Lectura 4:00 min
La decisión de Ávila

Alberto Aguirre | Signos Vitales
La gota que derramó el vaso fue la presentación, como derecho de réplica, de la lista de líderes de opinión y columnistas que presuntamente dispersan las narrativas anti 4T. La consejera jurídica, Luisa María Alcalde, asumió el costo político de las críticas que desató ese presunto intento de censura.
En el equipo de comunicación claudista muchos voltearon a ver al diputado federal Arturo Ávila, quien desde la vocería del grupo morenista en San Lázaro brincó al cuarto de guerra de la comunicación presidencial justamente por su dominio del ecosistema digital que se ha extendido en los últimos dos sexenios.
En el pasado, ese era un feudo en el que Jesús Ramírez Cuevas y Jenaro Villamil no admitían intrusiones. Desde la campaña presidencial del 2024, la estrategia claudista fue implementada por un cúmulo amplio de voces, entonces coordinado por Iván Escalante, en el que destacó Citlalli Hernandez, quien podía transmitir el mensaje con nitidez a distintos públicos.
La exsenadora tenía asegurada una posición en el gabinete presidencial y pudo alcanzarla, como la más joven. Lo fue Josefina Ramírez, quien llegó a la secretaría de turismo con apenas 35 años cumplidos, uno menos que la secretaria de las mujeres y ahora coordinadora nacional de elecciones del CEN morenista.
Ávila había construido una amplia red de influencers desde la interna morenista del 2023. Esos esfuerzos, primero beneficiaron a Adán Augusto López Hernández y durante el primer año legislativo, a Ricardo Monreal. Pero desde que la Presidencia de la República impulsó su propuesta de reforma electoral, sus aportes fueron incorporados al grupo que prepara las líneas de comunicación gubernamentales. Anteriormente, Alfonso Brito se había incorporado a esas deliberaciones, con los temas de seguridad y justicia.
El legislador hidrocálido había generado presencia mediática por su presencia en las conferencias de San Lázaro y su recurrente participación en paneles en medios electrónicos. Su perfilamiento como probable competidor de Alessandra Rojo de la Vega, alcaldesa de la Cuauhtémoc, no fue sino hasta este año. Las encuestas mostraban que tenía una presencia importante en la entidad del Bajío, pero los monrealistas necesitaban jugar una carta confiable, luego de que Caty Monreal decidiera no repetir la experiencia del 2024.
Ávila sabía de su posicionamiento mediático, pero necesitaba tener arraigo territorial en la demarcación capitalina. Las estructuras monrealistas trabajaron algunas zonas y otras fueron visitadas directamente por el diputado federal, al margen de las asambleas informativas en defensa de la soberanía y la transformación.
Otras figuras partidistas siguieron sus pasos. Entre ellas, Diana Sánchez Barrios y —aunque con menor intensidad— Cinthya López Castro. El morenismo mostraba así un peculiar interés por uno de las alcaldías con mayor importancia estratégica en la Ciudad de México, que no es tan visible —hasta ahora— en otros bastiones panistas, como Miguel Hidalgo y Benito Juárez.
Aunque percibió con claridad que enfrentaría resistencias de grupos de interés, Ávila tuvo un éxito relativo en sus primeros recorridos… hasta que públicamente manifestó su interés de buscar la candidatura de Morena en la alcaldía Cuauhtémoc. Paradojas de las internas morenistas: generar consensos puede convertirse un boomerang para los aspirantes.
Hace cuatro semanas, el legislador federal cumplió con una instrucción presidencial y se reunió con la cúpula partidista para recibir una invitación formal: mantenerse como vocero del grupo parlamentario en la próxima legislatura federal. Casi inmediatamente comenzó la cargada que obligó a Citlalli Hernández a un deslinde sobre su presunta candidatura para el 2027.
Arturo Ávila no puede quejarse de maltrato. Todo lo contrario. Acatar instrucciones superiores, empero, no siempre es bien aquilatado en las filas morenistas, sobre todo en los sectores radicales, que lo siguen considerando como externo.

