieron que llegar el Holocausto, los crímenes del nazismo y los millones de muertos de la Segunda Guerra Mundial para que, en 1945, los crímenes contra la humanidad quedaran formalmente incorporados al Estatuto del Tribunal de Núremberg.

Han sido, por lo menos, cincuenta años de advertencias cada vez más claras sobre el precio que acabaríamos pagando por el desgaste que hemos provocado al planeta. Durante demasiado tiempo lo tratamos como un problema lejano y casi abstracto. Y confieso mi parte de culpa. Era fácil pensar una de dos cosas: o aquello tardaría tanto en ocurrir que encontraríamos alguna solución, o, cuando finalmente ocurriera, nosotros ya no estaríamos aquí para verlo. Sin embargo, estamos vivos y lo estamos viendo.

Aquello que durante décadas pareció un asunto reservado a científicos, ecologistas o gobiernos ha llegado finalmente al lugar que tenemos más cerca del cerebro y que, desafortunadamente, no siempre es el corazón: el estómago. El crimen moral contra la humanidad que significa destruir las condiciones que hacen posible nuestra vida se está convirtiendo también en un crimen contra la economía.

Hoy ya podemos ponerle cifras a nuestro asesinato de la Tierra. El verano de 2026 no fue simplemente otro verano caluroso. En Europa occidental fue el más cálido registrado. En Estados Unidos continental fue el verano más cálido en 132 años de registros. Este mes de agosto fue, además, el agosto más cálido observado a escala mundial. Ya no hablamos de una sospecha ni de una sensación personal frente al termómetro. Hablamos de mediciones.

Y esas temperaturas tienen una traducción económica inmediata. La OCDE ha encontrado, analizando millones de empresas de economías avanzadas, que diez días adicionales por encima de 35 grados pueden reducir alrededor de 0.3% la productividad laboral anual de una empresa. El clima ya entra en el supermercado, en las cosechas, en la productividad, en los seguros, en la infraestructura, en el precio del agua y, finalmente, en el coste de la vida.

El cambio climático ya no se manifiesta solamente en nuestros pulmones, en nuestra salud o en los ecosistemas. También aparece en el bolsillo. No es una posibilidad o proyección futura. Son impactos que ya han sido observados.

Si es verdad que todas las revoluciones empiezan cuando los problemas llegan al estómago, tendremos que convenir que este crimen contra la humanidad, entendido aquí en su dimensión moral, ya tiene una traducción inequívoca como crimen contra la economía. Ya no hace falta preocuparse demasiado por entender lo que vendrá. Hay que empezar a vivir con las consecuencias de lo que hemos hecho, de lo que seguimos haciendo y de lo que hemos hecho entre todos hasta el día de hoy.

El infierno está aquí…y lo hemos provocado nosotros.

Está en los mares y en los ríos. En el agua y en el aire. En las cosechas y en los peces. En las ciudades que necesitan cada vez más energía para soportar temperaturas extremas. En los trabajadores que producen menos porque sus cuerpos no pueden rendir igual bajo un calor insoportable. En los agricultores que dependen de lluvias que ya no se comportan como antes. En los océanos que se calientan y acidifican. En sistemas económicos construidos durante décadas bajo unas condiciones climáticas que están cambiando delante de nosotros.

Después de haber vivido más o menos medio siglo acostumbrados a determinados patrones climáticos, entramos en un mundo mucho menos previsible. Y la Tierra se venga. No porque tenga voluntad, sino porque la física no negocia. Podemos discutir las políticas, los plazos, los modelos económicos y quién debe pagar más o menos por la transición. Lo que no podemos negociar son las consecuencias físicas de seguir acumulando gases de efecto invernadero en la atmósfera.

Ya no cabe solamente preguntarnos qué pasará. También hay que pagar por lo que está pasando.

Eso es lo que resulta más importante entender: el costo de nuestra propia obra. Ya no es una teoría. Ya no es un temor abstracto. Es una realidad concreta que se traduce en inflación, pérdida de productividad, deterioro de cosechas, escasez de agua, daños en infraestructuras, presión sobre los sistemas de salud y una factura cada vez mayor para los gobiernos, las empresas y las familias.

Y tampoco nos matará necesariamente de la forma espectacular con la que solemos imaginar las catástrofes. Nos irá matando de maneras mucho más sencillas. Por el calor. Por la pérdida de cosechas. Por la falta de agua. Por enfermedades agravadas por temperaturas cada vez más extremas.

La Organización Mundial de la Salud estima que, entre 2000 y 2019, aproximadamente 489 mil muertes anuales estuvieron relacionadas con el calor. Y advierte que la exposición humana al calor extremo continúa aumentando en todas las regiones del planeta.

Nos matará por aquello que dejamos de producir, por aquello que dejemos de poder pagar y por aquello que la naturaleza deje de ofrecernos en las condiciones a las que estábamos acostumbrados. Nos matará, en definitiva, porque nunca quisimos aprender a conservar la vida.

