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Clavo Movimiento: el laboratorio necesario dentro del sistema

Gabriela Gorab | Entre quimeras y palabras
La Semana del Arte en la Ciudad de México no es un evento aislado ni una suma de ferias que compiten entre sí, al menos así lo percibimos y vivimos muchos . Es un sistema variado y complejo, Clavo Movimiento ocupa un lugar específico y necesario.
Clavo nace como una idea sencilla pero profundamente pertinente: crear un soporte real para proyectos jóvenes de arte contemporáneo en México, entendiendo lo emergente como una fase temprana —y fundamental— del sistema artístico. Lo que comenzó como un gesto colectivo, más cercano a un movimiento que a una feria tradicional, se ha consolidado, a lo largo de ocho ediciones, como una plataforma clave para la profesionalización de proyectos independientes, espacios autogestionados y galerías jóvenes.
Desde sus primeras ediciones, Clavo ha funcionado como un punto de encuentro donde los proyectos no solo exhiben obra, sino que aprenden a operar dentro del ecosistema profesional del arte: producción, montaje, circulación, venta, diálogo con públicos y generación de redes. Lejos de romantizar la precariedad, la feria ha apostado por acompañar procesos en formación, preparando a artistas y gestores para su inserción futura en circuitos más amplios y consolidados.

Clavo Movimiento.
“Ayudar a la incorporación de artistas y proyectos jóvenes, profesionalizarlos e integrarlos con iniciativas más asentadas es uno de nuestros focos”, señala su director, Sebastián Barrandeguy. Esta integración —y no la oposición— ha sido una de las constantes que definen la identidad de Clavo.
La edición 2026, la octava en su historia, se llevará a cabo del 5 al 8 de febrero en Vivero El Escondido, en la colonia Atlampa. La elección del espacio responde a una de las características distintivas de la feria: entender el venue como una extensión del discurso curatorial. A lo largo de los años, Clavo ha activado casas coloniales, escuelas y antiguos espacios industriales, explorando formatos expositivos que expanden —sin negar— los modelos tradicionales de exhibición.
“Cada lugar donde sucede Clavo aporta algo en sí mismo por su propia característica e historia”, apunta Barrandeguy.
En esta edición, El Escondido —un vivero con más de 50 años de trayectoria, fundado en 1970— introduce un cruce entre naturaleza, memoria y saberes tradicionales. Sus plantas, cultivadas, convierten el espacio en un escenario vivo que dialoga con las propuestas contemporáneas y enriquece la experiencia del público.
Con alrededor de 40 proyectos seleccionados, Clavo 2026 presenta una selección diversa que incluye iniciativas y artistas provenientes de Estados Unidos, Colombia, Argentina y Brasil, ampliando el diálogo de la escena emergente mexicana hacia un contexto internacional. Entre los proyectos relevantes de esta edición se encuentran Ruido, Proyecto Y, Observatorio de Arte, Playa Escandón y The Black Piglet, que reflejan la pluralidad de enfoques, prácticas artísticas y modelos de gestión que hoy coexisten dentro del arte contemporáneo.
Uno de los pilares que definen a Clavo es su política de cuotas accesibles para los participantes. Esta decisión no solo amplía las posibilidades de acceso, sino que refuerza una lógica de colaboración constante, alentando soluciones creativas y formas de trabajo colectivas.
“Lo encaramos como una oportunidad para ser creativos y encontrar soluciones alternativas a cada situación”, explica Barrandeguy.
En coherencia con esta visión, los vínculos con instituciones y marcas se establecen desde la transparencia y el entendimiento profundo del espíritu de la feria, garantizando su autonomía conceptual y su sostenibilidad dentro del sistema cultural más amplio.
Este intercambio genera conexiones que trascienden la temporalidad de la feria.
“Siempre hay puntos de contacto en los temas que se abordan, y eso va tejiendo una trama común”, afirma Barrandeguy.
Una trama que permite que los proyectos crezcan, se fortalezcan y, con el tiempo, se integren a circuitos de mayor escala.
Desde mi perspectiva, el arte sigue siendo uno de los pocos lenguajes verdaderamente universales. Cuando el talento encuentra espacios donde compartirse, se convierte en un catalizador de comunidad, de diálogo y de salud emocional.
Espacios como Clavo no solo muestran obra: generan encuentros donde podemos reconocernos, pensar en colectivo y volver a conversar desde lo humano.
Más que una feria, Clavo Movimiento es una estructura viva, en constante evolución. Su impacto no se mide únicamente en cifras, sino en procesos: en la continuidad de los proyectos que participan, en los vínculos que se sostienen y en su capacidad para fortalecer la escena emergente y de mediana carrera, articulándola con iniciativas consolidadas.
“Lo emergente es el comienzo de todo y encierra lo más auténtico de lo que está pasando hoy”, subraya Barrandeguy. En ese sentido, Clavo no compite con las grandes estructuras del sistema del arte: las alimenta desde la raíz.

