Resultan notables los tropiezos que está teniendo el presidente Biden para realizar sus programas importantes. Ellos no sólo son necesarios para su país, sino también para el mundo dada la importancia global que tiene Estados Unidos.

Su programa de infraestructura tiene como antecedente lo que se hizo en EU en los años 30 del siglo pasado, para superar la Gran Depresión haciendo una vasta actividad de obras públicas. El programa del presidente Biden pretende expandir el crecimiento económico para crear empleos, beneficios sociales y superar rezagos. Sin embargo, el Congreso dividido le significó reducir en 50% el presupuesto, con resultados previsibles menores a los estimados. También ello advierte de las dificultades para obtener consensos.

Programa incuestionable es la obligatoriedad de la vacunación. Pero ya tiene fuertes oponentes. En Texas, tres jueces, dos de ellos nombrados por el expresidente Trump, han bloqueado la decisión del presidente Biden de imponer la vacuna a los trabajadores de las empresas que cuenten con al menos 100 empleados. Este fallo significa retrasar el proceso de inmunización. Aún así, 70% de los estadounidenses adultos han completado su proceso de vacunación, nivel con el que se considera que la población está inmunizada.

Estas dificultades se explican por la oposición republicana y por rupturas dentro del Partido Demócrata, para que el Presidente se limite en sus programas, debilitándolo de cara a las elecciones intermedias.

Las limitaciones también explican las resistencias del gobierno estadounidense de llevar a cabo una política migratoria que atienda las prioridades del país, pero también el respeto a los migrantes.

Hay demasiado racismo en sectores importantes de la población y de sus representantes. Recordemos que el expresidente Obama, en su momento presentó al Congreso una reforma migratoria, pero éste la rechazó. Tampoco es posible ver una perspectiva favorable de inversiones privadas de empresas estadounidenses en centroamérica y en el sureste mexicano, como se ha ventilado recientemente y cuyo propósito sería retener a la población para evitar que emigre.

En contraste resalta la decisión que la Canciller alemana Angela Merkel tomó hace unos años al abrir a su país para que entraran 1.3 millones de migrantes que huían de las guerras en el Medio Oriente. No fue fácil aceptar por parte de su partido de filiación conservadora, pero se logró con base en un trabajo político de concertación en un país en donde el nacionalismo es de alto riesgo. Estos  migrantes fueron a trabajar y lo hicieron muy bien.

La popularidad del presidente Biden va de picada, perdiendo 15 puntos ante la dificultad de cumplimiento de sus promesas. Por eso es que el Partido Demócrata perdió la gubernatura de Virginia, un estado conservador pero que ha votado desde hace más de 10 años por el candidato demócrata. También es sintomático el rechazo de la propuesta de abolición de la policía en Minneapolis, ahí donde ocurrió la muerte de George Floyd en manos de un policía blanco.

Afuera del país se han radicalizado las amenazas entre Biden, Putin y Xi Jinping, que no abonan a la cooperación y a las relaciones positivas. Esto es particularmente grave cuando vemos que Rusia es el principal proveedor de los  energéticos que llegan a Europa utilizando a Bielorrusia para hacer el trabajo sucio amenazando con cerrar el gasoducto Yamal que conecta Rusia con Alemania.

Por su parte, Xi Jinping ha recibido del Partido Comunista el otorgamiento de un poder absoluto, como lo tuvo Mao y Deng Xiaoping. Esto conduce a una polarización de las potencias y sus líderes.

smota@eleconomista.com.mx

Sergio Mota Marín

Economista

Economía y Sociedad

Escritor y licenciado en economía, egresado de la Universidad Nacional Autónoma de México. De 1984 a 1990 fue embajador de México ante el Reino de Dinamarca, donde se le condecoró con la orden Dannebrog.

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