Previo a la pandemia, algunas personas de generaciones jóvenes expresaban sentir ansiedad social, que se caracteriza por los sentimientos que van de la incomodidad a una verdadera fobia de  interactuar socialmente en la vida cotidiana, sobre todo en situaciones que exigen cierta exposición de uno mismo, como entablar conversaciones con compañeros de escuela y/o trabajo, o incluso, atender llamadas telefónicas en lugar de mensajes escritos.

Con las restricciones de la pandemia, es evidente que la forma en la que interactuamos socialmente cambió radicalmente. Aunque en algunos países la población ha regresado por ejemplo, a eventos masivos o a sociabilizar en interiores, la ansiedad social post pandemia es una realidad en muchos sectores de la población.

Existen grupos que antes de la pandemia, nunca fueron realmente expuestos a la sociabilidad en ciertos contextos y esto puede generar un proceso de socialización tardío – es decir, el proceso por el que aprendemos las normas para convivir en sociedad- como es el caso de los niños que vieron interrumpida su entrada por primera vez a la escuela. Lo mismo sucede con los recién egresados en busca de su primer trabajo, o los que ingresaron a una nueva escuela para continuar su educación. Esencialmente, estos lugares son considerados como esenciales en la socialización secundaria: es donde aprendemos a convivir fuera de casa, aprendemos normas de convivencia en sociedad. ¿Qué consecuencias tiene este tipo de atraso en la socialización en cómo los niños y jóvenes se relacionarán? Antes de la pandemia, algunos especialistas advertían sobre la utilidad del internet en la formación de los niños y jóvenes, pero también sobre la necesidad de reglamentar y supervisar su uso desde casa.

Las nuevas generaciones batallan, por ejemplo, para interacciones verbales con desconocidos que no pasen por mensajes escritos en pantalla. Por convivir y mantener conversaciones en contextos diferentes, por ejemplo, en una comida con personas con las que habitualmente no comen. La ansiedad social que esto pueda significar para ellos a raíz de una pandemia que revolucionó nuestras formas de relacionarnos aún no la vivimos. Probablemente es necesario estimular y buscar proactivamente los espacios para que los niños y jóvenes puedan expresarse no solamente mediante el intercambio verbal, sino mediante la realización de actividades en conjunto, como juegos de roles, cocinar, expresar emociones por medio de las artes para poder normalizar la interacción social.

No es extraño que muchas personas que padecían ansiedad social la hayan visto también acrecentada a raíz de la pandemia. Más allá de ver estas situaciones que requieren “corregirse”, es necesario en el caso de niños y jóvenes, buscar alternativas a las maneras en las que conviven. Y en adultos, tenerse paciencia para valorar ante todo, el bienestar para poder seguir dando pasos hacia la mejoría de la incomodidad que podría provocar la convivencia con los demás.

Ante estos escenarios, la comida en conjunto será indudablemente un vehículo para facilitar estas interacciones que se han visto mermadas en calidad y cantidad a raíz de la pandemia. Es difícil predecir hasta dónde llegarán los impactos del retraso en la socialización por ejemplo en niños, pero no resulta imposible favorecer y adaptar formas de convivencia en las que puedan ir aprendiendo normas sociales. La sociabilidad tendrá de cualquier manera, una metamorfosis segura en los años por venir, a raíz de las nuevas formas de trabajar, estudiar y organizar el día a día.

@lilianamtzlomel

Liliana Martínez Lomelí

Columnista de alimentación y sociedad

PUNTO Y COMO

Columnista de alimentación y sociedad. Gastronauta, observadora y aficionada a la comida. Es investigadora en sociología de la alimentación, nutricionista. Es presidenta y fundadora de Funalid: Fundación para la Alimentación y el Desarrollo.

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