En el seminario de Lunes Mexicanos (Mexican Mondays), que dirige Claudio Lomnitz, escuché de boca de Santiago Levy, sin duda uno de los mejores y más serios economistas del país, la más clara explicación de por qué la economía mexicana no crece a pesar de todas las reformas, todas las recetas del Fondo Monetario Internacional (FMI), el aumento en el nivel educativo y toda la ortodoxia monetaria. La explicación, dice Levy, no está en la macroeconomía, cuyos indicadores son envidiables, sino en lo que pasa abajo, en la microeconomía.

En un trabajo minucioso, Levy estudió todas las empresas registradas por el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi) que dicho sea de paso, hay otra mitad que está fuera de las estadísticas , las clasificó y analizó por tamaños, por sectores e incluso por su nivel de formalidad (la mayoría de los estudios de Santiago Levy está disponible en Internet, en particular sobre este tema: (Un)Formal and (un)Productive; the Productivity Cost of Excessive Informality in Mexico , BID 2012).

Las conclusiones, grosso modo, y espero no traicionar la complejidad del estudio, son que el gran problema de la economía está en el ambiente económico, que incluye las relaciones laborales, el acceso al crédito, la manera en que pagamos o no pagamos impuestos, y la confianza. Todo esto genera una mezcla de incertidumbre y distorsiones donde, contrario a lo que pasa en cualquier economía, el crecimiento de las empresas no genera mayor productividad. En este ambiente, las empresas más grandes y formales son, paradójicamente, menos productivas por peso invertido que las más pequeñas y menos formales.

A pesar de las llamadas reformas estructurales, Enrique Peña Nieto va a cerrar su tercer año de gobierno con el mismo crecimiento mediocre el que tanto criticó durante la campaña que los gobiernos anteriores del Partido Acción Nacional (PAN) y el Partido Revolucionario Institucional (PRI), y todo apunta a que los siguientes años será igual. Levy usa una magnífica metáfora para explicar lo que pasa en nuestro país: como Penélope, dice, lo que se teje en el día se deshace por las noches. Así, lo que Peña Nieto logró con la reformas estructurales lo desbarató él mismo con la casa blanca y otros escándalos de corrupción; lo que se logró en la reforma de telecomunicaciones se deshizo con las leyes secundarias y la integración de los órganos decisores, etcétera. Lo que en las mañanas teje la economía, por las noches lo desbarata la política.

De cara a las elecciones del 2018 no tardan los partidos y candidatos en comenzar a vendernos recetas mágicas para el crecimiento económico: más reformas, más apertura, más inversión extranjera, etcétera.

Cualquier cosa que digan no tiene sentido si antes no nos presentan una nueva forma de relacionarnos con el Estado en materia fiscal, una reforma al sistema bancario, una política de ataque frontal a los sindicatos corruptos que defienden intereses de los líderes y no de los trabajadores, si no hay un plan anticorrupción que vaya más allá de la honestidad valiente de Andrés Manuel, la buena conciencia de los panistas, las reformas legislativas de los priistas, o las bravuconadas del Bronco.

El problema de la economía mexicana es político.

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