Lectura 7:00 min
Pongamos la fecha desde hoy

A las cinco y media del miércoles 2 de octubre de 1968, aproximadamente diez mil personas se congregaron en la explanada de la Plaza de las Tres Culturas para escuchar a los oradores estudiantiles del Consejo Nacional de Huelga (CNH), los que desde el balcón del tercer piso del edificio Chihuahua se dirigían a la multitud compuesta en su gran mayoría por estudiantes, hombres y mujeres, niños y ancianos sentados en el suelo, vendedores ambulantes, amas de casa con niños en brazos, habitantes de la unidad, transeúntes que se detuvieron a curiosear, los habituales mirones y muchas personas que vinieron a darse una “asomadita”. El ambiente era tranquilo a pesar de que la policía, el ejército y los granaderos habían hecho un gran despliegue de fuerza. Muchachos y muchachas estudiantes repartían volantes, hacían colectas en botes con las siglas CNH, vendían periódicos y carteles y, en el tercer piso del edificio, además de los periodistas que cubren las fuentes nacionales, había corresponsales y fotógrafos extranjeros enviados para informar sobre los Juegos Olímpicos que habrían de iniciarse diez días más tarde.
(...) Un estudiante apellidado Vega anunciaba que la marcha programada al Casco de Santo Tomás del IPN no se iba a llevar a cabo, en vista del despliegue de fuerzas públicas y de la posible represión, surgieron en el cielo las luces de bengala que hicieron que los concurrentes dirigieran automáticamente su mirada hacia arriba. Se oyeron los primeros disparos. La gente se alarmó. A pesar de que los líderes del CNH desde el tercer piso del edificio Chihuahua gritaban por el magnavoz: “¡No corran compañeros, no corran, son salvas! ¡No se vayan, no se vayan, calma!”, la desbandada fue general. Todos huían despavoridos y muchos caían en la plaza, en las ruinas prehispánicas frente a la iglesia de Santiago Tlatelolco. Se oía el fuego cerrado y el tableteo de ametralladoras. A partir de ese momento, la Plaza de las Tres Culturas se convirtió en un infierno.
Así lo escribió Elena Poniatowska en su libro La noche de Tlatelolco. Y aquel infierno, medio siglo después, todavía destila azufre. Porque la violencia sigue siendo, como dijo Mahatma Gandhi, quien también nació un 2 de octubre, el miedo a los ideales de los demás. (¿No es verdad que, hoy más que nunca, podríamos repetirlo 43 veces sin parar?)
La prensa del día siguiente, jueves 3 de octubre de 1968, reaccionó casi de idéntica manera. Vayan algunos ejemplos: en la nota del periódico Excélsior podía leerse: “Nadie observó de dónde salieron los primeros disparos. Pero la gran mayoría de los manifestantes aseguraron que los soldados, sin advertencia ni previo aviso comenzaron a disparar (...)
Los disparos surgían por todos lados, lo mismo de lo alto de un edificio de la Unidad Tlatelolco que de la calle donde las fuerzas militares en tanques ligeros y vehículos blindados lanzaban ráfagas de ametralladora casi ininterrumpidamente...”.
Novedades, El Universal, El Día, El Nacional, El Sol de México, El Heraldo, La Prensa, La Afición, Ovaciones refirieron que el ejército tuvo que repeler a tiros el fuego de francotiradores apostados en las azoteas de los edificios. Calcularon la participación de unos 5,000 soldados y muchos agentes policiacos vestidos de civil que tenían un guante o pañuelo blanco envuelto en la mano derecha para identificarse unos a otros y comenzar a disparar a todo aquel que pareciera peligroso.
Que el fuego intenso duró 29 minutos y luego los disparos decrecieron, pero no acabaron. Que los tiros salieron de muchas direcciones y las ráfagas de las ametralladoras zumbaban en todas partes, según varios reporteros. La prensa reportó que el ejército había tomado la Plaza de las Tres Culturas con un movimiento de pinzas; es decir, llegando por los dos costados y que los soldados avanzaron disparando armas automáticas contra los edificios.
