“Si William Faulkner tenía el sur estadounidense, James Joyce tenía Dublín. Yo tengo Nueva York y sus alrededores”. Esta fue la afirmación que hizo Lou Reed cuando en 1989 decidió titular su álbum New York, como una declaración del lugar que fue uno de los personajes más explorados a lo largo de toda su obra musical desde el Velvet Underground hasta el Hudson River Wind Meditations, su último álbum en solitario. New York fue el decimoquinto álbum como solista de Lou Reed y donde el otrora líder del Velvet Underground escribió su carta de amor para esta sucia y frenética ciudad.

En este casi ficticio Nueva York aparecía una pátina de personalidades tan diversas desde Mike Tyson, el reverendo Jesse Jackson, Andy Warhol y Rudy Giuliani hasta el magnate Donald Trump, personajes de esta urbe que se mezclaban entre su propia puesta en escena de Romeo y Julieta frente a la Estatua de la Intolerancia y los sueños rotos que Pedro mira pasar desde un apestoso cuarto en el Hotel Wilshire, con paredes de cartón y periódicos en el piso en aquel sucio boulevard.

Lou Reed volvió a recorrer líricamente las mismas calles que ya había explorado en “Walk on the Wild Side” durante los libertinos setentas y en vez de hallar ese festivo y decadente ambiente se encontró con un desfile de Noche de Brujas, en el que se cristalizaban las siluetas de fantasmas que desaparecieron de la vida de Reed devastados por la crisis del VIH que arreciaba sobre las calles de la ciudad a finales de la década de 1980.

New York fue el primer álbum que Lou Reed editó para la disquera Sire, cuyo catálogo se conformaba por nombres como los Ramones, Talking Heads, The Smiths, The Pretenders, The Cure o Depeche Mode. Al haber concluido su relación contractual con Arista Records, Reed dejó atrás una serie de álbumes que habían decepcionado a la crítica y alienado a sus fanáticos. Reed cerraba un ciclo de diez años donde había quedado opacado por otros sonidos. “Realmente me he acostumbrado a ser una figura de culto”, decía Reed por aquellos días, de acuerdo con el recuento del biógrafo Anthony De Curtis. Sorprendentemente el álbum le daría a Reed su primera nominación a un premio Grammy, un número 1 para “Dirty Boulevard” y lo consagró como un respetado ícono del underground y el padrino del rock neoyorquino.  

Para los devotos de Reed, este álbum se volvió una de las joyas más buscadas durante años recientes. New York no se había vuelto a reeditar desde su lanzamiento en enero de 1989. Para celebrar los 31 años de New York, la disquera Rhino Records desempolvó las cintas con la colaboración de su viuda Laurie Anderson, el archivista de Reed, Don Fleming, los productores Bill Inglot, Jason Stern y el recientemente fallecido Hal Willner. Además del álbum original, la reedición sumerge al escucha en las maquetas que Reed construyó con Fred Maher (de Scritti Politti), Mike Rathke y Rob Wasserman en los estudios Media Sound y desempolva un concierto que ofreció el 16 de marzo de 1989 en la sala de conciertos Joseph Meyerhoff, de Baltimore.

Lou Reed continuó explorando hasta el final de su obra a Nueva York y a sus inadaptados habitantes, que siempre trataron de encajar en este imaginario lugar. Los personajes, al igual que su creador, experimentaron su propia revolución sexual, vivieron siempre al límite y construyeron sus propias reglas dentro de una urbe inclemente. Provenían de las mismas calles, como sacados de una novela de Hubert Selby Jr., J. D. Salinger o Sol Yurick. 31 años después, New York sigue siendo un viaje a otra realidad. Este mundo habitado por outsiders, drogadictos, travestis, delincuentes y uno que otro malviviente, y que Lou Reed construyó magistralmente en sus letras, nos sigue ofreciendo mucha sabiduría y sigue extendiéndonos la invitación a una aventura siempre única por esta ciudad.

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Antonio Becerril

Coordinador de operaciones de El Economista en línea