Y quizá ésa sea la última ironía. Durante años hablamos de salvar el planeta, como si la Tierra necesitara de nuestra generosidad para sobrevivir. La Tierra seguirá de una forma u otra. Lo que está verdaderamente en juego son las condiciones que durante miles de años hicieron posible nuestra propia vida. Eso es lo que estamos destruyendo. Y ahora, además, ya sabemos cuánto cuesta.

-Querido Antonio: Me llama mucho la atención que ahora entre en los mercados capitalistas la preocupación por la extinción de la vida en la Tierra. De la vida como la conocemos por supuesto.  Los ricos del planeta ya aceptan que hay cambio climático; su ecuación es que las consecuencias las vamos a pagar los países pobres y no ellos. Es la misma actitud racista que el colonialismo y el imperialismo sostuvo durante el siglo XIX y que nos llevó a las dos guerras mundiales del siglo XX.

Después de la reflexión sobre lo que el 11/9 nos ha dejado como herencia, te confieso que he comprobado que la mejor línea editorial la tiene el Infierno. Aquí están todos los temas candentes que me hacen recordar a Pascal y su vergüenza de ser Hombre…

Como apuntas la Tierra arde, los mares mueren lentamente, el suelo se devasta y se erosiona, el aire se envenena, la biodiversidad se extingue, los hielos se funden y los sistemas que sostienen la vida colapsan. ¿Y qué hacemos los seres humanos?

Consumimos.

Cada vez más y siempre, siempre, peor. Aquí y ahora el viejo conservador inglés Edmund Burke resultaría un revolucionario frente a la estupidez de nuestros gobernantes. El pacto de la vida en la Tierra no es un pacto comercial de consumo temporal. Estar vivo (como decía el viejo Burke, en sus Reflexiones sobre la Revolución Francesa) es entender el acuerdo sagrado  entre los vivos, los muertos y los no nacidos.

Cuando hablas de crímenes contra la humanidad y evocas las guerras mundiales siempre pienso en que nosotros, los perfectos idiotas latinoamericanos, como nos nombraba Vargas Llosa y su hijo, no olvidamos que la responsabilidad mayúscula no es la misma en términos históricos.

Los hornos crematorios, las cámaras de gas y la bomba atómica es patrimonio de maldad de los “civilizados”.

Cuando hablamos de crímenes ambientales tampoco podemos olvidar quiénes han contaminado y quiénes han llevado al Mundo al estado de colapso nuclear.

Las armas y la guerra es el gran negocio de los civilizados.

En 1986, a mis 18 años, escuché en la AM de la radio una voz que parecía la voz premonitoria que Dios le había prestado a un hombre: era Gabriel García Márquez hablando en el 41º aniversario del bombardeo nuclear de Hiroshima.

Esa voz  le dijo al mundo sus horrores y sus futuros probables, clamando para impedir que ocurriese el desastre que hoy estamos viviendo. Era una voz que clamaba por un mundo sin armas y una paz con justicia.

Esa voz sabía  que  que un minuto después de la última explocion más de la mitad de los seres humanos habrá muerto. Ante esta evidencia propuso, con toda modestia, pero también con toda determinación del espíritu,  concebir y fabricar un arca de la memoria, capaz de sobrevivir al diluvio atómico. Una botella de náufragos siderales arrojada a los océanos del tiempo, para que la nueva humanidad de entonces sepa por nosotros lo que no han de contarle las cucarachas: que aquí existió la vida, que en ella prevaleció el sufrimiento y prevaleció la injusticia pero que también conocimos el amor y hasta fuimos capaces de imaginar la felicidad. Y que sepa y haga saber para todos los tiempos quiénes fueron los culpables de nuestro desastre, y cuán sordos se hicieron a nuestros clamores de paz para que esta fuera la mejor de las vidas posibles, y con qué inventos tan bárbaros y por qué intereses tan mezquinos la borraron del universo.

Es evidente que no deben ser fáciles los diálogos en el infierno en donde seguramente habitan Einstein y Freud. El optimismo del primero debe hacerle la eternidad infernal. No nos engañemos, el Norte rico y soberbio tiene a la humanidad en una encrucijada  y  es incapaz de gobernar su pulsión de muerte: basta ver la crisis brutal de la ONU y  de la Corte Penal Internacional.

Pero querido Antonio si vamos a irnos a la chingada ambiental, vámonos con elegancia y decoro.  Hagamos el esfuerzo de que Ferrajoli sea parte del arca sideral. Sus palabras son brutales y profundas: el género humano está en riesgo de extinción. No una extinción natural como la de los dinosaurios, sino un insensato suicidio masivo debido a nuestra actividad irresponsable. Demos la batalla por una Constitución global que prohíba la guerra. No existe otra solución ni una mejor defensa.

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