Los cuerpos de las víctimas que quedaron en la Plaza de las Tres Culturas no pudieron ser fotografiados porque los elementos del ejército lo impidieron y el saldo de la masacre de Tlatelolco aún no acaba de aclararse.
En los diarios del 6 de octubre se reportaron “100 personas de las cuales sólo se sabe de las recogidas en el momento; los heridos cuentan por miles”. Ese mismo día, el CNH, al anunciar que no realizaría nuevas manifestaciones o mítines, declaró que las fuerzas represivas habían causado la muerte a 150 civiles y 40 militares. Por otro lado, en Posdata, Octavio Paz citó el número que el diario inglés The Guardian, tras una investigación cuidadosa, indicaba como la cifra más probable: 325 muertos.
Se reportó también que las cero horas de aquel infernal día dejaron de escucharse disparos en el área de Tlatelolco. Que los edificios fueron desalojados por la tropa y cerca de 1,000 detenidos fueron conducidos al campo militar número 1 mientras otros muchos se llevaron a Santa Martha Acatitla. De los heridos y desaparecidos no se supo nada. después 10 días, se inauguraron los Juegos Olímpicos México 68.
Dicen que todo comenzó con una pelea. Por culpa de un incidente en un partido de futbol americano, el 23 de julio de 1968, entre la vocacional 2 del IPN y la preparatoria Isaac Ochoterena, incorporada a la UNAM. Y que la gresca terminó cuando el cuerpo de granaderos intervino, deteniendo estudiantes y entrando a las instalaciones de dicha vocacional.
Llegaron las protestas, las marchas, las pintas, los mensajes que, escritos en las mantas, decían con todas sus letras lo que nadie se atrevía a escribir en ningún periódico. El ejército ocupó Ciudad Universitaria y Javier Barros Sierra, rector de la UNAM, indignado, no pudo sino expresar una profunda tristeza y lanzar cabal protesta: colocó la bandera de la universidad a media asta y pronunció un discurso que hoy tampoco se olvida: “Hoy la Universidad está de luto”, antes de ponerse al frente de una marcha para salir a la calle con todos sus alumnos.
Nadie calculaba la muerte, el silencio, la masacre.
No se olvida, no olvidamos y jamás olvidaremos. Carlos Monsiváis, que ya no está, pero siempre aparece cuando debe, escribió hace 10 años, ante la marcha que iba a realizarse para celebrar el 40 aniversario del 2 de octubre:
Ya no son las manifestaciones simbólicas o sintomáticas que el tamaño de la ciudad ahoga, y gran parte de la emoción, como suele suceder, se desprende del júbilo demográfico. Si somos tantos, nuestra causa no es ni marginal ni reprimible ni alegórica. Por lo menos en el capítulo de las marchas, el Movimiento no conoce el declive.
Si las asambleas, tan repetitivas, son un pregusto del fastidio de la eternidad, y si en los mítines sólo en contadas ocasiones se oyen en su integridad los discursos, en las marchas el Movimiento se desarrolla al otorgarse a sí mismo disciplina, vehemencia, sentido lúdico y orgullo por la persistencia y el crecimiento. Sin que jamás se olvide el maltrato a la UNAM y el Politécnico, se reafirma la ira ante quienes, al cerrarse a cualquier posibilidad de diálogo, los tratan como niños regañables o incluso suprimibles.
Cierra el texto con su humor característico, recordando para sus lectores las transformaciones satíricas de la publicidad gubernamental en las marchas del 68: Cuando todo granadero / sepa leer y escribir, / México será más grande, / más próspero y más feliz y haciendo una confesión después: contribuí, de algo debo envanecerme, con el texto de una pancarta: Santa Madriza, patrona de los granaderos.
Pero después cuenta de un volante que circulaba donde se reproducía, la cita de José Cadalso que en 1968 José Emilio Pacheco rescató en una de sus crónicas para La cultura en México: Cuéntese, pues, por nada lo pasado y pongamos la fecha desde hoy.
Repitámoslo. Es preciso. Mañana también hay marcha.