Una persona resentida es aquella que tiene hostilidad contra algo o alguien, una ira no resuelta sobre un acontecimiento, enfurecimiento o la incapacidad de perdonar.

Esto explica el resentimiento que tiene López Obrador contra Felipe Calderón, porque cree que le robó la Presidencia, o contra intelectuales como Héctor Aguilar Camín y Enrique Krauze, que desde que era candidato advirtieron el riesgo que había en caso de que llegara a la Presidencia.

En la elección del 2006, más que resentimiento con Calderón, debería tenerlo con Marcelo Ebrard que en esa elección perdió votos que resultaron definitivos para que López Obrador no ganara la elección presidencial. En el caso de Aguilar Camín y Krauze, el hoy presidente siempre ha tenido resentimiento con todos los intelectuales y de hecho con cualquiera que esté preparado, como lo demuestra su desprecio hacia aquellos que estudian en el extranjero o adquieren títulos de posgrado.

López Obrador es un hombre resentido, no por cuestiones sociales, ya que no viene de la pobreza, sino por cuestiones personales, le sigue pesando que haya sido un pésimo estudiante que tardó más de 10 años en graduarse y de que haya perdido dos veces la elección presidencial.

Dice el dicho “siembra vientos y recogerás tempestades”, López Obrador dice que es el presidente más atacado de la historia; tiene razón, lo que no dice: que es el presidente que más ha criticado, denostado, ofendido y calumniado a todos aquellos que no coinciden con él.

Probablemente para llegar a la Presidencia tenía que ser un crítico severo del sistema, pero ya sentado en la silla presidencial sus ataques lo único que están provocando es una parálisis económica y un creciente conflicto político que no tienen precedentes en los últimos años.

Nunca había visto un presidente que usara el poder del Estado para descalificar a sus críticos y nunca habíamos vivido un gobierno que a los dos años estuviera confrontado con los empresarios, gobernadores, partidos y políticos de oposición, expresidentes, intelectuales, medios de comunicación y periodistas, organizaciones de la sociedad civil y que tuviera en su contra a la mitad de la población.

Con su discurso ha provocado también la intransigencia de todos los que están en contra de su gobierno y el surgimiento de grupos radicales de derecha como “Frena” que, en forma irracional, piden la renuncia del presidente; esta intransigencia es en parte una respuesta a personajes como Paco Ignacio Taibo que recomienda que quien no esté de acuerdo mejor se vaya del país.

El presidente, en lugar de tratar de calmar las aguas, diariamente en las mañaneras le echa más gasolina al fuego y provoca un descontento creciente como lo vivimos la semana pasada: el enfrentamiento violento en Chihuahua, el rompimiento de la Conago, la toma de las oficinas de la Comisión de Derechos Humanos, el choque con los medios de comunicación y los intelectuales, la burla a Calderón porque le negaron el registro, entre otras cosas.

El presidente López Obrador está auténticamente jugando con fuego y la profunda división que está provocando entre la población puede acabar en un conflicto social que está empezando a salirse de sus manos. López Obrador debería dejar de lado sus resentimientos y complejos para empezar a actuar como presidente de todos los mexicanos.