Si el plan de rescate de Biden funciona detendrá la pandemia, evitará calamidades sociales y el colapso de los servicios públicos estatales y municipales. La reconstrucción económica vendrá con otro paquete de medidas y con el acento puesto en infraestructura, energía y política para el clima.

AUSTIN – En el espacio de menos de tres meses, una conspiración de acontecimientos transformó la escena política estadounidense. En primer lugar, la pandemia de COVID‑19 derrotó a Donald Trump, no porque cambiara el sentimiento de la población en este país profundamente polarizado, sino más bien porque el virus abrió de par en par las puertas del acceso al voto. Un enorme incremento de la votación anticipada y por correo llevó a que la participación en la elección de 2020 superara a la de 2016 por 20 millones de votos, con una proporción mayor del electorado que en cualquier otra elección presidencial estadounidense desde 1900.

En segundo lugar, gracias a diez años de organización en el nivel local de parte de activistas por el derecho al voto liderados por Stacey Abrams, en la segunda vuelta del 5 de enero Georgia reemplazó a sus dos senadores republicanos con demócratas, con lo que el Partido Demócrata del presidente Joe Biden obtuvo por estrecho margen el control del Senado de los Estados Unidos.

Finalmente, Trump y algunos de sus colegas republicanos incitaron a una turba para que asaltara el Capitolio. Ese catastrófico error de cálculo político provocó la muerte de cinco personas (incluido un oficial de policía), el segundo proceso de destitución contra Trump y la deshonra duradera de los candidatos más aguerridos a ocupar el lugar del presidente derrotado, los senadores Josh Hawley (Missouri) y Ted Cruz (Texas).

Era el momento para que Biden expusiera al país sus planes económicos. Y cuando habló, lo hizo con enfoque, precisión y un sentido claro de la escala y del alcance de las acciones que la situación demanda.

Biden propuso un plan de rescate que buscará una serie de objetivos urgentes al mismo tiempo. Su primera prioridad es la salud pública, un tema largamente descuidado que es posible resolver en parte mediante la creación de clínicas y centros vacunatorios comunitarios y con la capacitación y contratación de al menos 100 000 nuevos trabajadores sanitarios para cumplir tareas básicas de control de epidemias. Elementos esenciales del plan llegarán a comunidades minoritarias y de bajos ingresos y a las cárceles.

Un segundo objetivo del plan de Biden es la complementación de ingresos mediante un adicional en efectivo para las familias que estén por debajo de cierto umbral, la extensión y ampliación del seguro de desempleo, licencias pagas por emergencia, subvenciones a inquilinos y pequeñas empresas, y la posibilidad de imputar como crédito fiscal los gastos en cuidado infantil.

En tercer lugar, el plan de Biden busca apuntalar el federalismo mediante la provisión de unos 350,000 millones de dólares en apoyo a los gobiernos de estados y municipios que han sufrido una enorme reducción de sus bases tributarias.

Son fondos que se necesitan con urgencia para mantener en sus puestos a maestros, bomberos, policías y otros servidores públicos esenciales; lo mismo que los 20 000 millones de dólares adicionales que se destinarán a sostener el funcionamiento del sistema de transporte público durante la crisis.

Finalmente, el plan de Biden tiene un elemento de justicia, ya que propone un muy demorado incremento del salario mínimo federal a quince dólares la hora (esto supondrá un aumento salarial para alrededor del 30% de los trabajadores estadounidenses).

Biden hizo bien en presentar su propuesta como un «plan de rescate» para Estados Unidos, más que un programa de «recuperación» o «estímulo». Si el plan funciona, detendrá la pandemia y evitará una variedad de calamidades sociales y el colapso de los servicios públicos estatales y municipales. La reconstrucción económica es importante; pero es un objetivo separado que se puede buscar con un segundo paquete de medidas. Biden se esforzó en dejar esto en claro: sólo cuando el plan de rescate esté en marcha, entonces podrá empezar la reconstrucción, con el acento puesto en la infraestructura, la energía y la política para el clima.

Entre otras cosas, la segunda etapa se puede usar para que los sectores avanzados de la economía estadounidense vuelvan a estar al servicio del interés público y de las necesidades sociales.

Esta secuencia temporal es fundamental, porque no se puede esperar que esos sectores renazcan y vuelvan a ocupar el lugar que tenían antes en la economía. La pandemia hizo estragos en la industria aeroespacial, la construcción de oficinas y centros comerciales, el sector de la energía y muchas otras áreas, y esto obliga a reasignar una amplia variedad de habilidades y recursos; en esto, un programa económico para la segunda fase puede servir de guía.

Lo más importante es que el plan de Biden no incluye los guiños habituales a Wall Street en materia de déficit presupuestario y deuda nacional. No propone meras medidas transitorias que se revertirán más tarde, ni apela a pronósticos económicos para ir de los desembolsos del programa a sus resultados.

Esto es sumamente alentador, dada la orientación ortodoxa del equipo económico de Biden. Tras comprometerse con una agenda tan ambiciosa al principio de su gobierno, será más difícil que su gente se eche atrás más tarde.

Pero al paquete de Biden le faltan tres cosas de las que habrá que ocuparse a su debido momento. En primer lugar, ni los programas de salud pública ni las iniciativas referidas a infraestructura, energía y clima proveerán empleos suficientes para compensar las pérdidas en el enorme sector de servicios estadounidense.

Tras la inevitable reducción del trabajo de oficina y venta minorista y la desaparición de una amplia variedad de servicios presenciales que no sobrevivieron a la pandemia, los estadounidenses de clase media se han retirado a sus hogares en la periferia. Ya es evidente que tarde o temprano, habrá que hablar de un programa de empleo garantizado en el sector público o no lucrativo.

En segundo lugar, para volver a ser viables, muchos servicios y pequeñas empresas tendrán que adoptar nuevos esquemas de propiedad y reparto de costos, y el mejor modo de hacerlo es mediante estructuras cooperativas con mecanismos adecuados de supervisión y financiación en el nivel local. Y se necesitarán esquemas similares para sostener el trabajo de artistas, actores, músicos y escritores. Lo mismo que en el New Deal, la gente creativa de los Estados Unidos necesita (y merece) el apoyo que la economía comercial no podrá proveer.

Para terminar, una vez superada la crisis inmediata, deberán tomarse medidas de emergencia para la postergación de alquileres, hipotecas, facturas médicas y préstamos estudiantiles mediante un sistema que pueda reducir, cancelar o resolver deudas impagables en forma justa y ordenada.

Estos últimos pasos presuponen los anteriores. Pero después de una inauguración magnífica, ya estamos viendo los primeros atisbos de un liderazgo coherente, competente, dedicado y serio. No hay duda de que el presidente Biden tiene capacidad para enfrentar la emergencia inmediata, y ya comenzó con el pie derecho. Ahora el país debe exigir que el Congreso apruebe su programa de inmediato.

El autor

James K. Galbraith,  ex director ejecutivo del Comité Económico Conjunto, es profesor de gobierno y presidente de relaciones gubernamentales / comerciales en la Escuela de Asuntos Públicos Lyndon B. Johnson de la Universidad de Texas en Austin. Es el autor de Inequality: What Everyone Needs to Know and Welcome to the Poisoned Chalice: The Destruction of Greece and the Future of Europe.

Traducción

Esteban Flamini

Copyright: Project Syndicate, 2020

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